“Mysterium Fidei”

Elevación II

…HOC EST CORPUS MEUM…HIC EST ENIM SANGUIS MEUS NOVI TESTAMENTI MYSTERIUM FIDEI QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDITUR IN REMISSIONEM PECCATORUM”

La Eucaristía fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena como verdadero y propio sacramento, distinto y más excelente que los demás. (De fe divina y definida). Sabemos que los sacramentos son signos (algo que posee un significado para representar otra cosa) sensibles (perceptibles por los sentidos, como el agua, el pan y el vino, etc., y las palabras) instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para significar (Ej., el bautismo que lava el cuerpo significa la purificación del alma, que queda limpia del pecado original) y producir en nuestra alma la gracia santificante donde no la hay (la gracia primera: el Bautismo y la Penitencia) o su aumento donde ya existe (la gracia segunda – La Eucaristía, la Confirmación, el Orden, la Extremaunción, el Matrimonio).

La Eucaristía, católica y única, puede ser considerada como sacrificio y como sacramento.
1. Como sacrificio es la Santa Misa, que consiste en “el sacrificio incruento de la Nueva Ley que conmemora y renueva el del Calvario, en el cual se ofrece a Dios, en mística inmolación, el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies sacramentales de pan y vino, realizado por el mismo Cristo, a través de su legítimo ministro, para reconocer el supremo dominio de Dios y aplicarnos los méritos del sacrificio de la cruz.”
Ahora, el sacrificio de la cruz y el sacrificio del altar son uno solo e idéntico sacrificio, sólo se diferencian en el modo de ofrecerse: cruento el de la cruz, incruento el del altar.
2. Como sacramento es la Comunión, que consiste en “el acto de recibir el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y vino”. Es necesaria con necesidad de precepto divino (por las palabras de Cristo en Jn 6,54: “En verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”) y eclesiástico.

El Concilio de Trento ha definido: “la Misa es de tanta pureza y está tan libre de error, que nada hay en ella que no exhale santidad y piedad exterior, y que no eleve a Dios los espíritus de los que ofrecen” (Sesión XXII, cap. 4)
La misa romana fue codificada por un Papa Santo, justamente por San Pío V, de una vez y para siempre, esencialmente irreformable (prohibición de alterar su sustancia) como arma eterna contra las herejías, es decir contra la verdad revelada. Sin embargo, actualmente, los católicos siguen una “nueva liturgia”, de carácter subversivo (contra la Ley Canónica), totalmente asimilada a la “Cena” protestante.

Cuando vemos un altar pensamos en un sacrificio y en el sacerdocio, términos inseparables. Sin embargo, cuando vemos una mesa pensamos en una comida, pues las comidas se sirven en mesas. En la nueva misa del Novus Ordo montiniano, la idea de sacrificio desaparece, y es “luteranamente” sustituido por “cena”, es decir, comida.

El objetivo de destruir la Misa católica por parte de los “nuevos reformadores” de la nueva iglesia conciliar, es el de poner la Iglesia Católica al servicio del falso ecumenismo, basado en el indiferentismo (es decir, una religión es tan buena como cualquier otra), que niega la existencia de una verdadera y única Iglesia, imaginando una cierta “verdadera” “iglesia de Cristo” que será futura, que aún no existe, pues aún no se ha alcanzado la unión cristiana “ecuménica” y declarando, en Lumen Gentium n. 8, una explícita herejía: que la Iglesia Católica no es el Cuerpo Místico de Cristo ni es la única y perfecta Iglesia de Cristo, tan sólo “subsiste” en ella; ya se comprende que lo que “subsiste” en algo es distinto e imperfecto con relación a ese algo más amplio, a saber, una futura “iglesia de Cristo”. La nueva “misa” fue compuesta para trasladar a los creyentes desde la “religión católica” hacia la nueva “religión ecuménica”, es decir hacia esta nueva religión subjetivista (sin verdades objetivas, sin dogma), iluminista (la razón al puesto de la autoridad de Dios que revela), naturalista (carente de la continua y permanente asistencia de Espíritu Santo prometido por Jesucristo a su Iglesia, de la autoridad de Cristo sobre el legítimo Papa y carente de los canales de la gracia, que son los sacramentos) librepensante (a la medida de la mera opinión humana, independiente de la Regla de la Fe y basada en el “libre examen” luterano) y humanística (la religión del culto del Hombre inaugurada solemnemente y oficialmente por Pablo VI en su famoso discurso de clausura del Vaticano II).

La Misa católica y la “misa” del Novus Ordo ecuménico – en adelante N.O. – representan, significan y expresan dos religiones distintas, aunque esta última no es propiamente una religión, pues es hija de lo bajo (el hombre) y no de lo alto (Dios).

El Novus Ordo Missae (la nueva misa) con la Ordenación General (OG), que es su introducción, fue publicado por Pablo VI por medio de la Constitución Apostólica Missale Romanum (3 de Abril de 1969).  En el número 7 de la OG Pablo VI defino la nueva misa como: «La sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor. Por lo tanto, para la asamblea local de la santa Iglesia vale en grado eminente la promesa de Cristo: ‘Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt. 18, 20)». Vemos que la definición se remite a una “Cena”. Los Cardenales Ottaviani y Bacci, en su célebre documento Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, explican que «tal “cena” está constituida por la reunión de los fieles bajo la presidencia del sacerdote, y consiste en la renovación del memorial del Señor…, pero todo esto no implica ni la Presencia Real, ni la realidad del Sacrificio, ni la sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del Sacrificio Eucarístico, el cual no depende en absoluto de la presencia de la asamblea». De hecho un verdadero sacerdote católico puede celebrar válidamente la Misa católica sin la presencia de la asamblea. Y continúa, «esta Cena no implica ninguno de aquellos valores dogmáticos esenciales de la Misa que constituyen su verdadera definición». Por lo demás, al afirmarse “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), se coloca en preeminencia a la presencia espiritual de Cristo, por sobre el orden físico o sustancial de la presencia real eucarística. Es decir «se pone el acento en la Cena o memorial, pero no en la renovación incruenta del Sacrificio del Señor realizado en el Monte Calvario».

Los innovadores, llevando al pueblo fiel a la práctica de un culto anticatólico y a la profesión del error (lastimosamente para la perdición de los católicos) han borrado y aniquilado el carácter sobrenatural de la liturgia católica, orientada a Dios y de Él recibida, e instalando en su lugar un mero afán por simple industria humana, en concordancia con la “Religión del hombre” por ellos oficialmente proclamada (cfr., Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Vaticano II; Gaudium et Spes, ns. 11 y 22). Es el omnipresente humanismo. Por ejemplo, en el nuevo culto, sacrílego y cismático, de la “nueva misa”, las oraciones de preparación recitadas al Pie del Altar por el sacerdote, que se prepara para “Entrar al Altar de Dios” (Introibo al altare Dei) fueron sustituidas por algunas palabras de bienvenida dirigidas a los fieles – no a Dios – (“La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros”); es claro que la importancia recae sobre la asamblea reunida, no sobre Dios; el carácter sobrenatural de lo que ocurrirá es oscurecido por la centralidad en la gente, en la comunidad humana, que se constituye en centralidad. En 1991, el Padre Anthony Cekada publicó un estudio titulado “The problems with the prayers of the Modern Mass” (Los problemas con las oraciones de la Misa Moderna), en el cual, tan sólo en el aspecto doctrinal de las oraciones, se evidencia el impresionante abandono de la fe católica por parte de la misa de Paulo VI. Sin embargo, es esta entrada podemos citar un segundo ejemplo (de tantos): siempre al pie del Altar (antes de acercarse a éste) el sacerdote, en la Misa Católica, recita el “Confiteor” (Yo confieso): “Yo, pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado san Miguel Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos…” En la “nueva misa” la bienaventurada siempre Virgen María, el bienaventurado san Miguel Arcángel, el bienaventurado san Juan Bautista, los santos Apóstoles Pedro y Pablo y todos los Santos han sido eliminados y reemplazados por “y a vosotros, hermanos”, negando la Comunión de los Santos (artículo de Fe del Credo de los Apóstoles que recitamos los católicos) y trasladando la centralidad a la asamblea allí reunida (“a vosotros, hermanos”). En ambos casos (insisto, ¡entre tantísimos!), que son tan sólo una muestra del desastre, no hay conflicto de “fe” para ningún protestante, pues éstos niegan la “intercesión de los santos” y sostienen la principalidad de la asamblea.

El católico tiene una grave razón de principio, que concierne directamente a la pureza de la Fe, para rechazar la “nueva misa” en comunión (“una cum”) con el “papa” del Novus Ordo (Bergoglio, actualmente), absteniéndose de asistir a ella (como no sea sólo, y tan sólo, en razón de algún inexcusable compromiso social – no como católico – y declarando explícitamente que asiste sin participar). Con Monseñor Michel Louis Guérard des Lauriers, coautor del “Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae” (1969) – en adelante (BEC) – (cfr. Entrevista Mons. Guérard des Lauriers, Sodalitium Nº 13, Mayo 1987) decimos que, en caso de asistir y participar, se incurre en el delito sacrilegio y en el delito de cisma. El problema es que, como están las cosas en la actualidad, al menos el 90% de los fieles no comprende o no considera ni la importancia, ni la gravedad de la “misa una cum (Bergoglio)”.

Gravedad que consiste en:
1. El delito de sacrilegio. La razón es que, la expresión “una cum” afirma que  Bergoglio,a. Francisco, es “uno con” (una cosa con) la Iglesia de Jesucristo, una, santa y católica. Lo cual es un error, ya que Bergoglio persiste en enseñar y promulgar la herejía, luego no puede ser el Vicario de Cristo ni ser “una cosa sola” con la Iglesia de Jesucristo. Vemos que la “misa una cum” expresa un error que concierne a la Fe. Siendo la Misa, una acción sagrada por excelencia (el sacerdote oficia “in Persona Christi”) entonces, si el acto vulnera lo sagrado está hipotecado por el delito de sacrilegio.
2. El delito de Cisma Capital (por tratarse de un delito que afecta a la Cabeza, a saber, al ocupante de la Sede de Pedro). Porque, “una cum”, significa que, celebrando el Sacrificio de la Misa, se celebra en unión con y bajo la dependencia del ocupante de la Sede de Pedro quien, actualmente, se encuentra en estado de Cisma Capital, ya que ha decidido no ser la Cabeza de la Santa Iglesia de Cristo, sino de otra institución, que se ha dado en llamar ecuménica, post-conciliar, del Novus Ordo, etc., pero ya no Católica.

Así pues, he aquí algunas razones que nos obligan a rechazar la “Nueva Misa”:
• La Nueva Misa no manifiesta, como la Misa Católica, nuestra Fe en la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo. El BEC, n. II, dice: «la definición de la Misa se reduce a una “cena”…Esta cena se describe, además, como asamblea presidida por el sacerdote, para realizar “el memorial del Señor”, que recuerda lo que se hizo el Jueves Santo. Todo esto no implica ni Presencia Real, ni realidad del Sacrificio». Por el contrario, el Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio y no una simple y protestante conmemoración del sacrificio de la Cruz (Cfr. D. S. 1753)
• Porque, tal como emana de la segunda parte de la definición del N.O., confunde la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía con la presencia en la Palabra de la Biblia y su presencia espiritual en medio de los fieles, de fuerte sabor protestante.
• En la misa ecuménica se inserta la “oración de los fieles”, la cual subraya: “el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal” (Instrucción General del Misal Romano [IGMR] Nº 45); con lo que se presenta el sacerdocio común de los fieles de modo autónomo, omitiendo su subordinación al del sacerdote, siendo que el sacerdote consagrado es el mediador de todas las intenciones del pueblo en el Te igitur y en los dos Memento. Luteranos y calvinistas afirman que todos los cristianos son sacerdotes y que, por lo tanto, todos ofrecen la Cena.
• En el ordenamiento de la “Nueva Misa” participaron seis pastores protestantes: George, Shephard, Konneth, Smith y Thurian, quienes representaban al Consejo Mundial de las Iglesias, la Iglesia Luterana, la Iglesia Anglicana y la Comunidad Protestante de Taize. De hecho, Max Thurian, protestante de Taizé, afirma que, uno de los frutos de la Nueva Misa, «será talvez que las comunidades no católicas podrán celebrar la santa cena con las mismas oraciones de la Iglesia Católica. Teológicamente es posible” (La Croix, Mayo de 1969).
• Porque así como Lutero suprimió el Ofertorio, pues en éste se expresaba claramente el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa, así también la misa de Paulo VI (La Nueva Misa) lo reduce a una simple preparación de las ofrendas.
• Porque favorece la afirmación protestante de es la fe de los fieles, y no la palabra del Sacerdote, lo que causa la presencia de Cristo en la Eucaristía.
• Porque la Nueva Misa hace entender que el pueblo “concelebra” con el Sacerdote, lo cual es contrario a la teología católica. En la “Plegaria Eucarística III” hasta se llega a decir al Señor: «No dejas de congregar a tu pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso sea ofrecida una oblación pura a tu nombre». El BEC considera que, este “para que” (ut), indica que el pueblo, más que el sacerdote, es el elemento indispensable para la celebración; y como tampoco, en este lugar, se precisa quién es el que ofrece, [resulta que] se presenta al propio pueblo como investido de un poder sacerdotal autónomo. En la Misa Católica, por el contrario, el que celebra, el que ofrece y el que sacrifica ese le sacerdote, consagrado para esa función, y no la asamblea del pueblo de Dios (Cfr. D. S. 1752).
• Porque el tono “narrativo” de la ¿consagración?, de naturaleza protestante, en vez del tono de intimación, hace pensar de que no se trata de un Sacrificio, sino tan sólo de una memoria de la Cena, y que la Misa no es más que un banquete de congregados bajo un presidente, un sacerdote, justamente. Todo esto se demuestra por otras innovaciones y señales: el altar reemplazado por una mesa, el sacerdote enfrentando la asamblea (a la cual, según la doctrina neotérica, se debe como presidente, o delegado), la Comunión de pie o en la mano, etc.
• Porque la Nueva Misa posee errores condenados infaliblemente por el Concilio de Trento, como por ejemplo, la Misa oficiada en lengua vernácula (no en la lengua sagrada de la Iglesia Católica Romana) dando origen a tantísimos excesos y extravagancias, las palabras que son la forma de la Consagración dichas en voz alta (en modo narrativo).
• Porque, negando la Presencia Real y para no ofender el “espíritu ecuménico”, se han atrevido, escandalosamente, a desalojar el Tabernáculo del Altar, y lo han extrañado a un lugar apartado, casi escondido o, en definitiva, escondido del todo. Ya no es el Tabernáculo lo que centra de inmediato la atención, sino una mesa despojada y desnuda (BEC); es decir, hay que esconder la Presencia de Cristo, pues la Nueva Misa es un oficio meramente naturalista, sin Cristo, incapaz de elevarse al cielo, es la gloria del hombre, no la Gloria de Dios, es un servicio desde el hombre hacia el mismo hombre – tal como ya lo hemos descrito en una entrada anterior, y lo hemos recordado ahora – referida a la “Religión del hombre”, inaugurada oficialmente por Paulo VI en el discurso de clausura del Concili-ábulo, y que ha desplazado a la Religión Revelada. Por el contrario, «Separar el Sagrario del Altar es separar dos cosas que tienen que permanecer unidas por su origen y naturaleza» (Pío XII, Alocución al Congreso de Liturgia, 18-23 de Septiembre de 1956).

