Quis nos manet exitus…?

Sagrada Familia

El día 6 de Octubre ha iniciado el Sínodo de los “obispos” sobre el tema “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización“. Se supone, oficialmente, que se trata de un evento del auténtico magisterio católico que comunique al mundo, y a los mismos católicos, enseñanza segura para quienes, llamados al estado de vida matrimonial alcancen, con el auxilio de la gracia sacramental y de las gracias actuales, la bienaventuranza por el mérito en la vida militante y, llegados al final de la vida, la visión beatífica de Dios en el cielo.

Digo “se supone”; y, lamentablemente, no puedo decir que “será sin duda”. En el estado actual de la Iglesia observaciones, sobran. Desde luego ¿Es este un Sínodo de la Iglesia Católica? La respuesta es, no. ¿Por qué? Ya hemos explicado, en entradas anteriores, que el problema actual en la Iglesia es la defección de la autoridad o, mejor, la privación de la autoridad en la Iglesia, puesto que los ocupantes de la Sede de Pedro y los ocupantes de las sedes apostólicas en unión con el primero, al menos a partir de la clausura del Concilio Vaticano II (CVII), carecen de la autoridad de Cristo y de la asistencia infalible del Espíritu Santo, debido a que enseñan falsa doctrina, falso culto, falsos sacramentos y falsa disciplina, en contradicción con la infalible e irreformable enseñanza católica anterior al CVII (Cfr. D. Sanborn, “De Papatu Materiale”, 1994; Sodalitium N. 13 – Mayo 1987, “Entrevista a Mons. Guérard Des Lauriers”). Por lo tanto, cualquier acto oficiado por la jerarquía actual, careciendo de la autoridad de Cristo, es nulo y no vinculante en orden a la santificación y salvación; naturalmente que, hasta en medio de la contaminación, algo puro puede difundirse, coherente con la enseñanza católica – la devastación no ha llegado aún a la destrucción total.

Se dice que el Sínodo tratará de “Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la nueva evangelización“, y en su relación introductoria de los trabajos, el cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo ha dicho: “Es la Iglesia…misionera en las calles del mundo…que anuncia y profesa la fe en Jesucristo…” Bueno, el caso es que, a partir del CVII, la iglesia del Novus Ordo renunció a todo tipo de evangelización, ya sea tradicional o nueva, y a toda actividad misionera, propia de la Iglesia militante. La iglesia del N.O. ya no evangeliza, al menos en sentido católico, que es el sentido paulino: “…si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro Evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Porque, ¿persuado yo ahora a hombres o a Dios? ¿O busco agradar a los hombres? Cierto, que si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Mas os hago saber, hermanos, que el Evangelio que ha sido anunciado por mí, no es según hombre; ni yo lo recibí, ni aprendí de hombre, sino por revelación de Jesús, el Cristo” (Ga 1, 8-12). ni tampoco realiza misión. La razón está, por supuesto, en la falsa doctrina del CVII, principalmente contenida en el Decreto sobre el Ecumenismo “Unitatis Redintegratio”, en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas “Nostrae Aetate”, y en la Declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis Humanae”: todos, estos, documentos que niegan la necesidad del hombre de aceptar, creer y profesar las verdades reveladas por “Dios, [que] habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó por heredero de todo, por el cual asimismo hizo los siglos; el cual siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia, habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Hb 1, 1-3), perteneciendo, con necesidad de medio para su santificación y salvación, a la única Iglesia fundada por Jesucristo (no por simples hombres) sobre Pedro a quien, y sólo a quien, dijo “mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del Reino de los cielos; que todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19); la Iglesia Ecuménica del CVII, en posición de contradicción con la doctrina católica enseña que el hombre puede santificarse y salvarse en cualquier religión inventada por el hombre; luego no es necesario evangelizar ni misionar, nadie necesita ser convertido ni atraído a la Fe; basta que cada cual siga su libertad y su libre humana conciencia, aunque permanezca y viva en el error.

Tampoco es un Sínodo católico desde el punto de vista institucional de la Iglesia. La Constitución dogmática Lumen Gentium del CVII (especialmente LG 3,22), en contradicción con las promesas concedidas a Pedro,y sólo a Pedro, por el divino fundador de la Iglesia, y en contradicción con la unánime enseñanza de los Santos Padres y con múltiples declaraciones de Papas pre-concilio vaticano II, ha proclamado el error de la “colegialidad” en el gobierno de la Iglesia. Como testimonio de esta falsa doctrina emanada del CVII, Bergoglio, al tomar posesión pública de la Santa Sede, se ha presentado como “el obispo de Roma“, no como el Papa, Vicario de Cristo, Pastor Supremo de la Iglesia; lo cual ha confirmado con sus actos sucesivos en un blando estilo de “acompañamiento inter pares”, pero renunciando al ejercicio de la autoridad. En la apertura del sínodo, el cardenal Baldisseri, consciente del actual democratismo popular en el gobierno de la Iglesia, ha confirmado en varias partes este error afirmando por ej., [Pablo VI] marca un momento relevante de la colegialidad y sinodalidad [de la Iglesia]“Francisco, Cabeza del Colegio Episcopal”“El Santo Padre…manifestaba su voluntad de promover la colegialidad…en la Iglesia”“Qué es la colegialidad sino una comunión…una fraternidad [de librepensadores iluministas, al parecer]“, “…aquí reunidos con el Obispo de Roma [es decir, un presidente entre iguales. n.d.a]…”  Como podemos apreciar, todo lo anterior, que declara el error del democratismo popular al modo de cualquier gobierno de cualquier sociedad civil, contradice la divina institución de la Iglesia por Cristo, Cuerpo Místico del mismo Cristo (no sociedad civil) cuya constitución es Jerárquica y Monárquica (el gobierno de uno solo); claro, total la Iglesia ahora es definida con el término rahneriano “el pueblo de Dios”: de nuevo escuchamos a nuestro “cardenal” diciendo “…se escuchó al pueblo de Dios [sin especificar el pueblo de  qué indefinido Dios; ¿del Dios Uno y Trino, quizá? ¿o del dios de la concepción gnóstico-panteística-hegeliana? ¿o de algún dios esotérico-emanacionista? No lo sabemos. n.d.a] en su variedad de Obispos, presbíteros, diáconos y fieles laicos [es decir, el consabido igualitarismo populista, somos todos iguales. n.d.a]“.