Con el Breve Examen Crítico podemos decir,
«En conformidad con las prescripciones del Concilio de Trento, el Misal Romano de San Pío V impidió que se pudiera introducir en el culto divino ninguno de los errores con que la Reforma protestante amenazaba la Fe.
«Los motivos de San Pío V eran tan graves que nunca antes y en ningún otro caso estuvo más justificada la fórmula y la ocurrencia casi profética con que concluye la Bula de promulgación del Misal Romano (Quo Primum, 14 de Julio de 1570), que infaliblemente decreta: “Pero, si alguien presumiera intentarlo [alterar las disposiciones fijadas en esta Bula, n.d.r; tal como lo han hecho los actuales “reformadores” que se dicen católicos, pero no lo son] sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de sus Santos Apóstoles Pedro y Pablo”.

En la presentación oficial del Novus Ordo Missae en la sala de prensa del Vaticano, se ha llegado al atrevimiento de afirmar que las razones invocadas por el Concilio de Trento ya no valen ahora

Y bueno, no nos engañemos; cuando la religión conciliar del Novus Ordo, que se hace llamar católica, celebra (con la asistencia de tantísimos y tantísimos creyentes que no se instruye sobre lu fe y que, pasivamente concurre a este culto) lo que, en su propia definición de misa, llaman la Cena del Señor, lamentablemente sólo se recibe nada más que pan y vino, pues la Nueva Misa de Pablo VI, apartando la Presencia Real y suprimiendo, por principio, el Sacrificio y reemplazando al Sacerdote por un simple “presidente” entre iguales compromete, en consecuencia, la Consagración y la Comunión; en definitiva la Nueva Misa no tiene ni altar, ni sacerdote sacrificante ni sacrificio.

Este trágico y doloroso momento nos trae a la mente el gran Papa que codificó la Misa Católica, irreformable en su esencia, de una vez y para siempre, San Pío V; y a él dirigimos nuestra súplica implorando su poderosa intercesión ante Dios, Nuestro Señor, para que abrevie los días de nuestras aflicciones y restablezca prontamente entre nosotros la sagrada Liturgia:

«¡Oh, Dios, que te has dignado elegir al beato Pío
como Sumo Pontífice para vencer a los enemigos de Tu Iglesia
y para restaurar el culto divino,
haz que nosotros nos consagremos de tal manera
a Tu servicio que podamos vencer las insidias
de todos los enemigos y alcanzar la paz eterna!»


Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!

Resistite Fortes In Fide

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis [Aunque engañaréis a los hombres, no podréis engañar a Dios] (Paráfrasis de San Agustín)

     A diario escuchamos por los medios acerca de la tragedia que viven miles de “desplazados” en tantas partes y a causa de tantas guerras regionales: en Palestina, en Siria, en Irak, en Ucrania, en África, etc. Sin duda es una dolorosa realidad que afecta a tantas personas en el mundo, forzadas a dejar sus hogares ante el avance de los ocupantes e invasores. Con todo, pocos, muy pocos, han reparado en una categoría de desplazados que no hace noticia, porque ellos no aparecen en los medios; aunque es, ciertamente, una dolorosísima realidad.

     En efecto, se trata del conjunto de los católicos que, manteniéndose firmes en la Fe y fieles a la Tradición Apostólica, resisten día a día a los ilegítimos ocupantes de los “loci catholici” que, a partir de la muerte de Pío XII, han expropiado nuestros lugares santos, haciéndose llamar, abusivamente, “católicos” [«Yo seré el último Papa que mantendrá todo como es ahora», fue la predicción de Pío XII, confirmada por Yves Congar].

    Se trata del Novus Ordo, la nueva religión (secta), cuyos promotores, por décadas, vinieron fraguando la demolición de la santa religión católica, así como de la Santa  Iglesia [«La Muralla China (entre la Iglesia y el mundo, n.d.r.) está siendo demolida hoy» H.U. von Balthasar, “Abatid los bastiones”] para implantar en ella, vejándola con odioso oprobio, su nuevo culto, su nueva doctrina, nueva moral y nueva disciplina [«Debemos sacudir el polvo imperial que se ha acumulado en el trono de Pedro desde el tiempo de Constantino», sentencia pronunciada por el ¿santo? Juan XXIII poco después de haber convocado su Concili-ábulo»; «Al concluir el concilio ¿Volverá todo a ser como antes? Las apariencias y los hábitos dirían “sí”. El espíritu del concilio responderá “no”», programa revolucionario de Pablo VI en su Discurso del 6 de Diciembre, 1965].

     Los legítimos hijos de la Esposa sin mancha y sin arruga, sufren ya por algo más de cinco décadas de desgarrador dolor, incomparable, con relación a las graves afrentas sufridas a lo largo de la historia de la salvación a manos de tantos enemigos declarados o encubiertos. No, nuestro dolor actual no tiene parangón. Hemos sido desplazados de nuestras capillas, de nuestras parroquias, de nuestras catedrales, de nuestras basílicas, de las Sede Episcopales, de la Santa Sede del bienaventurado Pedro, por el enemigo, por los precursores del Anticristo, del hijo de perdición, que ríe su asalto triunfal, aunque no final [«El concilio es el 1789 en la Iglesia», “cardenal” Leo J. Suenens. Con el concilio la Iglesia «haría su Revolución de Octubre pacíficamente», “cardenal” Yves Congar. La Iglesia, por medio de «una revolución dentro del orden cambió su curso de manera extraordinaria», Hans Küng (perito del Concili-ábulo)]. En el intertanto los católicos nos encontramos privados del sacerdocio, del culto, del Santo Sacrificio, de los sacramentos, de los canales habituales de la Gracia; aunque no de la Fe ni de la sana doctrina, y miramos con aflicción de desplazados hacia nuestros edificios, actualmente ocupados por la secta del Novus Ordo. «El concilio Vaticano II marcó el fin de una época o, más aún, de muchas épocas… produjo el término de la era Constantiniana, de la era de la Cristiandad…de la era de la Contra-Reforma y de la era del Concilio Vaticano I…marca un punto de inflexión en la Historia de la Iglesia», “cardenal” Suenens, moderador del concili-ábulo; «El Vaticano II representa, en sus características fundamentales…un giro en 180 grados…Es una nueva Iglesia la que ha surgido del Concilio Vaticano II (el subrayado es mío)», Hans Küng, perito del concili-ábulo. Con estas acotadas citas, entre tantísimas y tantísimas, vomitadas por el odio de los agentes directos e indirectos de todo rango (desde “papas” post-conciliares hasta clérigos ordinarios), es claro que la intención era, y es todavía (puesto que este proceso es continuo y lo peor, quizá, esté por venir) la destrucción de la Iglesia Católica, la aniquilación de su carácter militante y sagrado, de su divina constitución monárquica, así como la ocupación de sus instalaciones y edificios por el Novus Ordo, para dar lugar a una nueva “iglesia”, la  iglesia de la religión de cuño humanístico-naturalística-evolutiva-gnóstica-subjetivista-protestantizada-librepensadora-ecuménica, en síntesis, la “iglesia conciliar”, tal como la designó, oficialmente, “monseñor” Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, el  25 de junio de 1976, en la carta que le dirigió, en nombre del mismísimo Pablo VI [por lo que, oficialmente, podemos utilizar esta denominación para referirnos a la “iglesia” del Vaticano II] a Mons. Lefebvre.

     ¡Y, sí; ni más ni menos! Hemos sido desalojados desde nuestra Casa por esta gente. 1) Ni más, porque por mucho que pretendan lo contrario, por divina institución, la Iglesia Católica es indefectible: «enseñándoles que guarden todas las cosas (la Fe y el Depósito) que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los siglos (subrayados y paréntesis míos)» (Mt 28,20); por lo tanto la Iglesia es indestructible y se mantendrá inmutable hasta el fin de la historia. 2) Ni menos, porque no es menos la espantosa medida del odio y de los embates conciliaristas en connivencia con los consabidos enemigos externos. Muchos luctuosos acontecimientos históricos han causado, ciertamente, la pérdida de miles y millones de seres humanos a lo largo de la historia; sin embargo la magnitud de la pérdida de millones y millones de almas humanas por la propaganda de la total apostasía, por causa del fraude del Novus Ordo, no tiene parangón en la historia de la humanidad; es, definitivamente, un crimen que clama al cielo: sin la Fe es imposible la consecución de nuestro último fin – la Visio Beatífica de Dios en el Paraíso por medio del Lumen Gloriae – pues «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6). La Iglesia Católica, por las promesas divinas, no ha desaparecido, está y seguirá estando; reducida y arrinconada, sí; pero está inmutable e indefectible; relegada a la precariedad física en estos momentos sí, pero siempre gloriosa en su majestad y pureza y divinamente asistida; quien quiera encontrarla, por causa de la necesidad de los auxilios de la Gracia y de los sacramentos en esta vida militante, ha de buscarla, porque no está fácilmente visible, pero con seguridad la encontrará, aunque reducida a un “pusillus grex”, apacentada por verdaderos pastores, ofreciendo a Dios sin cesar desde donde sale el sol hasta el ocaso la Oblatio Munda que es la Misa del Sacrificio Eterno; no la repugnante y sacrílega “misa ecuménica”, pantomima protestantizada que el Novus Ordo hace llamar “la Cena del Señor“, definida así oficialmente en el N. 7 de la Instrucción General del Misal Romano promulgado por Pablo VI, de modo que, en la “iglesia conciliar oficialmente NO se celebra la Misa, sino la “Cena del Señor“.

     Ya transcurridos casi 50 dolorosos años desde la clausura del concili-ábulo, aparte de todo tipo de chocantes abusos y excesos ¿Qué otros frutos podemos observar? Basta con escuchar las mismísimas palabras del ¿beato? Paulo VI que, junto al ¿santo? Juan XXIII fueron prominentes gestores de esta asamblea revolucionaria, palabras que reflejan el resultado inmediato de esta defección, de crudo realismo, aplicables a nuestros días: «A través de algunas grietas el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay la duda, incertidumbre, un conjunto de problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. La Iglesia ya no es confiable…La duda ha entrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de las ventanas que debieran estar abiertas a la luz. En vez de la ciencia, cuyo propósito es ofrecernos verdades que no nos distancien de Dios, sino que nos lleven a buscarlo más diligentemente y a glorificarlo más intensamente, ha llegado en su lugar el criticismo, la duda…Se creyó que, después del Concilio, llegaría un soleado día en la Historia de la Iglesia. Pero, por el contrario, llegó un día lleno de nubes, tempestad, oscuridad, cuestionamientos, incertidumbre. Hemos predicado el ecumenismo y nos hemos distanciado cada vez más entre nosotros mismos. Hemos logrado cavar abismos en vez de allanarlos», Paulo VI, Alocución Resistite fortes in fide,   29 de Junio, 1972. Don Jean-Luc Lafitte dice que la historia de la Revolución no es sino la historia de la de-catolicización del mundo, a lo cual ha cooperado con gran virulencia el espíritu revolucionario del Novus Ordo del Vaticano II, promoviendo la libertad religiosa (libertad revolucionaria), la colegialidad (igualdad revolucionaria) y el indiferentismo religioso mediante el ecumenismo (la fraternidad revolucionaria de 1879; cfr. supra, Cardenal Leo Suenens).

     Sí, los católicos hemos sido desplazados de nuestros santos lugares; y nos encontramos sobreviviendo casi a la intemperie, mientras los usurpadores tratan de profanar, denigrar, mancillar y deformar el esplendor del rostro de la Esposa fiel bajada del cielo después de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; pero es en vano, pues «…la Gloria de Dios la ilumina y su antorcha es el Cordero» (Ap 21, 23b).

     En fin, para cerrar esta entrada usaré, finalmente, la proclamación de Pablo VI, paradojalmente, pero ahora con pleno sentido católico: «RESISTITE FORTES IN FIDE» pues, por misterioso pero conveniente designio divino, este es el tiempo de la tribulación y de la virtud.


Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!

¡Los tres Impostores!

¡Lo logramos!                     ¡Lo logramos…!

Hace algunos días publiqué en Twitter una imagen que, curiosamente, puede ser interpretada distintamente según sea desde la ortodoxia católica o desde la óptica “ecuménica” de la Iglesia Conciliar. Y esta es, justamente, la forma expresiva, o comunicacional que, aliena voluntate, es empleada por la nueva doctrina y teología de los “progresistas” para diseminar sus toxinas; la razón es que, siendo la sustancia de sus brebajes tan duras de tragar para el “sensus catholicus”, éstos han de ser ofrecidos en el dulzor redaccional, a modo de vehículo; tal como, en la pediatría, el dulce jarabe medicinal lleva el principio activo, para que sea aceptable para el niño. Y así, por medio de la ambigüedad y la equivocidad, pasa colada la verdadera intención o, por lo menos, sus devastadores efectos, que es de dañar, de destruir y de extraviar la Fe y la Iglesia católicas.

Se trata de la imagen en que aparecen el Sr. Bergoglio, el rabino judío Abraham Skorka y el líder religioso musulmán Omar Abboud, fundidos en un “fraterno” abrazo, luego de rezar “jewish style” ante el Muro de los Lamentos y con ocasión de su visita a Jerusalén. La escena parece muy humana y sobrecogedora y mediáticamente conmovedora. El propio Francisco I, emocionadamente no pudo sino expresar: “Lo logramos”. No vamos a creer que se trata de tres viejos amigos que, en algún momento de sus biografías, simplemente se prometieron reencontrarse ante el muro de los Lamentos para revivir su mutua amistad. Al menos, si acaso aquella intención estuviera también incluida, hay que ampliar el contexto y el significado de esta escena; lo cual intentaremos en esta entrada.

De hecho, absolutamente, este gesto no es un mero acto privado de tres personas. Por el contrario, es un evento esencialmente público, protagonizado por tres personeros públicos, genuinamente representativo y altamente significativo de un cierto “state of the art”; en fin, se trata de tres líderes religiosos llamados “monoteístas” ¿Qué pensar?

Este “Lo logramos” bergogliano representa el grito de triunfo, el puerto de arribo, el cumplimiento de una “hoja de ruta” largamente esperado, la consumación de una confabulación cuyo inicio se sitúa aún antes del reinado de Federico II, en el Siglo XIII, pero en cuya corte conoció su forma exotérica: se trata de la medieval “Leyenda de los tres anillos”, especie de contrahecha pseudo-profecía ecuménica – nihil novum sub sole. En realidad se trata de la instauración definitiva (si fieri potest) del Templo Ecuménico Universal de las Religiones lo cual, por la parte “católica”, significa llevar a cumplimiento las directrices del Vaticano II [que podríamos resumir en: el ecumenismo (con relación a las “religiones cristianas”, consagrado en Lumen Gentium, Unitatis Redintegratio), el diálogo interreligioso (con relación a las religiones no cristianas, consagrado en Nostra Aetate), la libertad religiosa (consagrada en Dignitatis Humanae Personae].

La “Leyenda de los tres anillos” tiene su origen en el Medioevo, época del máximo esplendor de la Cristiandad y del Reino Social de Cristo, pero en el cual la Iglesia igualmente debió enfrentar serios enemigos; prueba de esto da cuenta esta Leyenda, la cual conoció tres sucesivas reproducciones literarias, a saber, en la LXXIII novela del Novellino (anónimo), luego en el Decamerón (de Boccaccio) y, finalmente en Nathan el Sabio (de G. E. Lessing). En realidad el Novellino, de acuerdo con Monseñor Benigni (Historia Social de la Iglesia) fue compilado y divulgado en el ambiente gibelino de la corte del “stupor mundi”, Federico II, emperador que terminó excomulgado y depuesto, “un pagano con nostalgia musulmana” (cfr. Mons. Umberto Benigni, Storia Sociale Della Chiesa, vol. IV, tomo I, pp. 74-75). Frente a este comportamiento del Emperador del Sacro Imperio, entra en acción el grande Papa Gregorio IX, quien acusó al filoarábico-hebreo Federico de impulsar la blasfemia según la cual Moisés, Mahoma y Cristo fueron tres impostores. Esto refleja, según lo demuestra Mons. Benigni, el peligro no sólo potencial, sino en acto, de la influencia árabo-hebraica en la filosofía católica del Medioevo. Por otra parte “De Tribus Impostoribus”, en sí mismo no era un libro, sino la transmisión oral de una doctrina atribuida a varios, entre ellos, a Federico II, de carácter esotérico (iniciático-secreta), cuya expresión exotérica, con el fin de penetrar en ámbito cristiano bajo el manto de un cuento judaico-islámico (Mons. Benigni) tomó la fórmula de Los tres anillos, también de origen judaico. Creo oportuno ofrecer aquí la versión de Lessing, inspirada, al igual que la versión de Boccaccio, como hemos dicho, en el Cuento LXXIII del Novellino medieval; los tres conservan lo esencial de su contenido. En la obra de Lessing, el cuento de los tres anillos se encuentra envuelto en un texto más largo, Nathan el Sabio; Nathan relata la antigua leyenda a Saladino del siguiente modo:

Saladino: La razón por la que solicito tu enseñanza es bien distinta, bien distinta – Tú que eres tan sabio dime, de una vez por todas. – ¿Cuál es la fe, cuál es para ti la ley más convincente de todas?

Nathan: Sultán, yo soy hebreo.

Saladino: Y yo soy musulmán. Y entre nosotros está el cristiano. – Pero de estas tres religiones sólo una puede ser verdadera.

Nathan: ¿Me permite, Sultán, narrarle una pequeña historia?…Muchos años hace ya que en Oriente un hombre poseía un anillo inestimable, un valioso regalo. La piedra, un ópalo de cien reflejos bellos y coloridos, tiene un poder secreto: hace grato a Dios y a los hombres a quien lo lleve con confianza. ¿Puede extrañar si jamás se lo sacaba del dedo y que dispusiese de tal modo que siempre permaneciera en su casa? Él dejó el anillo a su hijo bien amado; y dejó escrito que, a su vez, aquel hijo lo dejase a su hijo más amado; y que en cada ocasión el más amado de los hijos se convierta, sin tener en cuenta el nacimiento sino tan sólo por el poder del anillo, en el jefe y el señor de la casa. – ¿Tú me sigues, Sultán?

Saladino: Te sigo. Continúa.

Nathan: Y así, el anillo, de hijo en hijo, llega finalmente a un padre de tres hijos. Todos ellos le obedecían igualmente y él, sin poder hacer menos, los amaba a todos del mismo modo. Sólo de tanto en tanto uno u otro le parecía el más digno del anillo – cuando se encontraba a solas y nadie dividía el afecto de su corazón. Así, con afectuosa debilidad, él promete el anillo a los tres. Vivió cuanto pudo. Pero, próximo a la muerte, aquel buen padre se encuentra en dificultades. Lo entristece si ofendiese, de este modo, a dos de sus hijos, confiados en su palabra. Entonces él llama en secreto a un joyero, y le ordena dos anillos en todo igual al suyo; y le exige que no escatime ni dinero ni trabajo para que sean perfectamente iguales. El artista lo logra. Cuando se los lleva, ni siquiera el padre se encuentra en condiciones de distinguir el anillo verdadero. Feliz, llama a los hijo uno por uno, a todos imparte su bendición, a los tres les da el anillo, y muere. ¿Tú me escuchas, Sultán?

Saladino: Escucho, escucho. Pero termina luego tu fábula. ¿La tienes?

Nathan: Ya terminé. Lo que sigue se entiende por sí mismo. Muerto el padre, cada hijo sigue adelante con su anillo. Cada hijo quiere ser el señor de la casa. Se litiga, se indaga, se acusa. En vano. Imposible probar cuál sea el anillo verdadero. – Así como lo es para nosotros (después de una pausa, durante la cual él espera la respuesta del Sultán) probar cuál sea la verdadera fe.-

Saladino: ¿Cómo? ¿Esta es tu respuesta a la pregunta?

Nathan: Tan sólo valga para excusarme, si no oso buscar de distinguir los anillos que el padre hizo, precisamente, con el fin de que fuese imposible distinguirlos.

Saladino: ¡Los anillos! ¡No te burles de mí! Las religiones que te he nombrado se pueden distinguir hasta en las vestimentas, en las comidas, en las bebidas!

Nathan: Y sin embargo no en los fundamentos. ¿No están fundadas todas en la historia escrita o transmitida? Y la historia sólo por fe o fidelidad debe ser aceptada ¿No es cierto? ¿Y de cuál fe o fidelidad dudaremos menos que de otra? ¿La de nuestros abuelos, sangre de nuestra sangre, la de aquellos que desde nuestra infancia nos dieron prueba de su amor, y que jamás nos engañaron, siendo que el engaño no era saludable para nosotros? ¿Puedo creer a mis padres menos que a los tuyos? ¿O viceversa? ¿Acaso puedo pretender que tú, por no contradecir a mis padres, acuses a los tuyos de mentirosos? ¿O viceversa? Y lo mismo vale para los cristianos ¿No es cierto?

Saladino: (¡Por el Dios vivo! Tiene razón. Debo enmudecer)

Nathan: pero regresemos a nuestros anillos. Como decía, los hijos se acusaron en juicio. Y cada uno juró al juez de haber recibido el anillo de las mano del padre (lo cual era cierto), y mucho tiempo antes de la promesa de los privilegios concedidos por el anillo (y esto también era cierto). El padre, ninguno lo ponía en duda, no podía haberlo engañado; antes que sospechar esto, se decía a sí mismo, de un padre tan bueno, no podía sino acusar del engaño a sus hermanos, de los cuales también había siempre estado dispuesto a pensar siempre bien; y se consideraba seguro de descubrir al traidor y dispuesto a vengarse.

Saladino: ¿Y el juez? Estoy curioso por escuchar lo que harás decir al juez. Habla.

Nathan: El juez dijo: Traed inmediatamente aquí a vuestro padre, o los arrojaré de mi presencia. ¿Creéis que yo esté aquí para resolver enigmas? ¿O acaso deseáis permanecer hasta que el anillo verdadero hable? Pero…¡Esperad! Decís que el anillo posee el mágico poder de haceros amados, gratos a Dios y a los hombres. Que sea esto lo que decida. Los anillos falsos no podrán. Así que, decidme, ¿Quién de vosotros es el más amado de los tres? ¡Adelante! ¿Calláis? ¿Acaso el efecto del anillo es sólo reflexivo y no transitivo? ¿Cada uno de vosotros sólo se ama a sí mismo? Entonces cada uno de vosotros sois embaucadores embaucados. Vuestros anillos son falsos los tres. Probablemente el verdadero anillo se perdió, y vuestro padre hizo tres como aquél para ocultar su pérdida y para sustituirlo.

Saladino: ¡Magnífico! ¡Magnífico!

Nathan: Si no queréis, prosiguió el juez, mi consejo y sí mi sentencia, ¡Idos! Pero mi consejo es este: Aceptad las cosas así como están. Que cada uno posea el anillo de su padre: que cada uno se sienta seguro de que éste es auténtico. ¿Acaso vuestro padre no estaba más dispuesto a tolerar aún en su casa la tiranía de un solo anillo? Y, por cierto, os amó a los tres. De hecho, no quiso humillar a dos de vosotros para favorecer a uno. ¡Vamos! ¡Esforzaos en imitar su amor incorruptible y sin prejuicios! Que cada uno se esfuerce por demostrar a la luz del día la virtud de la piedra de su anillo. Y ayude a su virtud con la dulzura, con indómita paciencia y caridad, y con una profunda devoción a Dios. Cuando las virtudes de los anillos aparezcan en los nietos, yo los invito a regresar al tribunal, al cabo de miles y miles de años. En mi estrado se sentará un hombre más sabio que yo; y hablará. ¡Idos! Así habló aquel modesto juez.

Saladino: ¡Dios! ¡Dios!

Nathan: Saladino, si tu crees ser aquel sabio que prometió el juez…

Saladino: (precipitándose hacia él y aferrándole la mano, que no dejará ya más hasta el fin) ¿Yo, polvo? ¿Yo, la nada? ¡Oh, Dios!

Nathan: ¿Qué hacéis, Sultán?

Saladino: ¡Nathan, querido Nathan! Los miles de miles de años de tu juez aún no han pasado. Su estrado no es el mío. ¡Vaya! Pero sed mi amigo.