Por otro lado, fiel a esta nueva iglesia ecuménica, no podían no ser invitados, a los trabajos, algunos “socios” que, en lenguaje del CVII “subsisten”, junto a la Iglesia católica y a manera de miembros, en la nueva e imaginada “Iglesia de Cristo” [la cual, desde 1965, ya no es sólo la Iglesia Católica]. Dice el cardenal Baldisseri: “Dirijo un saludo especial a los 8 Delegados fraternos [al modo de 1789. n.d.a], representantes de iglesias y comunidades eclesiales [fundadas por simples hombres. n.d.a], que comparten con los católicos el compromiso de trabajar…”

Bueno, a juzgar por otras expresiones introductorias y de rico “humanismo” como “Esta amplia libertad de expresión”, “en la libertad crece la comunión fraterna” [aquí sólo faltó la igualdad para completar la trinidad humanístico-iluminista anti católica de 1789], “Unidos en las diferencias…unirse en las diferencias…” [nótese que no se refiere a las diferentes expresiones de la una y misma Fe católica, como siempre ha sido; no, se refiere a la unidad en las diferencias doctrinales, morales, litúrgicas y teológicas, incluso en oposición de contradicción entres sí; tal vez de allí brotará la síntesis dialéctica hegeliana. n.d.a.]. Siendo así las cosas, tendremos que esperar el documento final oficial  al término de esta democrática asamblea ecuménico-naturalista para ponderar su resultado; en todo caso esperaremos el “fatum quod nobis manet”.


"Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix
ut digni efficiamur promissionibus Christi"
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Exaltación de la Santa Cruz

 Crux mihi salus: Crux est quam semper adoro: Crux mihi refugium: Crux domini mecum.

Crux mihi salus:
Crux est quam semper adoro:
Crux mihi refugium:
Crux domini mecum.

 

Hoy, 14 de Septiembre, la Iglesia celebra la “Exaltación de la Santa Cruz”. Con motivo de esta solemnidad quisiera poner a disposición una instructiva homilía, como todas lo son, predicada por S. E. Mons. Donald Sanborn, Director del Most Holy Trinity Seminary. Es una traducción mía del inglés, los subrayados son igualmente míos.

La Iglesia siempre ha considerado un particular mensaje espiritual en esta Fiesta; esto es, que la Iglesia eleva la Santa Cruz de Cristo como salvación de la humanidad, situándola como algo que es central en nuestra Fe. Es prácticamente increíble, pero es cierto, que mientras más Dios nos ama, más cruces nos manda. Como recordaréis, uno de nuestros santos dijo: “vosotros sabéis que el dogma de la Presencia Real proviene de Dios, ha sido revelada por Dios, la Presencia Real de Dios en la Santa Eucaristía – si alguien, por mera industria humana, pretendiese de haberlo realizado, nadie lo hubiese creído. Lo mismo sucede con la doctrina de la Santa Cruz. Si algún ser humano os hubiera dicho que, cuánto más Dios os ama tanto más recibiréis cruces de Él, nadie lo creería; esto tiene que venir de Dios, y por eso, es cierto. La razón por la cual es cierto es que la Cruz es la manera por la que la salvación es aplicada al género humano. Dios nos ama, sin duda, pero vivimos en una era en que pensamos que el sentimiento es algo muy importante; de tal modo que, cuando decimos que alguien nos ama pensamos en abrazarnos, en ser muy amables, simpáticos y dulces; es decir, pensamos en al sentimiento del amor. Es cierto que Dios ha pensado todo aquello sobre nosotros. Pero el verdadero significado del amor, el significado profundo del amor es desear el bien para otro y de realizarlo cuando tenemos la oportunidad de hacerlo. Y el bien que Dios nos provee, llegando a Belén, es ser el Salvador, y el modo en que Él es el Salvador es salvándonos del pecado, lo cual es el precio a pagar por el pecado. De modo que Él no ha venido entre nosotros para abrazarnos o para besarnos, o para hacer llover regalos mundanos sobre nosotros; él vino para salvarnos del problema que el pecado gravó sobre nosotros; razón por la cual es el Salvador. Y todo esto como castigo que el pecado ha impuesto en nosotros – no nos damos cuenta, pero al momento de la misma salida del útero nosotros lloramos, estamos cargando la cruz, emergiendo a este mundo, cuyo carácter es el efecto del pecado original, estamos apareciendo ante todas la miserias y problemas de este mundo. Siendo niños y, desde el instante en que nacemos, tenemos un reloj sobre nosotros, el cual marcará el tiempo en que regresaremos a Dios; es la sentencia de muerte, resultado del pecado original, que pende sobre nosotros ya siendo niños. Así, el fin será una enfermedad, o el fin será todas aquellas consecuencias tanto como efectos de nuestros propios pecados como de los pecados de otros. La desdicha está en todas partes, en miembros de nuestras propias familias, desconsolados y choqueados porque perdieron a quienes que, sin razón alguna, han muerto por el pecado de algunos otros. Es nuestra condición, a causa de los efectos del pecado original y de los pecados actuales. Tenemos las desgracias causadas por los tornados que llegan desde las costas de Estados Unidos, que matarán a algunos, que a otros reducirán a la pobreza y que, en ciertos casos, se llevarán todo lo que tienen; todo lo cual es resultado del desorden del pecado original, aún en la naturaleza.

Nuestro Señor Jesucristo ha venido para salvarnos de todo aquello, siendo la salvación victoria sobre el pecado. El problema es el pecado, la salvación victoria sobre el pecado. Así, el primer aspecto de la Cruz es la victoria sobre el pecado. Los protestantes dicen: Bien, Él murió en la cruz, Él fue quien venció el pecado, nosotros no tenemos que preocuparnos ya de nada; y así. Los pecadores mundanos continúan viviendo en sus pecados, pagando las consecuencias de sus pecados, como quien vive en un hotel: el hotel es el pecado, y ellos pagan la cuenta. Esta no es la verdadera noción de la Redención. Nuestro Señor Jesucristo pagó el precio del pecado y, con ello, hizo nuestros sufrimientos meritorios de algo ya que, uniéndonos diariamente con el peso de nuestra cruz al peso de Su Cruz nuestros sufrimientos se hacen meritorios de algo; ahora podemos, cada uno de nosotros, tener nuestra propia victoria sobre el pecado por medio de nuestra cruz diaria. El segundo aspecto de la Cruz es el de ser un acto de perfecto amor a Dios. No hemos sido creados sino para amar a Dios, nuestro propósito es el amor de Dios, la razón por la cual existimos es para amar a Dios; y nuestro modo de amar a Dios después del pecado original es entregándonos a nosotros mismos, del mismo modo en que Nuestro Señor Jesucristo se entregó a si mismo en obediencia, en sufrimiento y en humildad en la Cruz. Es la razón por la cual los Santos llegaron a amar la Cruz; no sólo la llevaron como victoria sobre el pecado, sino que llegaron hasta amarla: San Francisco de Asís amó la Cruz, en eso podemos ver la mentalidad de los Santos acerca de la Cruz. Quien quiera ser como Nuestro Señor Jesucristo, quiere sufrir con Él, quiere ser rechazado como Él, porque entiende el misterio de la Cruz, como el único modo de amar a Dios. Es también la razón por la cual los sacerdotes llegan a ser sacerdotes, por la que los jóvenes seminaristas son impulsados a amar a Dios y a entregar sus propias vidas por amar a Dios, por la cual las jóvenes quieren ser religiosas; es porque entienden que la vía de la Cruz es la manera de amar a Dios, abrazando una vida de privación, una vida de sacrificio para cumplir con la misión de la Iglesia de amar a Dios. En muchos casos, por amor a Dios, sacerdotes y religiosas aceptan la muerte, como muchos misioneros en el Siglo XIX, en China, en África, en Japón y otros lugares; así como en tiempos del Siglo XVI y XVII, cumpliendo con la misión de la Iglesia. Así, en cierto sentido, la Santa Cruz es el alma de la Iglesia, lo que anima la Iglesia. Esta imitación de la Cruz de Cristo en el perfecto amor a Dios.

Hemos tratado de estos dos aspectos de la Cruz: La victoria sobre el pecado y el perfecto amor a Dios. De este modo, cada uno debe cargar su cruz de todos los días, para cumplir con su victoria sobre el pecado y su perfecto amor a Dios. El enfermo debe sufrir su dolor, el anciano su debilidad, el pobre su pobreza, el soldado la dureza de la guerra, los ciudadanos acaso un gobierno tiránico, un esposo debe sufrir un esposa difícil y una esposa un esposo difícil, los padres deben sufrir a sus hijos, los hijos deben soportar la disciplina, el diligente debe sufrir al indolente y el indolente al diligente, quienes son inteligentes deben sufrir al débil mental, los que viven deben sufrir la pérdida de sus seres queridos, el moribundo debe sufrir el dejar a los que viven, la viuda debe sufrir su soledad, el orgulloso debe sufrir su humillación, el flojo debe sufrir trabajar, los casados deben sufrir el matrimonio, el libidinoso debe sufrir la castidad, el casto debe sufrir la tentación; cada uno, en este estado de vida, debe cargar la Cruz de su propio estado de vida; esta es nuestra victoria sobre el pecado, y este es nuestro perfecto amor de Dios. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

 A esta homilía de S.E., quisiera yo agregar estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo hablando a Ananías de su “vaso escogido”, el fariseo Saulo, convertido camino a Damasco, mientras creía servir a Dios persiguiendo a Jesucristo en las personas de los cristianos: “ Yo le mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre” (Hch 9, 16). Ya sabemos que, habiendo sido enemigo y al final de su extraordinaria actividad apostólica, murió martirizado y decapitado en Roma bajo el gobierno de Nerón; él mismo evangelizaba predicando que “por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Los santos han dado en llamar al camino de la Cruz como “El camino real de la Santa Cruz”; Tomás de Kempis dice: «…¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos pasó por el mundo sin cruz? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, mientras vivió, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía que Cristo “padeciese y resucitase de los muertos, y así entrar en su gloria” (Lc 24, 26). Pues ¿Cómo buscas tú otro camino sino este camino real de la santa cruz? Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, y tú, para ti ¿buscas holganza y gozo?» (Imitación de Cristo, Libro II, cap. XII). El mismo San Pablo declara: “…nosotros predicamos a Cristo crucificado, en verdad escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1 Co 1, 23); el camino real de la Santa Cruz, por cierto, es del todo contradictorio con el carácter que ofrece el mundo, diríamos que ambos caminos llevan en direcciones opuestas, pues el modelo de vida que el mundo ofrece es, justamente, la exención de todo sufrimiento, de todo dolor, de toda aflicción, de toda adversidad y sacrificio; más bien nos dicen que se trata de huir de todo aquello y de gozar lo más que se pueda, lo cual no es, ni victoria sobre el pecado ni perfecto amor de Dios, sino amor de sí mismo.


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”

“Mysterium Fidei”

Elevación II

…HOC EST CORPUS MEUM…HIC EST ENIM SANGUIS MEUS NOVI TESTAMENTI MYSTERIUM FIDEI QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDITUR IN REMISSIONEM PECCATORUM”

La Eucaristía fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena como verdadero y propio sacramento, distinto y más excelente que los demás. (De fe divina y definida). Sabemos que los sacramentos son signos (algo que posee un significado para representar otra cosa) sensibles (perceptibles por los sentidos, como el agua, el pan y el vino, etc., y las palabras) instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para significar (Ej., el bautismo que lava el cuerpo significa la purificación del alma, que queda limpia del pecado original) y producir en nuestra alma la gracia santificante donde no la hay (la gracia primera: el Bautismo y la Penitencia) o su aumento donde ya existe (la gracia segunda – La Eucaristía, la Confirmación, el Orden, la Extremaunción, el Matrimonio).