Según el estudioso Mario Penna (en su Parábola de los tres anillos y la tolerancia en el Medioevo, 1952) la versión original de esta parábola es, por el contrario, cristiana, atribuyéndose a los hebreos españoles la deformación de ésta, a favor de la tolerancia. La versión original cristiana data del Siglo XIII: Es el relato de un padre que tiene una hija legítima, mientras la esposa – que se hace infiel – tiene otras hijas que hace pasar como hijas legítimas. El padre dona a la única hija legítima una anillo milagroso: sólo quien tiene el anillo milagroso es su hija. Entonces, las otras fabricaron anillos semejantes, pero falsos. El sabio juez, comprobada la virtud de los anillos, declaró que una sola era la hija legítima, y todas las otras eran ilegítimas. Es entonces que, en ambiente hebraico, la parábola viene deformada en dos sentidos: 1) el anillo pierde toda virtud milagrosa, por lo cual ya no se podía distinguir el verdadero de los falsos; 2) por otra parte, y muy importante, el autor de los anillos falsos ya no son los hijos ilegítimos (siendo ahora, por lo demás, todos hijos legítimos y muy amados del padre) sino que el autor es el mismo padre. De este modo, el autor de todas las religiones, verdadera y falsas, es Dios mismo; mientras que en la versión cristiana original Dios es el autor de la verdadera religión, mientras que los hombres son los autores de las falsas.

 Se comprende ahora, a la luz de este “magnífico abrazo” en Jerusalén, el valor y el significado del grito de triunfo bergogliano “¡Lo logramos!”. Es el regocijo y la euforia de haber alcanzado la meta, ya “imaginada” en el lejano árabo-hebreo Medioevo español, de consumar en la historia la reunión y la amalgama de los “Tres impostores”, para inaugurar por fin, ahora sí, la economía y el tiempo del Templo Ecuménico Universal de las Religiones, en el cual todo cabe, tanto lo falso como lo verdadero envenenado de lo falso, puesto que todos ellos se consideran embaucadores embaucados: ninguno es cabeza de ninguna verdadera religión; así que no hay razón para litigar, lo que corresponde es seguir el consejo del juez de Lessing: “Que cada uno se esfuerce por demostrar a la luz del día la virtud [vana] de la piedra de su anillo [falso]”. En la obra de los tres anillos los tres protagonistas, que representan las tres religiones monoteísticas, en realidad están representando a todas las religiones. Como siempre, para cada enseñanza de doctrina modernista existe una condena previa del Magisterio Católico, lo cual determina el carácter herético y anti-Cristo de la nueva religión que se dice católica. En este caso, el Papa Pío XI, en la Encíclica Mortalium Animos, es quien, precisamente, condena este falso ecumenismo que conduce al indiferentismo religioso y al ateísmo y defiende la verdadera unidad cristiana. Esta obra anti-católica, esta lejana visión medieval del enemigo de Dios y de los hombres, patéticamente representada – conspectu Dei – por este reciente triple y “fortísimo” abrazo en Jerusalén, una vez más, nos quiere enseñar que no vale la pena esforzarse en defender y promover la verdad revelada y operada por Dios para su propia gloria extrínseca y para la felicidad y regeneración del hombre, porque los tres (en realidad todos) son bienamados del Padre, aún poseyendo la mentira (los falsos anillos). Además, ¿Qué sentido tiene tratar de buscar la verdad y reconocerla? Total, la capacidad de la razón humana, de cuerdo a Lessing y Bergoglio, es impotente para alcanzarla, a lo cual llamamos naturalismo y agnosticismo, aún cuando alguien pueda preguntarse ¿Entonces qué sentido tiene estar dotado de una facultad, la razón, si esta carece de la capacidad para alcanzar su objeto propio, la verdad? ¿No es absurdo? ¿No sería una facultad inútil? Pero esto constituye la mutilación del intelecto, hacernos irracionales y exclusivamente sensitivos, como quieren el sensismo y el empirismo. Todo lo cual intenta bloquear el reconocimiento, por parte de la razón, de la verdad natural y revelada.

Así pues, Bergoglio nos quiere inducir a dejar la objetividad de la Fe (la cual no es un mero y simple ambiguo sentimiento) y nos quiere dar del propio veneno de la “doctrina” del Vaticano II, esto es que, junto a sus tres amigos, él mismo se considera un embaucador, afirmando no saber si posee el verdadero anillo, tan embaucado por el Padre como los otros dos; él sostiene que, dado que el Padre es un estafador, entonces puede deducir, juntos a sus dos amigos, que las tres religiones son falsas, habiéndose perdido la verdadera (¿en poder de Lucifer…quizá? ¿O del G.A.D.U…?). En fin, vemos como de la parábola de la tolerancia y de la fraternidad entre las religiones, salidas de un Dios engañador, se llega a la blasfemia de los Tres impostores; luego Dios es un Padre que, o bien no existe o bien no es Padre. Lástima que quien, ya sea voluntariamente o inconscientemente o defraudadamente, beba del veneno…se expone a la muerte…


Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!
 

El “Sensus fidei” ecuménico

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     Si revisamos las publicaciones y documentos emanados de los ocupantes actuales de la Santa Sede, así como aquellos publicados por lo órganos oficiales de la Curia Vaticana, constatamos el mismo estilo redaccional que caracterizó a los documentos promulgados por el “concilio” Vaticano II; es decir, intencionadamente ambiguos y del todo contrastantes con la claridad y precisión del Magisterio pre-conciliar. Los innovadores, por medio de un lenguaje enrevesado y lleno de términos y giros lingüísticos extraños a las sólidas y nítidas formas magisteriales de la tradición católica, buscó primero escapar a las reprobaciones de San Pío X, eminentísimo defensor de la ortodoxia católica contra los desvaríos modernistas, y luego, al amparo y fomento de Roncalli, desplegaron libremente aquellas formas expresivas ambivalentes, difíciles de interpretar por su equivocidad, con el fin de servir a los errores desatados bajo la égida del conciliábulo vaticano. Por otro lado, no hay discurso, entrevista, artículo, predicación, encíclica, exhortación, audiencia, carta, alocución, etc., que, sin cejar en ofensas a Dios Trino, a Jesucristo, a la Bienaventurada Virgen María, a la Iglesia, a los legítimos sucesores de Pedro, a la Fe Católica, no conduzcan hacia aberraciones doctrinales al servicio del “dogma ecuménico” y de los públicos escándalos litúrgicos y religiosos inter-confesionales. San Pío X, Papa nuestro de feliz memoria, con su corazón deshecho por profundísimo y amargo dolor al prever que la Barca de Pedro sería asaltada, violentada y apropiada por servidores del Anticristo, anticipó en su Magisterio el pútrido zaguán en el que, hoy por hoy, navegan los invasores mancillando nuestra santa religión; anticipó Papa Sarto: “ninguno se maravillará si lo definimos [al Modernismo] afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca podría obtenerlo más perfectamente de lo que han hecho los modernistas. Pero han ido tan lejos que no sólo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión.” (S. S. San Pío X, Encíclica “Pascendi”, N° 38). Y autores fieles a la pureza de la Fe, como el R. P. Leonardo Castellani, han advertido para enseñanza e instrucción de los católicos: “Los modernistas no niegan la letra de ninguno de los dogmas…,pero lo vacían todo dándoles un significado humano; son como signos de la grandeza del hombre, de la divinidad del hombre, es decir, una tentación de humanizarlo todo, que fue la tentación más grande en toda la vida de la Iglesia y que será también la gran herejía del Anticristo, que va a implantar la adoración del hombre, de las obras del hombre y se va a hacer adorar él mismo como Dios, según está revelado por San Pablo.” (“Catecismo para adultos”, casi contemporáneo contra-discurso de Montini quien, oficialmente el Martes 7 de diciembre de 1965, inauguró la “religión del hombre” al clausurar el conciliábulo Vaticano II) ).

     En la Edición del 20 de Junio de 2014 de L’Osservatore Romano se lee una columna titulada “El sentido de la Fe. En un documento de la Comisión Teológica Internacional” (BAC, Madrid, 2014), firmado por Serge-Thomas Bonino, Dominicano, secretario general de la CTI. En realidad, este breve inserto tiene la finalidad de presentar un reciente documento publicado por la misma Comisión bajo el título “Le sensus fidei dans la vie de l’Église” (El sentido de la fe en la vida de la Iglesia), de ahora en adelante SF, texto sólo en francés y en inglés. Hay que recordar que, de cara a la pureza de la fe católica, toda obra u opúsculo emanado de fuentes post-conciliares debe ser recibido con gran precaución, toda vez que «jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, “hombres de lenguaje pervertido (Hch 20, 30) de vanos discursos y seductores que yerran y que inducen al error”(Tit 1, 10)». En su presentación del documento de la CTI, en L’Osservatore Romano, Bonino comienza (no podía ser de otro modo) citando al Sr. Bergoglio cuando, el 4 de Octubre de 2013 en Asís (cuyo excelsa tradición católica franciscana jamás será siquiera mínimamente empañada por las abominables y escandalosas reuniones “interreligiosas” ecuménicas iniciadas por Wojtyla) éste dijo que «[El pueblo] tiene “olfato” para encontrar nuevas vías para el camino, tiene el sensus fidei, que dicen los teólogos (innovadores, n.d.a]». Y Bonino continúa destacando que «el Pontífice (sic) ama referirse a este instinto sobrenatural [innovador él mismo, n.d.a.] que posee el pueblo de Dios [muy querida expresión vaticano-segundista].

     En el n.2 de la Introducción de SF, la CTI define el sentido de la fe como «Este instinto sobrenatural, intrínsecamente unido con el don de la fe recibido en la comunión de la Iglesia, se llama sensus fidei, y le permite a los cristianos cumplir a cabalidad su vocación profética».

     De modo que, según la doctrina de la religión neomodernista, el “sentido de la fe” sería un “olfato”, un “instinto sobrenatural”. En el n. 49, SF dice que «El sentido de la fe del creyente es una especie de instinto espiritual…se deriva de la fe constituyendo una propiedad de ésta. Se compara a un instinto, porque en primer lugar no es el resultado de una deliberación racional, sino que toma más bien la forma de un conocimiento espontáneo y natural, una especie de percepción». El n. 53 continúa: «el sentido de la fe es la forma que reviste este instinto». En el n. 54 leemos: «Como lo indica su nombre “sentido”, [el sensus fidei] se asemeja más bien a una reacción natural, inmediata y espontánea, comparable a “un instinto vital” o a una especie de “olfato” por la cual el creyente adhiere espontáneamente lo que es conforme a la verdad de la fe y evita lo que se le opone».

    Cada vez que tomamos conocimiento de algún documento innovador-postmodernista-ecuménico-naturalista de la nueva religión, debemos tener presente, en medio de la anfractuosidad y esoterismo de sus formas que, indefectiblemente, estará involucrada la nueva eclesiología, la nueva liturgia, la nueva disciplina y la nueva doctrina; pues el arte de la destrucción está en la celada. Bueno, así ocurre también con este “just born” de la CTI.

    Dice SF que el “sentido de la fe” se deriva de la fe y constituye de ésta una propiedad, siendo la fe una disposición interior suscitada por el amor (n. 56). Pero, para la religión ecuménica anticatólica ¿Qué es la fe? Pues, al igual que el carácter subjetivo-psicológico del “sensus fidei”, dicen de la fe que “…siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino” (Pascendi n.5), además “En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional” (Pascendi n. 13), y más aún “…en ese sentimiento los modernistas, no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación” (Pascendi n. 6).

     Para la nueva anti-iglesia, que se dice católica, en el plano de la fe, algunos términos son muy queridos, tales como “vital”, “experiencia”, “sentido”, “sentimiento”, “amor”, “corazón”, “misterio”. Son todos términos que caen muy bien al perfil del hombre moderno, cincelado por la Escuela de Franckfurt y por el nihilismo estructuralista francés (no en vano Wojtyla fue proclamado “por el pueblo de Dios” “santo súbito”). Es en esta concepción naturalista de la fe – naturalista porque oblitera la realidad sobrenatural de la fe , toda vez que repudia la teología natural y cierra, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad y, más aún, suprime por completo toda revelación externa (cfr. Pascendi n.5) – que la CTI intenta insertar el neotérico “sensus fidei”, este “instinto sobrenatural de la fe…suscitado por el amor…esta especie de olfato…de percepción…este instinto vital…este conocimiento del corazón. Uno de los argumentos de apoyo que esgrimen es “la connaturalidad que la virtud de la fe establece entre el creyente y el auténtico objeto de la fe” objeto que, como habíamos visto, no consiste en las verdades reveladas, sino en la misma naturaleza de Dios, en la misma “res divina” (de otro modo éste no podría ser “connatural”, a saber y sin más, la deificación del hombre). Es el mismo SF que se encarga de declarar que gracias a este divagado “sentido de la fe”, que tiene la forma de una segunda naturaleza (divinizada), el creyente (no sólo católico), reacciona espontáneamente (cfr. SF n.53) de manera infalible en lo que concierne a su objeto, es decir en lo que concierne a Dios mismo, percibido inmediatamente en su naturaleza divina misma en virtud del sentimiento vital de la fe.

     Es la misma CTI que, forzando a ciertos autores como Melchor Cano, J. H. Newman, y violentando las Escrituras, se apuran en declarar que la expresión “sensus fidei” no se encuentra ni en las Escrituras ni en la enseñanza formal de la Iglesia anterior al Vaticano II (cfr. SF n.7) ¡Lógico! No podía ser de otro modo, dado que la fe católica es objetiva y sobrenatural, en oposición al carácter subjetivo y naturalista de la nueva religión; a mayor abundamiento, la CTI intenta hacer pie en la historia diciendo que «El concepto de “sensus fidelium” comenzó a ser elaborado y utilizado de modo más sistemático al momento de la (pseudo) Reforma [protestante, ¡todo concurre! n.d.r.]». Sabemos la adoración ecuménica que la iglesia oficial profesa al protestantismo, del cual, entre otra cosas, ha adoptado novedades como “teología del laicado”, “pueblo de Dios”, “sacerdocio común”, “común oficio profético”, etc.; todo orientado hacia el concepto de “comunidad” y “fraternidad”, así como de debilitamiento del concepto de autoridad, primado y magisterio.