La Eucaristía, católica y única, puede ser considerada como sacrificio y como sacramento.
1. Como sacrificio es la Santa Misa, que consiste en “el sacrificio incruento de la Nueva Ley que conmemora y renueva el del Calvario, en el cual se ofrece a Dios, en mística inmolación, el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies sacramentales de pan y vino, realizado por el mismo Cristo, a través de su legítimo ministro, para reconocer el supremo dominio de Dios y aplicarnos los méritos del sacrificio de la cruz.”
Ahora, el sacrificio de la cruz y el sacrificio del altar son uno solo e idéntico sacrificio, sólo se diferencian en el modo de ofrecerse: cruento el de la cruz, incruento el del altar.
2. Como sacramento es la Comunión, que consiste en “el acto de recibir el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y vino”. Es necesaria con necesidad de precepto divino (por las palabras de Cristo en Jn 6,54: “En verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”) y eclesiástico.

El Concilio de Trento ha definido: “la Misa es de tanta pureza y está tan libre de error, que nada hay en ella que no exhale santidad y piedad exterior, y que no eleve a Dios los espíritus de los que ofrecen” (Sesión XXII, cap. 4)
La misa romana fue codificada por un Papa Santo, justamente por San Pío V, de una vez y para siempre, esencialmente irreformable (prohibición de alterar su sustancia) como arma eterna contra las herejías, es decir contra la verdad revelada. Sin embargo, actualmente, los católicos siguen una “nueva liturgia”, de carácter subversivo (contra la Ley Canónica), totalmente asimilada a la “Cena” protestante.

Cuando vemos un altar pensamos en un sacrificio y en el sacerdocio, términos inseparables. Sin embargo, cuando vemos una mesa pensamos en una comida, pues las comidas se sirven en mesas. En la nueva misa del Novus Ordo montiniano, la idea de sacrificio desaparece, y es “luteranamente” sustituido por “cena”, es decir, comida.

El objetivo de destruir la Misa católica por parte de los “nuevos reformadores” de la nueva iglesia conciliar, es el de poner la Iglesia Católica al servicio del falso ecumenismo, basado en el indiferentismo (es decir, una religión es tan buena como cualquier otra), que niega la existencia de una verdadera y única Iglesia, imaginando una cierta “verdadera” “iglesia de Cristo” que será futura, que aún no existe, pues aún no se ha alcanzado la unión cristiana “ecuménica” y declarando, en Lumen Gentium n. 8, una explícita herejía: que la Iglesia Católica no es el Cuerpo Místico de Cristo ni es la única y perfecta Iglesia de Cristo, tan sólo “subsiste” en ella; ya se comprende que lo que “subsiste” en algo es distinto e imperfecto con relación a ese algo más amplio, a saber, una futura “iglesia de Cristo”. La nueva “misa” fue compuesta para trasladar a los creyentes desde la “religión católica” hacia la nueva “religión ecuménica”, es decir hacia esta nueva religión subjetivista (sin verdades objetivas, sin dogma), iluminista (la razón al puesto de la autoridad de Dios que revela), naturalista (carente de la continua y permanente asistencia de Espíritu Santo prometido por Jesucristo a su Iglesia, de la autoridad de Cristo sobre el legítimo Papa y carente de los canales de la gracia, que son los sacramentos) librepensante (a la medida de la mera opinión humana, independiente de la Regla de la Fe y basada en el “libre examen” luterano) y humanística (la religión del culto del Hombre inaugurada solemnemente y oficialmente por Pablo VI en su famoso discurso de clausura del Vaticano II).

La Misa católica y la “misa” del Novus Ordo ecuménico – en adelante N.O. – representan, significan y expresan dos religiones distintas, aunque esta última no es propiamente una religión, pues es hija de lo bajo (el hombre) y no de lo alto (Dios).

El Novus Ordo Missae (la nueva misa) con la Ordenación General (OG), que es su introducción, fue publicado por Pablo VI por medio de la Constitución Apostólica Missale Romanum (3 de Abril de 1969).  En el número 7 de la OG Pablo VI defino la nueva misa como: «La sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor. Por lo tanto, para la asamblea local de la santa Iglesia vale en grado eminente la promesa de Cristo: ‘Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt. 18, 20)». Vemos que la definición se remite a una “Cena”. Los Cardenales Ottaviani y Bacci, en su célebre documento Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, explican que «tal “cena” está constituida por la reunión de los fieles bajo la presidencia del sacerdote, y consiste en la renovación del memorial del Señor…, pero todo esto no implica ni la Presencia Real, ni la realidad del Sacrificio, ni la sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del Sacrificio Eucarístico, el cual no depende en absoluto de la presencia de la asamblea». De hecho un verdadero sacerdote católico puede celebrar válidamente la Misa católica sin la presencia de la asamblea. Y continúa, «esta Cena no implica ninguno de aquellos valores dogmáticos esenciales de la Misa que constituyen su verdadera definición». Por lo demás, al afirmarse “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), se coloca en preeminencia a la presencia espiritual de Cristo, por sobre el orden físico o sustancial de la presencia real eucarística. Es decir «se pone el acento en la Cena o memorial, pero no en la renovación incruenta del Sacrificio del Señor realizado en el Monte Calvario».

Los innovadores, llevando al pueblo fiel a la práctica de un culto anticatólico y a la profesión del error (lastimosamente para la perdición de los católicos) han borrado y aniquilado el carácter sobrenatural de la liturgia católica, orientada a Dios y de Él recibida, e instalando en su lugar un mero afán por simple industria humana, en concordancia con la “Religión del hombre” por ellos oficialmente proclamada (cfr., Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Vaticano II; Gaudium et Spes, ns. 11 y 22). Es el omnipresente humanismo. Por ejemplo, en el nuevo culto, sacrílego y cismático, de la “nueva misa”, las oraciones de preparación recitadas al Pie del Altar por el sacerdote, que se prepara para “Entrar al Altar de Dios” (Introibo al altare Dei) fueron sustituidas por algunas palabras de bienvenida dirigidas a los fieles – no a Dios – (“La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros”); es claro que la importancia recae sobre la asamblea reunida, no sobre Dios; el carácter sobrenatural de lo que ocurrirá es oscurecido por la centralidad en la gente, en la comunidad humana, que se constituye en centralidad. En 1991, el Padre Anthony Cekada publicó un estudio titulado “The problems with the prayers of the Modern Mass” (Los problemas con las oraciones de la Misa Moderna), en el cual, tan sólo en el aspecto doctrinal de las oraciones, se evidencia el impresionante abandono de la fe católica por parte de la misa de Paulo VI. Sin embargo, es esta entrada podemos citar un segundo ejemplo (de tantos): siempre al pie del Altar (antes de acercarse a éste) el sacerdote, en la Misa Católica, recita el “Confiteor” (Yo confieso): “Yo, pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado san Miguel Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos…” En la “nueva misa” la bienaventurada siempre Virgen María, el bienaventurado san Miguel Arcángel, el bienaventurado san Juan Bautista, los santos Apóstoles Pedro y Pablo y todos los Santos han sido eliminados y reemplazados por “y a vosotros, hermanos”, negando la Comunión de los Santos (artículo de Fe del Credo de los Apóstoles que recitamos los católicos) y trasladando la centralidad a la asamblea allí reunida (“a vosotros, hermanos”). En ambos casos (insisto, ¡entre tantísimos!), que son tan sólo una muestra del desastre, no hay conflicto de “fe” para ningún protestante, pues éstos niegan la “intercesión de los santos” y sostienen la principalidad de la asamblea.

El católico tiene una grave razón de principio, que concierne directamente a la pureza de la Fe, para rechazar la “nueva misa” en comunión (“una cum”) con el “papa” del Novus Ordo (Bergoglio, actualmente), absteniéndose de asistir a ella (como no sea sólo, y tan sólo, en razón de algún inexcusable compromiso social – no como católico – y declarando explícitamente que asiste sin participar). Con Monseñor Michel Louis Guérard des Lauriers, coautor del “Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae” (1969) – en adelante (BEC) – (cfr. Entrevista Mons. Guérard des Lauriers, Sodalitium Nº 13, Mayo 1987) decimos que, en caso de asistir y participar, se incurre en el delito sacrilegio y en el delito de cisma. El problema es que, como están las cosas en la actualidad, al menos el 90% de los fieles no comprende o no considera ni la importancia, ni la gravedad de la “misa una cum (Bergoglio)”.

Gravedad que consiste en:
1. El delito de sacrilegio. La razón es que, la expresión “una cum” afirma que  Bergoglio,a. Francisco, es “uno con” (una cosa con) la Iglesia de Jesucristo, una, santa y católica. Lo cual es un error, ya que Bergoglio persiste en enseñar y promulgar la herejía, luego no puede ser el Vicario de Cristo ni ser “una cosa sola” con la Iglesia de Jesucristo. Vemos que la “misa una cum” expresa un error que concierne a la Fe. Siendo la Misa, una acción sagrada por excelencia (el sacerdote oficia “in Persona Christi”) entonces, si el acto vulnera lo sagrado está hipotecado por el delito de sacrilegio.
2. El delito de Cisma Capital (por tratarse de un delito que afecta a la Cabeza, a saber, al ocupante de la Sede de Pedro). Porque, “una cum”, significa que, celebrando el Sacrificio de la Misa, se celebra en unión con y bajo la dependencia del ocupante de la Sede de Pedro quien, actualmente, se encuentra en estado de Cisma Capital, ya que ha decidido no ser la Cabeza de la Santa Iglesia de Cristo, sino de otra institución, que se ha dado en llamar ecuménica, post-conciliar, del Novus Ordo, etc., pero ya no Católica.