     Por mucho que se nos quiera retrotraer a las crisis arriana y nestoriana, la Iglesia nunca necesitó de un “instinto” u “olfato” sobrenaturales con relación a su indefectibilidad y ortodoxia. Por primera vez encontramos el “sensus fidei” en los documentos del vaticano II; especialmente en Lumen Gentium ns. 12 y 35, asociado al antedicho “común oficio profético” en el contexto de una iglesia “igualitaria y democrática” que tiende a eliminar los aspectos de “Ecclesia docens” (Iglesia que enseña) y “Ecclesia discens” (Iglesia que es enseñada); es decir, para el Vaticano II, fuente desde la cual se precipita toda la riada de extrañezas, nadie tiene nada que aprender, nadie debe enseñar, nadie debe corregir, nadie debe guiar; es suficiente con que cada uno, habiendo experimentado vitalmente el sentimiento religioso – que es a su vez la revelación y lo revelado, Dios mismo – se integre con su conciencia subjetiva individual a la conciencia colectiva comunitaria, que sería la Iglesia; si no estamos en la iglesia del libre examen de Lutero, ¿entonces qué?

     Llegados a este punto, bueno es recordar la doctrina católica para no extraviarse. 1) La fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos (D. 1789). Vemos que la fe no es un indefinido y vago “sentimiento” o “experiencia vital”; es definitivamente objetiva, ya que se trata de verdades (lo que Dios ha revelado), no de lo que el hombre siente en el corazón ni mucho menos. Es el llamado objeto material de la virtud teologal de la Fe, constituido por todo el conjunto de verdades divinamente reveladas. Además no es un fenómeno natural, que brota de una cierta indigencia psicológica; ¡absolutamente no! es una virtud sobrenatural, infusa por Dios en nuestra alma, por lo que es imposible adquirirla con las solas fuerzas naturales. No tiene como sujeto el sentimiento o el corazón, sino el entendimiento, ya que las verdades se aprehenden por el intelecto, por la razón. 2) El objeto material de la Fe definido infaliblemente por el Concilio Vaticano I (en realidad debiéramos decir sólo Concilio Vaticano, puesto que no hay otro con aquél nombre) dice: “Hay que creer con fe divina y católica todo lo que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición y que la Iglesia por definición solemne o por su Magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelado” (D. 1792). De modo que la divina revelación (verdades objetivas, no subjetivos sentimientos) posee dos fuentes, la Sagrada Escritura y la Tradición Católica.

     Y avanzando un poco más en este trabajo “pseudo-teológico” de la Comisión, llegamos a su punto más alto, a su broche de oro y a su verdadero puerto de llegada: Su valor ecuménico. El “santo ecuménico” Wojtyla dijo: “Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica” (Encíclica Ut unum sint n. 3, 1995). Y así, en el trabajo SF de la Comisión leemos en el n. 56 «una cierta forma de sensus fidei puede existir entre los bautizados que llevan el bello nombre de cristianos sin profesar, sin embargo, integralmente la fe” (Lumen Gentium 15) Ahora, quien no profese integralmente la fe, negando tan sólo una o algunas de las verdades reveladas, NO POSEE LA FE. La razón está en que, con su opinión personal, éste se pone por encima de Dios que revela y niega el motivo formal por el cual creemos, a saber, la autoridad de Dios que no puede engañarse ni engañarnos; y así, ya no cree por la autoridad de Dios sino por su propia disquisición y opinión humana, eligiendo qué creer y qué no creer, por lo tanto NO llevan el bello nombre de cristianos. Y continúa el n. 56 “La Iglesia católica debe pues estar atenta a lo que el Espíritu puede decirle por medio de creyentes de iglesias y comunidades eclesiales que no están plenamente en comunión con ella”. Lástima que, si no están en comunión con Pedro, cabeza y regla próxima suprema de la fe, potestad exclusiva conferida directamente por Cristo (cfr., Mt 16, 18s), el Espíritu, alma de la Iglesia, nada tiene que decirle por intermedio de ellas. Por ahora es suficiente con relación al “ecumenismo”; por sí sólo es un tema que reclama un espacio propio. En todo caso, y anticipándonos, podemos constatar que el ecumenismo surge como consecuencia del nuevo concepto de revelación adoptado por la nueva iglesia.

     En otro aspecto de este reciente trabajo de la CTI, se establece que «El sensus fidei está estrechamente unido a la “infallibilitas in credendo” que posee la Iglesia en su conjunto…permite a sus miembros ejercer el discernimiento que deben realizar sin cesar… a fin de saber cuál sea la mejor manera de vivir, actuar y hablar en fidelidad al Señor” (n.128) Y también «El sensus fidei permite a cada creyente percibir una desarmonía, una incoherencia o una contradicción entre una enseñanza o una práctica y la fe cristiana auténtica” (n.62) Aún más «El sensus fidei del creyente es infalible en sí mismo en lo que concierne a su objeto, la verdadera fe». Para sostener estas proposiciones la CTI trae en su ayuda un argumento por analogía diciendo que «A causa de su relación inmediata a su objeto, un instinto no puede equivocarse. Éste es infalible de suyo». Ya habíamos visto que, según la nueva “teología”, el sensus fidei se compara a un instinto, es una suerte de “instinto espiritual” (sic), una reacción natural, inmediata y espontánea, análoga a un instinto vital o a una especie de olfato (cfr., n. 54). Ahora, en la teología de la perfección cristiana, lo más cercano a esta tesis modernista son las mociones del alma en gracia a impulso del Espíritu Santo por medio de las virtudes y dones sobrenaturales. El creyente, instruido en las verdades de la fe, reacciona sí ante el error doctrinal (por Ej., resistieron a Nestorio cuando éste, siendo obispo, cayó en la herejía y predicaba que María sólo era la madre de Cristo, pero no de Dios), reacciona sí, pero no por una especie de “instinto”, sino por encontrar contradicción entre la fe apostólica y el error; para lo cual se necesita, no una especie de “olfato” o “instinto vital”, sino una virtud específica, la virtud sobrenatural de la Fe, que es un juicio del entendimiento movido por Dios, facultad del alma cuyo objeto propio es la verdad. Por otro lado los “teólogos” de la CTI argumentan, en favor de la infalibilidad del sensus fidei, que éste no puede fallar porque «todos los miembros [de la Iglesia] han recibido la unción del Espíritu de verdad» (n. 76) y «todo bautizado, en virtud de la unción divina, tiene la capacidad de discernir la verdad en materia de fe», citando 1Jn 2, 20.27 (cfr., n. 85). Aquí asistimos a una grande ambigüedad, sería necesario especificar que, siendo el bautismo el sacramento de la verdad que da la vida eterna, que es la verdadera Fe, sólo reciben, por medio del bautismo válido, el Espíritu de verdad quienes profesan la única y verdadera Fe, no cualquier bautizado perteneciente a cualquier “iglesia”; pero este es el modo de hablar modernista. Por lo demás, sabemos que en la doctrina modernista la validez del Bautismo, por el que el creyente se hace miembro de la Iglesia, es extensible a todas las “comunidades eclesiales” e “iglesias” no católicas pues, para los modernistas, la “Iglesia de Cristo” no es la iglesia católica, sino una cierta  iglesia futura, más amplia que la Santa Iglesia católica, Cuerpo Místico de Cristo, la cual tan sólo “subsistit in”, estaría tan sólo contenida en aquella imaginaria “iglesia” de carácter ecuménico (cfr. Lumen Pentium n. 8).

     Si el “sensus fidei ecuménico” es infalible in credendo, en virtud de una no bien explicitada “unción del Espíritu de verdad”, ¿Cómo se explica que actualmente un indefinido “pueblo de Dios” (millones de millones) siga masivamente  una fe que no es nuestra Fe católica? ¿Cómo explicar que tan grandísimo número de creyentes no sean capaces de utilizar el infalible “olfato bergogliano”, aquel infalible “instinto espiritual” para discernir entre la Fe católica y la “fe” de Juan XXIII, de Pablo VI, de Juan Pablo I, de Juan Pablo II (hasta ahora entre ellos el más destructor de la Iglesia), de Benedicto XVI y de Francisco? ¿Cómo explicar que la mayoría se deja mistificar por el fenómeno religioso más mortífero de la historia de la Iglesia, considerado por San Pío X la suma total de todas las herejías, siendo la devastación y perdición casi total del pueblo fiel, sumido en la total apostasía de la mano de los actuales meros ocupantes materiales de las sedes en la Iglesia? Es un misterio, permitido por Dios, una prueba en medio de la actual miseria y perfidia del mundo, para que brille el testimonio de los que resisten firmes en la Fe, como fiel soldado de Cristo, sostenidos por María, vencedora de todas las herejías, para gloria de Dios.


 Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!

 

Cito vita hominis transit!

Actualmente el Novus Ordo post conciliar, casi siempre, como es la tónica y la naturaleza de la religión ecuménica-humanitaria-progresista, en sus “homilías” sólo se refieren a eclécticos e insulsos tópicos sociales o anecdótico-domésticos, que en nada demuestran los contenidos de la Fe católica, necesarias, con necesidad de medio, para el fin de la vida cristiana, que es la bienaventuranza en esta tierra y la visión de Dios en la futura.

En esta entrada publico esta homilía católica, pronunciada por Don Francesco Ricossa, Director del Instituto Mater Boni Consilii en el 4º Domingo después de la Pascua (2014). Es una mía libre traducción del italiano.

Acabamos de escuchar las lecturas de la Misa de hoy. Esta vez la Epístola no ha sido tomada de las Epístolas de San Pablo, sino de las Epístolas de San Pedro. El pasaje del Evangelio es una parte del discurso después de la Cena de Jesús, en el Evangelio de San Juan, quien es el único que nos relata el largo discurso después de la última Cena. El punto común entre estas dos lecturas es la comparación que, ya sea Jesucristo como su apóstol Pedro, hacen entre esta vida y la vida eterna, la verdadera vida.

Comencemos por las comparaciones tomadas por San Pedro, después por Jesucristo Nuestro Señor y, finalmente, por una Santa, Santa Teresa de Ávila.

En una frase, notablemente famosa, Santa Teresa de Ávila dice que “Nuestra vida en esta tierra se compara a una fea noche en un mal albergue”. Esta frase ilustra bien lo que dice el Apóstol Pedro en la lectura de hoy, y que inicia con estas palabras, recordándoles a los primeros cristianos que leían sus escritos que somos “advenas et peregrinos en la tierra”(I Pe 2, 11) es decir, “aquí somos extranjeros y peregrinos”; no porque no tengamos una casa, no porque no tengamos una Patria, sino porque nuestra casa, nuestra Patria no está en esta tierra. Un extranjero, cuando se encuentra en un país que no es el suyo, no tiene una casa suya, no tiene un alojamiento suyo. Si quiere acostarse y dormir teniendo bajo techo, debe contentarse con un cuarto de hospedaje; el cual puede ser más o menos pobre, o bien lujoso pero, aún el más bello, siempre será un cuarto de albergue, en el cual él siempre resentirá extraño porque no es su casa, no es su Patria. Y a este cuarto de albergue el peregrino, el viajero, más bien, el extranjero, el que no se encuentra en su casa, no le concederá algún interés particular; ¿Con qué finalidad de amoblarlo, decorarlo y mejorarlo? ¡Es la propiedad de otra persona! ¡El propietario no soy yo, sino el hospedero! ¿Para qué preparar este cuarto en vista a una permanencia duradera cuando después de unos días, pocas horas, una semana, un mes, deberé dejarlo, deberé partir? Sabiendo que este alojamiento será ocupado por otra persona, como sé muy bien que, antes de mí, lo han ocupado tantísimas otras personas. Bien, nuestra vida en esta tierra es la misma cosa, somos extranjeros aquí; esto no nos convence mucho, porque hemos nacido aquí y sólo hemos conocido esta vida y esta tierra. Y sin embargo, es cierto; somos extranjeros porque no hemos sido hechos para este lugar, no hemos sido hecho para estar aquí; tanto así que han sido tantos los que han estado antes que nosotros y tantos otros vendrán después de nosotros a nuestro puesto; como aquel penoso cuarto de un mal albergue del cual habla Santa Teresa de Ávila. Luego, nos encontramos en esta tierra de manera provisoria, en camino, en marcha hacia otra vida, otra Patria, otra casa; de lo cual nos habla Jesús en el discurso después de la Cena, en otro pasaje, no en aquel que habíamos leído, dice Jesús que “hay muchas moradas en la casa de mi Padre, y yo voy a prepararos un puesto, para que allí donde yo estoy también estéis vosotros”. Justamente en el discurso después de la Cena, Cristo, para explicar la misma verdad utiliza otra analogía, muy humana, muy conmovedora, muy fácil de captar, que es el caso de la madre, de la joven mujer que está por ser madre encontrándose en los dolores del parto: con cuánta humanidad el Señor dice: “La mujer, cuando está a punto de dar a luz un hijo, se encuentra en el dolor, pero, inmediatamente después, su alegría es muy grande, porque un hombre ha venido al mundo, y olvida todo dolor.” Incluso podemos decir que la madre, que se encuentra en el dolor, en el mismo momento en el que sufre, ya nace una alegría en su corazón, la cual crece aún más; porque, si bien es cierto que está sufriendo, sin embargo desde ya le llena el corazón de alegría de pensar que, en breve, podrá estrechar en su seno a su bebé; a su bebé que ella ama, justamente, con la fuerza de la naturaleza, de una manera tan natural, tan viva, tan espontánea. Este es el episodio extraído de nuestra humanidad, al menos de aquella femenina, evidentemente; pero este pasaje ilustra una realidad más profunda, la cual es explicada por Jesús, que dice: “Así sed también vosotros, el mundo se encuentra ahora en la alegría, en cambio vosotros en la tristeza; pero en breve será lo contrario: vosotros estaréis en la gloria, y esta gloria no podrá ser arrebatada a vosotros por nadie”. He aquí la gran diferencia entre la verdadera alegría, la verdadera felicidad que sólo Dios podrá dar al hombre y todas las otras alegrías y felicidades de los hombres y del mundo. La primera, la que da Dios, nadie os la puede arrebatar; mientras que, por el contrario, las que vienen del mundo, primero son engañosas y, segundo, son efímeras, es decir, terminan súbitamente, en un instante, como nuestra estadía en el albergue, por pocos días, o por pocas horas; y así, del mismo modo, las cosas de este tiempo, de esta vida, pasan rápidamente: desilusionan ya aquí, mas, si aunque no desilusionasen, debemos abandonarlas todas, con certeza absoluta, sin lugar a dudas.