Así pues, he aquí algunas razones que nos obligan a rechazar la “Nueva Misa”:
• La Nueva Misa no manifiesta, como la Misa Católica, nuestra Fe en la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo. El BEC, n. II, dice: «la definición de la Misa se reduce a una “cena”…Esta cena se describe, además, como asamblea presidida por el sacerdote, para realizar “el memorial del Señor”, que recuerda lo que se hizo el Jueves Santo. Todo esto no implica ni Presencia Real, ni realidad del Sacrificio». Por el contrario, el Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio y no una simple y protestante conmemoración del sacrificio de la Cruz (Cfr. D. S. 1753)
• Porque, tal como emana de la segunda parte de la definición del N.O., confunde la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía con la presencia en la Palabra de la Biblia y su presencia espiritual en medio de los fieles, de fuerte sabor protestante.
• En la misa ecuménica se inserta la “oración de los fieles”, la cual subraya: “el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal” (Instrucción General del Misal Romano [IGMR] Nº 45); con lo que se presenta el sacerdocio común de los fieles de modo autónomo, omitiendo su subordinación al del sacerdote, siendo que el sacerdote consagrado es el mediador de todas las intenciones del pueblo en el Te igitur y en los dos Memento. Luteranos y calvinistas afirman que todos los cristianos son sacerdotes y que, por lo tanto, todos ofrecen la Cena.
• En el ordenamiento de la “Nueva Misa” participaron seis pastores protestantes: George, Shephard, Konneth, Smith y Thurian, quienes representaban al Consejo Mundial de las Iglesias, la Iglesia Luterana, la Iglesia Anglicana y la Comunidad Protestante de Taize. De hecho, Max Thurian, protestante de Taizé, afirma que, uno de los frutos de la Nueva Misa, «será talvez que las comunidades no católicas podrán celebrar la santa cena con las mismas oraciones de la Iglesia Católica. Teológicamente es posible” (La Croix, Mayo de 1969).
• Porque así como Lutero suprimió el Ofertorio, pues en éste se expresaba claramente el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa, así también la misa de Paulo VI (La Nueva Misa) lo reduce a una simple preparación de las ofrendas.
• Porque favorece la afirmación protestante de es la fe de los fieles, y no la palabra del Sacerdote, lo que causa la presencia de Cristo en la Eucaristía.
• Porque la Nueva Misa hace entender que el pueblo “concelebra” con el Sacerdote, lo cual es contrario a la teología católica. En la “Plegaria Eucarística III” hasta se llega a decir al Señor: «No dejas de congregar a tu pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso sea ofrecida una oblación pura a tu nombre». El BEC considera que, este “para que” (ut), indica que el pueblo, más que el sacerdote, es el elemento indispensable para la celebración; y como tampoco, en este lugar, se precisa quién es el que ofrece, [resulta que] se presenta al propio pueblo como investido de un poder sacerdotal autónomo. En la Misa Católica, por el contrario, el que celebra, el que ofrece y el que sacrifica ese le sacerdote, consagrado para esa función, y no la asamblea del pueblo de Dios (Cfr. D. S. 1752).
• Porque el tono “narrativo” de la ¿consagración?, de naturaleza protestante, en vez del tono de intimación, hace pensar de que no se trata de un Sacrificio, sino tan sólo de una memoria de la Cena, y que la Misa no es más que un banquete de congregados bajo un presidente, un sacerdote, justamente. Todo esto se demuestra por otras innovaciones y señales: el altar reemplazado por una mesa, el sacerdote enfrentando la asamblea (a la cual, según la doctrina neotérica, se debe como presidente, o delegado), la Comunión de pie o en la mano, etc.
• Porque la Nueva Misa posee errores condenados infaliblemente por el Concilio de Trento, como por ejemplo, la Misa oficiada en lengua vernácula (no en la lengua sagrada de la Iglesia Católica Romana) dando origen a tantísimos excesos y extravagancias, las palabras que son la forma de la Consagración dichas en voz alta (en modo narrativo).
• Porque, negando la Presencia Real y para no ofender el “espíritu ecuménico”, se han atrevido, escandalosamente, a desalojar el Tabernáculo del Altar, y lo han extrañado a un lugar apartado, casi escondido o, en definitiva, escondido del todo. Ya no es el Tabernáculo lo que centra de inmediato la atención, sino una mesa despojada y desnuda (BEC); es decir, hay que esconder la Presencia de Cristo, pues la Nueva Misa es un oficio meramente naturalista, sin Cristo, incapaz de elevarse al cielo, es la gloria del hombre, no la Gloria de Dios, es un servicio desde el hombre hacia el mismo hombre – tal como ya lo hemos descrito en una entrada anterior, y lo hemos recordado ahora – referida a la “Religión del hombre”, inaugurada oficialmente por Paulo VI en el discurso de clausura del Concili-ábulo, y que ha desplazado a la Religión Revelada. Por el contrario, «Separar el Sagrario del Altar es separar dos cosas que tienen que permanecer unidas por su origen y naturaleza» (Pío XII, Alocución al Congreso de Liturgia, 18-23 de Septiembre de 1956).

Con el Breve Examen Crítico podemos decir,
«En conformidad con las prescripciones del Concilio de Trento, el Misal Romano de San Pío V impidió que se pudiera introducir en el culto divino ninguno de los errores con que la Reforma protestante amenazaba la Fe.
«Los motivos de San Pío V eran tan graves que nunca antes y en ningún otro caso estuvo más justificada la fórmula y la ocurrencia casi profética con que concluye la Bula de promulgación del Misal Romano (Quo Primum, 14 de Julio de 1570), que infaliblemente decreta: “Pero, si alguien presumiera intentarlo [alterar las disposiciones fijadas en esta Bula, n.d.r; tal como lo han hecho los actuales “reformadores” que se dicen católicos, pero no lo son] sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de sus Santos Apóstoles Pedro y Pablo”.

En la presentación oficial del Novus Ordo Missae en la sala de prensa del Vaticano, se ha llegado al atrevimiento de afirmar que las razones invocadas por el Concilio de Trento ya no valen ahora

Y bueno, no nos engañemos; cuando la religión conciliar del Novus Ordo, que se hace llamar católica, celebra (con la asistencia de tantísimos y tantísimos creyentes que no se instruye sobre lu fe y que, pasivamente concurre a este culto) lo que, en su propia definición de misa, llaman la Cena del Señor, lamentablemente sólo se recibe nada más que pan y vino, pues la Nueva Misa de Pablo VI, apartando la Presencia Real y suprimiendo, por principio, el Sacrificio y reemplazando al Sacerdote por un simple “presidente” entre iguales compromete, en consecuencia, la Consagración y la Comunión; en definitiva la Nueva Misa no tiene ni altar, ni sacerdote sacrificante ni sacrificio.

Este trágico y doloroso momento nos trae a la mente el gran Papa que codificó la Misa Católica, irreformable en su esencia, de una vez y para siempre, San Pío V; y a él dirigimos nuestra súplica implorando su poderosa intercesión ante Dios, Nuestro Señor, para que abrevie los días de nuestras aflicciones y restablezca prontamente entre nosotros la sagrada Liturgia:

«¡Oh, Dios, que te has dignado elegir al beato Pío
como Sumo Pontífice para vencer a los enemigos de Tu Iglesia
y para restaurar el culto divino,
haz que nosotros nos consagremos de tal manera
a Tu servicio que podamos vencer las insidias
de todos los enemigos y alcanzar la paz eterna!»


Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!

Resistite Fortes In Fide

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis [Aunque engañaréis a los hombres, no podréis engañar a Dios] (Paráfrasis de San Agustín)

     A diario escuchamos por los medios acerca de la tragedia que viven miles de “desplazados” en tantas partes y a causa de tantas guerras regionales: en Palestina, en Siria, en Irak, en Ucrania, en África, etc. Sin duda es una dolorosa realidad que afecta a tantas personas en el mundo, forzadas a dejar sus hogares ante el avance de los ocupantes e invasores. Con todo, pocos, muy pocos, han reparado en una categoría de desplazados que no hace noticia, porque ellos no aparecen en los medios; aunque es, ciertamente, una dolorosísima realidad.

     En efecto, se trata del conjunto de los católicos que, manteniéndose firmes en la Fe y fieles a la Tradición Apostólica, resisten día a día a los ilegítimos ocupantes de los “loci catholici” que, a partir de la muerte de Pío XII, han expropiado nuestros lugares santos, haciéndose llamar, abusivamente, “católicos” [«Yo seré el último Papa que mantendrá todo como es ahora», fue la predicción de Pío XII, confirmada por Yves Congar].

    Se trata del Novus Ordo, la nueva religión (secta), cuyos promotores, por décadas, vinieron fraguando la demolición de la santa religión católica, así como de la Santa  Iglesia [«La Muralla China (entre la Iglesia y el mundo, n.d.r.) está siendo demolida hoy» H.U. von Balthasar, “Abatid los bastiones”] para implantar en ella, vejándola con odioso oprobio, su nuevo culto, su nueva doctrina, nueva moral y nueva disciplina [«Debemos sacudir el polvo imperial que se ha acumulado en el trono de Pedro desde el tiempo de Constantino», sentencia pronunciada por el ¿santo? Juan XXIII poco después de haber convocado su Concili-ábulo»; «Al concluir el concilio ¿Volverá todo a ser como antes? Las apariencias y los hábitos dirían “sí”. El espíritu del concilio responderá “no”», programa revolucionario de Pablo VI en su Discurso del 6 de Diciembre, 1965].

     Los legítimos hijos de la Esposa sin mancha y sin arruga, sufren ya por algo más de cinco décadas de desgarrador dolor, incomparable, con relación a las graves afrentas sufridas a lo largo de la historia de la salvación a manos de tantos enemigos declarados o encubiertos. No, nuestro dolor actual no tiene parangón. Hemos sido desplazados de nuestras capillas, de nuestras parroquias, de nuestras catedrales, de nuestras basílicas, de las Sede Episcopales, de la Santa Sede del bienaventurado Pedro, por el enemigo, por los precursores del Anticristo, del hijo de perdición, que ríe su asalto triunfal, aunque no final [«El concilio es el 1789 en la Iglesia», “cardenal” Leo J. Suenens. Con el concilio la Iglesia «haría su Revolución de Octubre pacíficamente», “cardenal” Yves Congar. La Iglesia, por medio de «una revolución dentro del orden cambió su curso de manera extraordinaria», Hans Küng (perito del Concili-ábulo)]. En el intertanto los católicos nos encontramos privados del sacerdocio, del culto, del Santo Sacrificio, de los sacramentos, de los canales habituales de la Gracia; aunque no de la Fe ni de la sana doctrina, y miramos con aflicción de desplazados hacia nuestros edificios, actualmente ocupados por la secta del Novus Ordo. «El concilio Vaticano II marcó el fin de una época o, más aún, de muchas épocas… produjo el término de la era Constantiniana, de la era de la Cristiandad…de la era de la Contra-Reforma y de la era del Concilio Vaticano I…marca un punto de inflexión en la Historia de la Iglesia», “cardenal” Suenens, moderador del concili-ábulo; «El Vaticano II representa, en sus características fundamentales…un giro en 180 grados…Es una nueva Iglesia la que ha surgido del Concilio Vaticano II (el subrayado es mío)», Hans Küng, perito del concili-ábulo. Con estas acotadas citas, entre tantísimas y tantísimas, vomitadas por el odio de los agentes directos e indirectos de todo rango (desde “papas” post-conciliares hasta clérigos ordinarios), es claro que la intención era, y es todavía (puesto que este proceso es continuo y lo peor, quizá, esté por venir) la destrucción de la Iglesia Católica, la aniquilación de su carácter militante y sagrado, de su divina constitución monárquica, así como la ocupación de sus instalaciones y edificios por el Novus Ordo, para dar lugar a una nueva “iglesia”, la  iglesia de la religión de cuño humanístico-naturalística-evolutiva-gnóstica-subjetivista-protestantizada-librepensadora-ecuménica, en síntesis, la “iglesia conciliar”, tal como la designó, oficialmente, “monseñor” Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, el  25 de junio de 1976, en la carta que le dirigió, en nombre del mismísimo Pablo VI [por lo que, oficialmente, podemos utilizar esta denominación para referirnos a la “iglesia” del Vaticano II] a Mons. Lefebvre.

     ¡Y, sí; ni más ni menos! Hemos sido desalojados desde nuestra Casa por esta gente. 1) Ni más, porque por mucho que pretendan lo contrario, por divina institución, la Iglesia Católica es indefectible: «enseñándoles que guarden todas las cosas (la Fe y el Depósito) que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los siglos (subrayados y paréntesis míos)» (Mt 28,20); por lo tanto la Iglesia es indestructible y se mantendrá inmutable hasta el fin de la historia. 2) Ni menos, porque no es menos la espantosa medida del odio y de los embates conciliaristas en connivencia con los consabidos enemigos externos. Muchos luctuosos acontecimientos históricos han causado, ciertamente, la pérdida de miles y millones de seres humanos a lo largo de la historia; sin embargo la magnitud de la pérdida de millones y millones de almas humanas por la propaganda de la total apostasía, por causa del fraude del Novus Ordo, no tiene parangón en la historia de la humanidad; es, definitivamente, un crimen que clama al cielo: sin la Fe es imposible la consecución de nuestro último fin – la Visio Beatífica de Dios en el Paraíso por medio del Lumen Gloriae – pues «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6). La Iglesia Católica, por las promesas divinas, no ha desaparecido, está y seguirá estando; reducida y arrinconada, sí; pero está inmutable e indefectible; relegada a la precariedad física en estos momentos sí, pero siempre gloriosa en su majestad y pureza y divinamente asistida; quien quiera encontrarla, por causa de la necesidad de los auxilios de la Gracia y de los sacramentos en esta vida militante, ha de buscarla, porque no está fácilmente visible, pero con seguridad la encontrará, aunque reducida a un “pusillus grex”, apacentada por verdaderos pastores, ofreciendo a Dios sin cesar desde donde sale el sol hasta el ocaso la Oblatio Munda que es la Misa del Sacrificio Eterno; no la repugnante y sacrílega “misa ecuménica”, pantomima protestantizada que el Novus Ordo hace llamar “la Cena del Señor“, definida así oficialmente en el N. 7 de la Instrucción General del Misal Romano promulgado por Pablo VI, de modo que, en la “iglesia conciliar oficialmente NO se celebra la Misa, sino la “Cena del Señor“.