Estas palabras de Jesús son también un eco de aquellas que había pronunciado antes, en las conocidas bienaventuranzas, como sabéis, las del discurso de la montaña, una suerte de programa del Señor, que impacta justamente porque Jesús propiamente invierte nuestro modo de concebir las cosas. Cristo llama beatos, es decir felices, a los pobres, a los sedientos, a los que tienen hambre, a los perseguidos, a los puros y a aquellos que lloran; mientras que, por el contrario, de todos los demás, los que están ahora colmados de tantos bienes, abundancias, y que ríen, dice Jesús “¡Ay de vosotros!” – notemos que frente a las bienaventuranzas están los ayes – “¡Vae, vobis! (¡Ay de vosotros!) ¿Por qué? Pues porque todo será mudado, todo cambiará: vosotros que lloráis sed beatos – dice Jesús – porque seréis consolados; por el contrario, ¡Ay de vosotros que ahora reís, porque lloraréis! De hecho, como ya lo decía el Libro de la Sabiduría, los hombres apegados a este mundo y a las realidades mundanas, llegando al momento del juicio dirán: “Ergo errabimus viam veritatis”, esto es, “habíamos errado completamente, pensábamos que sus vidas, las de los justos, de los santos, de los hombres de Dios, era un desvarío, una locura, un delirio, y que la fe de ellos era carente de honor, y he aquí que, por el contrario, son contados entre los hijos de Dios, en cambio nosotros hemos perdido todo; esta es la realidad. Sin embargo muchas personas dicen ¿Será tan así? Pero, por mientras, vivamos en esta tierra; este cambio será en el futuro, en un tiempo lejano; por el contrario, mientras tanto estoy aquí y, mientras dure, quiero gozar de los bienes y placeres de este mundo. Por esto Jesús precisa: “Aún un poquito, y no me veréis; y otra vez un poquito, y me veréis. Porque voy al Padre.” San Agustín, comentando esta palabra “modicum” (un poco), dice ¿Cómo puede (Jesús) decir “un poco” a un tiempo que a nosotros nos parece tan largo antes que Él retorne, antes que Él se muestre a nosotros? El Santo responde diciendo: “A nosotros, este tiempo nos parece largo porque aún lo estamos viviendo, pero cuando éste termine nos parecerá brevísimo”. Esta es la experiencia de todos los hombres. Preguntad a un muchacho, a un joven de 15 años, a un adolescente; normalmente, éste no piensa en el fin de esta vida, sólo piensa en la vida de acá, le parece tenerlo todo a disposición, y que su vida no terminará jamás (y, sin embargo, ¿Quién sabe si acaso no habrá llegado al último día de su existencia?). Preguntad, por el contrario a una persona de 80 años, quien ya ha llegado al final de esta vida, ¿Cuánto le parece? Un instante, la nada misma. ¿A cuántos de nosotros tantas vivencias nos parecen tan sólo de ayer, como si hubiesen sido recién ayer?

Así es nuestra existencia. Creemos que esta habitación de hospedaje es nuestra última morada, que estaremos aquí por siempre; y no es así. Nos afanamos en la tontera de fatigarnos por adornarla, cuando, por el contrario, mañana por la mañana deberemos abandonarla. Entonces, pensemos en la eternidad, y pensemos que las penas de esta vida, “Bienaventurados vosotros que lloráis, porque seréis consolados”, son un signo del amor de Dios por nosotros, son un signo que el Señor nos pone sobre la vía de la gloria infinita, de la salvación eterna. ¿Por qué? Porque es así como nos asemejamos a Él; como la mujer que debe sufrir los dolores del parto si quiere después estrechar a su bebé. Como el mismo Jesucristo, y así lo dice el ¡Aleluya! de la Misa de hoy “oportet Filium hominis multa pati” (Lc 9, 22), era necesario que Cristo sufriese para entrar, después, en su Gloria. Si nosotros no pasamos por esta vía del padecimiento, no podremos entrar en la gloria; porque sufrir quiere decir amar, manifestar nuestro amor, hacer algo por Jesucristo, laborar para merecer el Paraíso. Pero alguno dirá “¿Pero acaso es necesario que se sufra ahora por un premio futuro, mientras que los que se alegran ahora sufrirán después? ¿Es necesario que sea así?” En realidad, observad, queridos amigos, que todos tenemos que padecer algo en la vida, sí, todos; no tan sólo las personas buenas, sino también los malos. No se crea que quien sigue el mundo, que quien huye de la cruz, tenga ante sí una vida enteramente de alegría y plena de felicidad; no, no es, absolutamente, así; es más, es cierto lo contrario. Como os he dicho, si tomamos el ejemplo de la mujer que se hace madre, es cierto que sufre pero, en el fondo del corazón, ya tiene una gran alegría; esta es la condición del cristiano quien, en medio de las dificultades de la vida, en el fondo del corazón, ya tiene una gran paz, que es la paz del amor de Dios, la paz de saber que la propia conciencia es recta, que es la paz de saber que estamos andando hacia aquel momento en que Jesucristo dirá “Entra en la Gloria de Tu Señor”; mientras que, por el contrario, quienes viven en el mundo ¿Qué les espera? ¿Son realmente felices? ¡No! Todo es un engaño, porque el mundo no puede ser feliz; es una alegría que les será quitada, que apenas, apenas, les parece tocarla he aquí que se desvanece. Como los antiguos que, cuando les parecía de ir infierno, se imaginaban ver las sombras de sus seres queridos a quienes, tan pronto estrechaban luego ya no cogían nada, porque, precisamente, eran sombras. Así, del mismo modo, son sombras las cosas de este mundo, que sólo pueden ilusionar y engañar. Esta es la profunda verdad. Quien haya vivido algunos años lo sabe muy bien según la experiencia de la propia vida.

Así pues, si verdaderamente queremos ser felices en esta vida y, aún más, en la otra, debemos seguir con coraje la vía de Jesucristo que es, también, la vía de la cruz, por cierto; pero, antes que nada, es la vía del amor; por lo tanto, una vía que puede colmar nuestro corazón, siendo la única vía que verdaderamente puede hacerlo.

Que este domingo nos haga ya mirar a lo alto, hacia la eternidad; y no, por el contrario, nos haga distraernos en las cosas de aquí abajo, las cuales, tan pronto las tocamos y las miramos ya se han desvanecido, como un sueño que se olvida al momento de nuestro despertar y del cual no queda sino una vaga memoria.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¡Amén!


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”

Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!

Felicitas et Beatitudo!

Beatitudines

En un programa de la TV que trata de problemas judiciales, ante un caso de separación de un matrimonio con hijos en común, la conductora manifestó que nada cuestionable realiza cualquiera de los cónyuges  cuando decide dejar a su familia, porque “tiene derecho a ser feliz” (como lo dice cansadoramente el estribillo de una melosa canción popular). Esta proposición puede llevarnos a mirar de cerca el término “felicidad”. Para situarse en un lugar común de análisis es necesario precisar su realidad, es decir su significado, es decir su definición; y es aquí donde radica gran parte del problema, puesto que el ser humano moderno huye de lo real para manejarse por lo subjetivo-emocional y, a lo más, se conforma con una posición probable. Y así, para algunos ésta no existe, para otros sólo existen momentos de alegría, para muchos la felicidad consiste en los placeres, en la ausencia de aflicciones o en un “buen pasar”.

El pensamiento clásico, al estudiar algún objeto del conocimiento, comenzaba preguntándose “an sit”, es decir si acaso existe, para luego continuar con “quid sit”, es decir su naturaleza. Es claro que el hombre no es libre con relación a la felicidad considerada en común, puesto que de modo necesario, con sus actos voluntarios, siempre se dirige a ella; no es libre para rechazar la felicidad en común ni para renunciar a ella. Sin embargo es libre para elegir los medios, buenos o malos, para conseguirla. La felicidad tiene un componente objetivo, que no es otra cosa que el bien o el objeto que llena por completo el ánimo, y un componente subjetivo que es la posesión y goce del componente objetivo u objeto. Así pues, siguiendo a Santo Tomás en la S.Th I-II, Tratado de la bienaventuranza, la felicidad existe y se la puede definir diciendo que es “el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien que le llena de dicha y paz”. Ahora bien, la perfección de este estado del alma no es posible en esta vida porque la naturaleza de los bienes naturales apetecibles, por los que el hombre se siente tan fuertemente atraído, no reúnen los requisitos necesarios para llenar el apetito. Y entonces ¿cómo ha de ser aquel bien capaz de causar el reposo y el gozo del alma humana? Nuevamente siguiendo a Sto. Tomás, como objeto de la felicidad, el bien plenamente saciativo necesariamente reúne las siguientes condiciones:

· Que sea el bien último, de modo que no se desee en orden a otras cosas o a otro bien más alto.
· Que excluya todo mal
· Que sacie plenamente la sed de felicidad del ser humano
· Que no se pueda perder o no disminuya una vez alcanzado.

Ya podemos advertir que, por ejemplo, ni las riquezas, ni los honores, ni la fama o la gloria, ni el poder, ni la salud corporal, ni los placeres, ni la virtud y sabiduría en sí mismas, ni todos estos bienes simultáneamente concebidos, reúnen las condiciones señaladas con relación al objeto de la felicidad. La razón está en que todos ellos, tomados singularmente o colectivamente, se desean en orden a otra cosa o no es posible poseerlos todos, no excluyen todos los males, no llenan completamente el corazón humano y, por último, fácilmente pueden perderse.

     Entonces, es un grave desorden o, al menos una engañosa ilusión, poner el fin y, así, el bien honesto, de la vida humana en la posesión de los bienes creados o finitos. ¿Significa entonces acaso que, p. ej., en el caso que nos ocupa, “no tenemos derecho a ser felices” cambiando la propia realidad familiar que consideramos o experimentamos desagradable para unirnos a una nueva relación que se presenta gratificante? Sostener que me asiste ese “derecho” significaría que es lícito para mí exigirlo (a algo o a alguien, ya que los derechos son exigibles) aunque en este afán vaya dejando “muertos y heridos en el camino”. Ya hemos visto que depositar el último fin en algún bien finito creyendo que éste nos hará saciativamente felices es una ilusión; y esto nos incluye, a nosotros los seres humanos, en tanto realidades finitas. ¡Sí!, y por tantas razones: nos enfermamos, damos trabajos, somos inestables, perdemos la belleza y la fuerza, con frecuencia somos fuente de grandes desarreglos pasionales y desenfrenos, no pocas veces desilusionamos y causamos dolor y sufrimiento, etc. Por otro lado, constituye un grave desorden moral, toda vez que faltamos a los deberes con relación al prójimo considerado como individuo, miembro de nuestra familia y de la sociedad, deberes que se desprenden del amor (caridad) – otro término tan degradado como la misma felicidad – y de la justicia; y, por sobre todo, porque nos proponemos como último fin una creatura, distinto del único objeto perfecto de nuestra felicidad que es Dios, en tanto no se ordena a ningún otro bien superior, excluye absolutamente todo mal, llena plenamente el corazón humano y, una vez conseguido eternamente no se le puede perder.

Muchas veces, el “exigir este derecho”, tiene su causa en otro movimiento del apetito que suele ser muy arrollador, es decir impulsado por un intenso movimiento pasional que, por lo general, va acompañado por un cortejo de males: ceguera de la razón, precipitación, egoísmo, intereses personales, etc.

La felicidad plenamente saciativa no es posible en esta vida ni en el orden puramente natural. Sin embargo es posible un cierto bienestar y felicidad relativa, mediante el sosiego de las pasiones, la práctica de la virtud y la tranquilidad de la conciencia. Es evidente que nadie escapa, tarde o temprano, a una vida trabajosa y ardua, a todo tipo de adversidades, aflicciones, limitaciones, frustraciones, dificultades y, finalmente a la muerte. Es el carácter de la vida en estado de naturaleza caída. Y, sin embargo, es en medio de esta realidad que, paradojalmente, según un análisis meramente inmediatista, se pone el “problema” de nuestra felicidad. Problema que tiene una sola clave de resolución: la incorporación de la vida sobrenatural, ampliando el término “felicidad” a “bienaventuranza”, perfectamente posible y compatible en medio de las tribulaciones de la vida presente.

El pensamiento clásico, cuyo dogma sostenía la eternidad de la materia y considerando que la vida del hombre estaba comprendida en el círculo de la naturaleza – naturalismo pagano – afirmaba que la felicidad consistía en el goce de los bienes terrenales. Sin embargo este idílico naturalismo era contrariado por un radical pesimismo, toda vez que la experiencia dejaba de manifiesto todo el conjunto de males que acompañan a la materia. En efecto, ayer como hoy y siempre, la materia es el principio de la muerte, de la imperfección, del dolor, de la finitud: fuente de permanente infelicidad y de inquietud (no de paz). Esta frustrante materia y vida natural no tenía otra resolución sino en el “Destino” (“Fatum“), es decir era una fatalidad sin solución. Y así lo sentía y pensaba, con relación a la felicidad y a la vida, una humanidad sufriente y desesperanzada. Por ejemplo, en las inscripciones sepulcrales del “Corpus inscriptionum latinarum” leemos: “No llorar; ya no siento el dolor de morir. El verdadero dolor ha sido vivir” (XI, 207), “Esta es la casa eterna, aquí está la cesación del dolor” (VIII, 18608).
La respuesta que dará el Cristianismo sobrepasa la frustración del naturalismo y del materialismo y abre la esperanza de poder liberarse de todo lo inherente a éstos, el dolor y la muerte. En efecto, la materia no es eterna sino, en cuanto creada, contingente ya que no tiene en sí misma la razón de ser y, si Dios ha creado, lo ha hecho por amor, teniendo en vista la felicidad de sus creaturas. El mal, causa de la infelicidad del hombre, ya no tiene origen en la pesada materia, ni en Dios, sino en la misma voluntad del hombre. Luego, si el mal es portador de sufrimiento, dolor y muerte, tiene su origen en algún acto originario del hombre que puso esta condición y que explica su presencia: la caída original. Dios, Bondad Perfecta, creó al hombre en plena felicidad, y sus descendientes estaban todos destinados a la misma felicidad perenne, sin conocer el dolor ni la muerte. Todo esto, no siendo connatural a la naturaleza creada, fue posible por medio de la concesión e incorporación de una realidad suplementaria, puro don gratuito, que lo liberaba de toda imperfección y limitación, y lo capacitaba para la felicidad sobrenatural: la Gracia. Y así hubiese vivido, de no mediar la estupidez de la rebelión, resultado de la soberbia y de la declaración de autonomía. Al hombre, la dependencia le resulta intolerable, toda vez que pone su felicidad en la manos de otro, siendo que ansía ser autosuficiente, es decir ser Dios para sí mismo: “Eritis sicut dii” (Gn III,5). Y he aquí el origen de las tribulaciones: rechazando la Gracia el hombre cayó de una vez en todas las imperfecciones de la pura naturaleza: el sufrimiento, la muerte, la ignorancia, la inclinación al mal. El hombre, cediendo a la seducción de la autonomía, introdujo el mal, causa de la infelicidad. ¿El remedio? Pues, sólo puede venir de Dios; el hombre carece de las fuerzas (sólo naturales) para reparar un desequilibrio sobrenatural: y he aquí la maravilla de la Redención. Dios, prometiendo no abandonar a su creatura, y el infinito nuevamente desciende hasta el hombre. Con la Encarnación Dios adopta ambos extremos que se encontraban separados y volverá a ponerlos en contacto recomponiendo la unión, es decir volverá a recomponer el canal de la Gracia comunicando al hombre, nuevamente, los medios para superar el dolor y la muerte y obtener la salvación (único último fin de la vida del hombre) por medio de la santidad de vida que es, en fin, la bienaventuranza.

Todas los gozos de la vida son santos, con tal que se subordinen a Dios en la vida presente y en la futura. Dios nada niega a su creatura: si no somos felices se debe tan sólo a que queremos ser felices a nuestro modo, buscando la felicidad donde no existe, excluyendo a Dios en nuestros proyectos. El hombre debe vivir y gozar del mundo sin hacerlo un fin para sí mismo. San Jerónimo dirá: “In carne non carnaliter vivere” (Epist. LIV ad Furiam, 9, MIGNE, P. L., 22, col. 554). La recta y sana razón ya, de por sí, es suficiente para elevarnos a descubrir el origen del mal (la voluntad humana) y la insuficiencia de la materia y la simple naturaleza para superarlo; pero he querido desplegar este rodeo para saltar hacia el fondo del problema del dolor y de la infelicidad del hombre y ponerlo en su justa dimensión. Se deja ver que, el hombre o la mujer que deja a su familia persiguiendo una fugaz “felicidad” autorreferente, auto dirigida, autónoma, esperando que otro ser, tan limitado, indigente y carente como sí mismo, o sí misma, le confiera ese “tengo derecho a ser feliz” es o una ciega pasión o una ilusoria expectativa cuya realidad, más pronto que tarde, evidenciará su radical insuficiencia para llenar el corazón humano de dicha y de paz. Por el contrario, ya que todos somos indigentes y necesitados, el acto que nos une es el vínculo del amor de los unos con los otros en Dios y por Dios (Mt XXII, 37-40). Amor que, al contrario de las insinuaciones de las melosas canciones, de las dulzonas teleseries y películas y de las sentimentaloides ensoñaciones del “permanente enamoramiento-encantamiento” (que no hacen sino disminuir nuestra capacidad racional y conducirnos pasivamente a impulsos de las pasiones y emociones), no es otra cosa que procurar y realizar el bien por el otro, en especial para que no caiga y se pierda (sobretodo eternamente), cuidándonos, hasta el sacrificio y el heroísmo personal – que es sublime expresión del amor – de dejar “muertos y heridos inocentes por el camino” (cfr. 1 Cor XIII, 3-8, 13).


“Christus Vincit, Christus Regnat, Christus, Christus Imperat!”

La religión del Vaticano II = Homo denique…postremo colitur

Pablo VI-ONU

Mons. Jean-Joseph Gaume (1802-1879), teólogo católico francés, escribió sobre la revolución: “La Revolución es el odio formal hacia todo orden en que el hombre no sea reconocido como rey y como dios”. Por lo tanto la Revolución, antes que un determinado episodio histórico-político, es un espíritu y, como tal, permanente a lo largo de la historia.

Desde el Siglo V, a partir de la Revolución humanística comienza a desarrollarse un progresivo antropocentrismo y el hombre, bajo los principios naturalistas y humanistas comienza a convertirse en el centro de la sociedad y a dejar en el abandono la vida sobrenatural. Hasta el advenimiento, hacia el final del Siglo XIX, de la Revolución modernista la cual, en ámbito católico, alcanza su explosión siguiendo a la muerte de Papa Pío XII; Modernismo que, ya condenado en 1907 por Papa Pío X, es oficialmente admitido, adoptado y reactivado con verdadera virulencia por la doctrina y espíritu del concilio Vaticano II.

Es, propiamente, Pablo VI quien, en su “revolucionario” discurso de cierre del concilio en 1965, da la partida e inaugura oficialmente la nueva religión antropocéntrica – caracterizada por el culto del hombre – que reemplaza, también oficialmente, a la religión católica, teocéntrica:

La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión (porque lo es) del hombre que se hace Dios” (Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Vaticano II). El origen gnóstico y cabalístico de este hombre que se hace Dios será analizado en una próxima entrada)

Luego, Pablo VI admite y confirma que, la nueva fe humanitaria-humanística, es la fe que profesa la doctrina del concilio Vaticano II, esto es, la divinización del Hombre, el éxito final y devastador del espíritu revolucionario, por largos siglos trabajado y, por fin, alcanzado… El hombre se reconoce como Dios y reproduce el contenido de la caída del hombre en el origen, asintiendo a la insinuación de la serpiente: “Eritis sicut dii” (Gn 3, 5)(“Seréis como dioses”) en el orgullo y la desobediencia.

Y continúa Montini:

“En este concilio la Iglesia cuasi se ha hecho esclava de la humanidad”.

Nótese la oposición con el consentimiento solemne de María que, en la Anunciación, proclamó: “Ecce ancilla Domini!” (Lc 1, 38) es decir, “¡He aquí la esclava del Señor!” (no del hombre). El resultado de este sometimiento de la Iglesia a la humanidad es la subordinación de la Iglesia al hombre.

Y sigue:

Humanistas del Siglo XX, reconocéis que también Nos poseemos el culto del Hombre

 Se trata de un programa articulado en etapas, finalizado a la destrucción de la Iglesia Católica y a la instalación de la iglesia humanística-humanitaria a-dogmática. Desde la elección del modernista Juan XXIII, de corto reinado pero útil para establecer la “nueva constitución” sobre la cual llevar a cumplimiento, en una etapa sucesiva, los nuevos principios por medio de la nueva praxis. Esta fase “ejecutiva”, al momento actual, alcanzó su máxima y devastadora expresión en las declaraciones y obra del “santo” K. Wojtyla quien se encargó, con arrolladora eficiencia, de llevar a cabo todos y cada uno de los rasgos y contenidos liberales-modernistas condenados por los Papas desde el Siglo XIX, especialmente por Pío IX, en 1864, con la Encíclica Quanta Cura y Syllabus, así como porSan Pío X, en 1907, con el Decreto Lamentabili Sane Exitu y la Encíclica Pascendi .

La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal.” (Gaudium et Spes, n. 17)

En los documentos conciliares promulgados por Montini existen varios términos y conceptos muy queridos por los innovadores, que explican el desarrollo de la nueva doctrina. Con relación al carácter humano y al culto del hombre de la nueva religión se advierte la alta prevalencia, p. Ej., del término dignidad del hombre, que aparece 96 veces, la mayoría de ellas en la Constitución Gaudium et Spes que trata, justamente, de la Iglesia en el mundo actual. Aquí, dejando de lado una gran cantidad de errores que sobreabundan en estos documentos y que podemos abordar en otra sede, nos podemos detener un poco en este aspecto específico, tomando como referente a Karol Wojtyla, por ser el más representativo en las consecuencias.

Aunque el lenguaje de los documentos del concilio Vaticano II está difuminado en un estilo tendenciosamente ambiguo, estilo que la Iglesia nunca empleó, es posible descubrir que, en el espíritu de este concilio, se ha de entender por “excelsa” dignidad del hombre su facultad de regirse su propia determinación y gozar de libertad (DH 11) condición esta que ni siquiera Dios puede condicionar, toda vez que Él tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que Él mismo ha creado (DH 11), porque todos han sido creados a Su imagen y semejanza (GS 24). Por otro lado, en la “doctrina” del ese concilio se puede leer que la semejanza no sólo tiene una valencia individual, sino además colectiva, puesto que “…sugiere [Cristo] una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás(GS 24).

Esta base doctrinal da pie a K. Wojtyla para desarrollar “usque ad supernam exaltationem” su aberrante y monstruosa divinización de la persona humana, en la línea del concilio.

Veamos primero la enseñanza ortodoxa y auténtica de la Iglesia:

Es una verdad divinamente revelada que el primer hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26). La imagen: Los seres irracionales no son a imagen y semejanza de Dios, en ellos solo existe un vestigio del Creador (S. Th. I, 93, 2). Los Ángeles, sobretodo, y luego también el hombre, son a imagen de Dios (imago creationis) (S. Th. I, 93, 3); no en el cuerpo sino en el alma intelectual ((S. Th. I, 93, 6). La esencia del alma humana es imagen de la unidad de la naturaleza divina, y las potencias, son imagen de la Trinidad de las Personas. La semejanza: los Ángeles y los hombres pueden, luego, ser a semejanza de Dios en la Gracia, que es al modo de una segunda creación (imago recreationis), pero ahora sobrenatural, la cual será consumada en la Gloria (Imago similitudinis). Ahora, esta semejanza no es común a todos los hombres ((S. Th. I, 93, 4) sino sólo a quienes están en gracia de Dios: ésta semejanza puede ser adquirida (por el bautismo, la confesión sacramental), pero también se puede perder (por el pecado mortal). La dignidad: este concepto está unido a la Gloria extrínseca de Dios (no a la Gloria que le es propia por esencia), es decir a la Gloria que reflejan las criaturas; y así, San Pablo en 1 Cor XI, 7 dice que “vir…Imago et gloria Dei est” (“El hombre es la gloria de Dios”) en cuanto el esplendor (claritas) de Dios refulge en el hombre. Luego, el hombre es la gloria de Dios sólo en cuanto la gloria de Dios se refleja en él, que fue creado a Su imagen, y sólo en cuanto el hombre manifiesta Sus perfecciones, no sólo por el mero hecho de vivir (como los irracionales) sino reconociéndolo, alabándolo y amando la perfección divina, que es el fin para el que fue creado. Cuando el hombre no cumple este fin y, mediante esto salvar su alma, no procura la gloria externa de Dios y, por el pecado, decae en su dignidad, la cual recibió de Dios; y dice Santo Tomás: “Por el pecado el hombre abandona el orden de la razón; por eso decae en su dignidad humana…degenerando en la subordinación de las bestias…de hecho, un hombre malvado es peor y más dañino que una bestia” (Santo Tomás, S. Th, II – II, 64, 2, ad 3). La persona: La doctrina católica enseña (como lo señalamos en una entrada anterior) que la persona es naturae rationalis individua substantia(substancia individual de naturaleza racional) concepto que se remonta a Boecio y que ha hecho suya la filosofía católica con Santo Tomás a la cabeza, quien perfeccionándola y para incluir también la personalidad de los seres espirituales y la subsistencia – Dios y el ángel – define como subsistens in natura rationali vel intellectuali; de este modo, el Doctor común de la Iglesia señala los dos aspectos esenciales e indispensables para tener una persona: el aspecto ontológico con el subsistens (abandonado por los innovadores) y el aspecto psicológico con rationalis vel intelectualis (tan querido por los teólogos modernistas que siguen a los filósofos contemporáneos cuando hablan de la persona: la autoconsciencia, la libertad, la comunicación, la vocación, la participación, la solidaridad, etc.)

¿Qué es lo que “enseña” K. Wojtyla, acerca del hombre, fiel ejecutor del “vamos” de Pablo VI y de los “principios” del “concilio”? Bueno, antes que nada escuchemos las propias palabras del entonces “cardenal” Wojtyla, futuro “papa” y “santo”, acerca del Vaticano II: “El concilio Vaticano II fue un concilio personalista” (En Esprit et en Vérité, ed. Le Centurion, 1980, p. 234); juicio frecuentemente repetido por Wojtyla aplicado a otros documentos de su pontificado, p. Ej., en la Carta a las Familias de 1994 en donde leemos: “Nos encontramos también sobre las huellas de la antítesis entre individualismo y personalismo. El amor, la civilización del amor, se relaciona con el personalismo” (C.F., n. 14). Digamos en passant que Juan Pablo II, en sus documentos, tiene más la semejanza de un filósofo, que expone sus tesis personales, antes que la de Supremo Magisterio de la Iglesia. Al reflexionar sobre la persona humana él dice que “la clave interpretativa está en el principio de la ‘imagen’ y de la ‘semejanza’ de Dios” (C.F., n. 6) y agrega en el mismo número: “Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el «Nosotros» divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humano.” Para llegar a la corona de su desarrollo personalista, J. P. II aplica esta tesis (que pretende ser Magisterio) a la naturaleza de la familia humana; a tal punto de llegar a manipular las perícopas de Gn I, 27: “­­Creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27), con la finalidad de unir artificiosamente las perícopas resaltadas en negrita y hacer residir la imagen del hombre, en su dualidad varón-mujer, en el Nosotros divino; en otras palabras, el hombre sería semejante a Dios en ser varón y mujer; y concluye en el n. 6: “El «Nosotros» divino constituye el modelo eterno del «nosotros» humano; ante todo, de aquel «nosotros» que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios”; con lo cual establece la imagen y la semejanza en la relación de las Personas divinas y no en la esencia Trinitaria y, de paso, como fiel discípulo del misticismo gnóstico neoplatónico eslavo de Soloviev, intenta introducir el “femenino” en Dios, lo cual no es posible porque Dios es espiritual, en cambio lo masculino y lo femenino es biológico y finalizado a la generación corporal; intento que vemos confirmado en varios otros pasajes de la Carta a las Familias, sobre la base de manipular Ef III, 14s. Todo lo cual está forzado para, finalmente y una vez más, hacer residir la imagen y semejanza de la creatura con el Creador en las Personas antes que en la naturaleza divina; persona que, como dice G.S., n. 24, fue creada por Dios finalizada a sí misma.

El Vaticano II, en el cual tomó parte el “teólogo” Wojtyla, exaltando la divinizada dignidad de esta concepción de la persona humana, dice que: “Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (Gaudium et Spes, n. 22). Con lo cual se nos quiere decir que la Revelación no consiste en que Cristo nos haya revelado a Dios y sus misterios (como respondería un católico), sino que, Cristo revela plenamente el hombre al hombre con el fin de hacerle explícita su altísima vocación (que en otra sede podemos extendernos en su carácter neo-gnóstica) porque, como quiere Pablo VI, Cristo “es un experto en humanidad”, luego, la Revelación no es teológica sino antropológica. Ahora, a partir de este principio, Wojtyla lleva su anonadamiento sobrenatural a su clímax, y va más lejos diciendo: “El «amor hermoso» comienza siempre con la auto-revelación de la persona. En la creación Eva se revela a Adán” (C. F., n 20).

En el número 8 de la Carta a las Familias (C. F.) el teólogo K. Wojtyla nos ofrece información adicional acerca de lo que Cristo revela sobre el hombre: “El Concilio Vaticano II…se refiere a la imagen y semejanza divina que todo ser humano ya posee de por sí…” Habíamos señalado más arriba que la Iglesia enseña sin error que la semejanza con Dios sólo es conferida por la Gracia santificante, la cual no es poseída por todo hombre, mucho menos “de por sí”. También, J. P. II, en el número 2 de la C. F., nos recuerda lo que el Concilio Vaticano II afirma de Cristo diciendo que: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”. (Gaudium et Spes, n. 22). Queriendo decir que, prescindiendo de la Gracia, y por el sólo efecto de la Encarnación, Cristo ya está incorporado en la genealogía de todo hombre, incluso sin que éste lo sepa, e incluso si éste lo rechaza, y así: “Se trata de ‘cada’ hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre…”(Juan Pablo II, Redemptor Hominis, n. 13)

 En este ascenso en la promoción “divinizante” del hombre, muchas veces y en distintos documentos e intervenciones, Wojtyla aumenta la dosis repitiendo una de sus frases conciliares más queridas:

Esta semejanza demuestra que el hombre, [es la] única criatura sobre la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et Spes, n. 24)

Es decir, estábamos equivocados siguiendo la enseñanza de la Iglesia, creíamos que el hombre en la tierra está ordenado a Dios, querido por [razón de] Dios. Wojtyla y el Vaticano II nos quieren sacar de esta inocencia ya que, por el contrario, el hombre ha sido querido por sí mismo. La preposición por indica finalidad: el hombre estaría finalizado a sí mismo; J. P. II, el santo, nos lo aclara en el n. 9 de la Carta a las Familias: “En la personal constitución de cada uno está inscrita la voluntad de Dios que quiere al hombre, en un cierto sentido, finalizado a sí mismo. Dios entrega al hombre a sí mismo”. El fin de la vida humana sería ella misma (no Dios). Ahora, si vamos a filosofar, sabemos que la sana filosofía enseña que el fin, o es intermedio, o es el último fin; según el Vaticano II y Wojtyla ¿El hombre sería entonces un fin intermedio o el último fin (es decir, Dios)? Veamos lo que responde nuestro “santo”, y cómo vincula este fin a la tan sorprendente dignidad de la persona: “La persona jamás puede ser considerada como un medio para alcanzar un fin…Ésta es y debe ser sólo el fin de todo acto. Tan sólo entonces la acción corresponde a la dignidad de la persona” (C. F., n. 20); pecado que precisamente ésta sea la definición del último fin, es decir, Dios. ¡Quedamos atónitos, desconcertados, estupefactos! sobretodo al seguir escuchando a nuestro “papa”: “Nadie tiene derecho de servirse de la persona, de usarla como un medio, NI SIQUIERA DIOS, SU CREADOR.” (Cf. Amor y Responsabilidad, Ed. Marietti, 1980, p. 19); este es, precisamente, el principio o la norma personalística establecida por Kant en su formulación del imperativo categórico; luego es la norma personalística Kantiana-Wojtyliana, que es la inversión del principio católico enseñado por Santo Tomás, quien dice “Dios es la causa final de todas las cosas” (I, 44, 4). Además Wojtyla se opone a la Escritura, que testifica “El Señor ha obrado todas las cosas POR SÍ MISMO (Propter semetipsum)” (Prov XVI, 4). Y también niega la declaración infalible del Magisterio, que dice “No para aumentar su beatitud ni para adquirir perfección, sino para manifestarla por medio de los bienes que da a las criaturas” (Concilio Vaticano I, 3ª Sesión, cap. I) por lo cual “quien negare que el mundo haya sido creado para gloria de Dios, sea anatema” (Concilio Vaticano I, can. 5). Luego, sea lo que sea que quiera Wojtyla, Dios es el fin del mundo y de todas las cosas creadas, espirituales (ángeles, alma humana) y materiales, que éste contiene.; por lo tanto también de la persona humana. Y entonces, si el hombre no es el último fin, ¿es un medio? En efecto, el hombre es un medio por el que Dios manifiesta la propia gloria y bondad, de nuevo contra lo que quiera pensar Kant-Wojtyla. El fin de las creaturas es la glorificación de Dios (no del hombre) según su propia naturaleza: conscientemente los seres racionales (los ángeles y el hombre), inconscientemente los demás. Cabe recordar que se trata de la gloria externa de Dios, no de su propia Gloria esencial, a la cual nada puede manifestar la creatura y es propia de Dios. En cuanto al hombre, sólo cuando la gloria de Dios se refleja sobre él éste es la gloria de Dios, creado a Su imagen y semejanza; la gloria externa de Dios, entonces, consiste en la manifestación de las perfecciones de Dios por parte del hombre y el resto de las criaturas; y el hombre, en cuanto racional, glorifica a Dios “reconociendo, alabando y amando la perfección divina” (Cf. Merkelbach, I, n. 10, 3), lo cual, a su vez es el fin por el que el hombre fue creado. Tal como vimos más arriba, cuando el hombre no realiza este fin, no procura la gloria de Dios y, con el pecado, decae de su dignidad, justamente, derivada de Dios. Así, es imposible que existan dos fines últimos; o es Dios o es otra cosa diferente de Dios, p. Ej., el hombre, como lo quiere Kant-Mounier-Wojtyla.

 Bien, creo que ya es hora de finalizar esta entrada dedicada a la inauguración e implementación de la religión y del culto del hombre sobre la base de las “novedades” fijadas por el Concili-ábulo Vaticano II. No lo podría hacer sino citando, por último, la siguiente “joyita” wojtyliana: “…en el momento mismo de su concepción el hombre ya está ordenado a la eternidad en Dios” (C. F., n. 9), ¡A tanto llega la dignidad de la persona humana! probablemente porque, si hemos seguido su “enseñanza” de fuerte sabor gnóstico-esotérico-mistérico, “con la Encarnación Cristo se ha unido, de algún modo, a todo hombre” (G.S., n. 22). Veamos esto de más cerca. La sana doctrina puede conceder, por cierto, que el hombre esté en potencia ordenado a Dios como su último fin; en acto, ya estando unido a Dios, ¡No! Es más, al nacer no se encuentra en estado de orden [a Dios] sino de des-orden y de pecado: el pecado original. Por lo cual, no es cierto que la persona, apenas concebida se encuentre en acto ya consagrada y santificada, antes tendrá que recibir la Gracia Santificante por medio del Bautismo.

Me auxilio de las palabras de San Pablo: “No os engañe nadie en ninguna manera [con falsa doctrina, con falsas apariencias, con falso culto]; porque no vendrá [Cristo] sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o divinidad; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios [el Hombre deificado por la nueva iglesia Conciliar]”. (2 Tes I, 11).

A continuación incluyo algunas otras declaraciones “vaticano-segundistas” relacionadas con el mismo tema. Cada una de ellas puede, en sí misma, ser refutada adecuadamente desde la fe católica:

  • Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa…el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana.” [Dignitatis Humanae, n. 1)
  • La declaración de este Concilio Vaticano, en cuanto al derecho del hombre a la libertad religiosa, tiene su fundamento en la dignidad de la persona…” (DignitatisHumanae, n.9)
  • Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil” (DignitatisHumanae, n. 2)
  • Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.” (Gaudium et Spes, n. 12)
  • Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.” (Lumen Gentium, n. 13)
  • Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación” (Gaudium et Spes, n. 3)
  • El Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.” (Gaudium et Spes, n. 10)
  • La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la inteligencia hacia soluciones plenamente humanas” (Gaudium et Spes, n. 11)
  • La Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.” (Gaudium et Spes, n. 11)
  • “…todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo…” (Gaudium et Spes, n. 21)
  • Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente.” (Gaudium et Spes, n. 21)
  • Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas” (Gaudium et Spes, n. 26)
  • “…es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa.” (Gaudium et Spes, n. 28)
  • “…la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más justa.” (Gaudium et Spes, n. 29)
  • La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre.” (Gaudium et Spes, n. 35)
  • La Iglesia, “entidad social visible y comunidad espiritual”, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo.” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, cree poder contribuir mucho ala humanización dela familia humana y de toda su historia.” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • Tiene asimismo [la Iglesia] la firme persuasión de que el mundo, a través de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la preparación del Evangelio” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • [La Iglesia] respeta santamente la dignidad de la conciencia [del hombre] y su libre decisión.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • “…en esta misma ordenación divina, la justa autonomía…sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • De esta manera somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.” (Gaudium et Spes, n. 55)
  • “…la misión que les incumbe [a los cristianos] de trabajar con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano.” (Gaudium et Spes, n. 57)
  • “…para descubrir [el cristiano] el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del hombre.” (Gaudium et Spes, n. 57)
  • Todo esto pide también que el hombre…pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión.” (Gaudium et Spes, n. 59)
  • Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana…” (Gaudium et Spes, n. 74)
  • El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su manera de ver.” (Gaudium et Spes, n. 75)
  • “…el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra edad” (Gaudium et Spes, n. 91)
  • La Iglesia…se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero.” (Gaudium et Spes, n. 92)
  • En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos [los que creen en Dios] cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la edificación del mundo” (Gaudium et Spes, n. 92)
  • Los cristianos…no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy” (Gaudium et Spes, n. 93)
  • “…el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres.” [Nostra Aetate, n. 3]

 

¡Mater adspice, Virgo respice

Audi nos, O Maria,

Per Te speramus, ad Te clamamus,

Ora, ora pro nobis!

Si en algo falto a la Fe católica ruego de corazón corregirme