     Ya transcurridos casi 50 dolorosos años desde la clausura del concili-ábulo, aparte de todo tipo de chocantes abusos y excesos ¿Qué otros frutos podemos observar? Basta con escuchar las mismísimas palabras del ¿beato? Paulo VI que, junto al ¿santo? Juan XXIII fueron prominentes gestores de esta asamblea revolucionaria, palabras que reflejan el resultado inmediato de esta defección, de crudo realismo, aplicables a nuestros días: «A través de algunas grietas el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay la duda, incertidumbre, un conjunto de problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. La Iglesia ya no es confiable…La duda ha entrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de las ventanas que debieran estar abiertas a la luz. En vez de la ciencia, cuyo propósito es ofrecernos verdades que no nos distancien de Dios, sino que nos lleven a buscarlo más diligentemente y a glorificarlo más intensamente, ha llegado en su lugar el criticismo, la duda…Se creyó que, después del Concilio, llegaría un soleado día en la Historia de la Iglesia. Pero, por el contrario, llegó un día lleno de nubes, tempestad, oscuridad, cuestionamientos, incertidumbre. Hemos predicado el ecumenismo y nos hemos distanciado cada vez más entre nosotros mismos. Hemos logrado cavar abismos en vez de allanarlos», Paulo VI, Alocución Resistite fortes in fide,   29 de Junio, 1972. Don Jean-Luc Lafitte dice que la historia de la Revolución no es sino la historia de la de-catolicización del mundo, a lo cual ha cooperado con gran virulencia el espíritu revolucionario del Novus Ordo del Vaticano II, promoviendo la libertad religiosa (libertad revolucionaria), la colegialidad (igualdad revolucionaria) y el indiferentismo religioso mediante el ecumenismo (la fraternidad revolucionaria de 1879; cfr. supra, Cardenal Leo Suenens).

     Sí, los católicos hemos sido desplazados de nuestros santos lugares; y nos encontramos sobreviviendo casi a la intemperie, mientras los usurpadores tratan de profanar, denigrar, mancillar y deformar el esplendor del rostro de la Esposa fiel bajada del cielo después de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; pero es en vano, pues «…la Gloria de Dios la ilumina y su antorcha es el Cordero» (Ap 21, 23b).

     En fin, para cerrar esta entrada usaré, finalmente, la proclamación de Pablo VI, paradojalmente, pero ahora con pleno sentido católico: «RESISTITE FORTES IN FIDE» pues, por misterioso pero conveniente designio divino, este es el tiempo de la tribulación y de la virtud.


Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!

¡Los tres Impostores!

¡Lo logramos!                     ¡Lo logramos…!

Hace algunos días publiqué en Twitter una imagen que, curiosamente, puede ser interpretada distintamente según sea desde la ortodoxia católica o desde la óptica “ecuménica” de la Iglesia Conciliar. Y esta es, justamente, la forma expresiva, o comunicacional que, aliena voluntate, es empleada por la nueva doctrina y teología de los “progresistas” para diseminar sus toxinas; la razón es que, siendo la sustancia de sus brebajes tan duras de tragar para el “sensus catholicus”, éstos han de ser ofrecidos en el dulzor redaccional, a modo de vehículo; tal como, en la pediatría, el dulce jarabe medicinal lleva el principio activo, para que sea aceptable para el niño. Y así, por medio de la ambigüedad y la equivocidad, pasa colada la verdadera intención o, por lo menos, sus devastadores efectos, que es de dañar, de destruir y de extraviar la Fe y la Iglesia católicas.

Se trata de la imagen en que aparecen el Sr. Bergoglio, el rabino judío Abraham Skorka y el líder religioso musulmán Omar Abboud, fundidos en un “fraterno” abrazo, luego de rezar “jewish style” ante el Muro de los Lamentos y con ocasión de su visita a Jerusalén. La escena parece muy humana y sobrecogedora y mediáticamente conmovedora. El propio Francisco I, emocionadamente no pudo sino expresar: “Lo logramos”. No vamos a creer que se trata de tres viejos amigos que, en algún momento de sus biografías, simplemente se prometieron reencontrarse ante el muro de los Lamentos para revivir su mutua amistad. Al menos, si acaso aquella intención estuviera también incluida, hay que ampliar el contexto y el significado de esta escena; lo cual intentaremos en esta entrada.

De hecho, absolutamente, este gesto no es un mero acto privado de tres personas. Por el contrario, es un evento esencialmente público, protagonizado por tres personeros públicos, genuinamente representativo y altamente significativo de un cierto “state of the art”; en fin, se trata de tres líderes religiosos llamados “monoteístas” ¿Qué pensar?

Este “Lo logramos” bergogliano representa el grito de triunfo, el puerto de arribo, el cumplimiento de una “hoja de ruta” largamente esperado, la consumación de una confabulación cuyo inicio se sitúa aún antes del reinado de Federico II, en el Siglo XIII, pero en cuya corte conoció su forma exotérica: se trata de la medieval “Leyenda de los tres anillos”, especie de contrahecha pseudo-profecía ecuménica – nihil novum sub sole. En realidad se trata de la instauración definitiva (si fieri potest) del Templo Ecuménico Universal de las Religiones lo cual, por la parte “católica”, significa llevar a cumplimiento las directrices del Vaticano II [que podríamos resumir en: el ecumenismo (con relación a las “religiones cristianas”, consagrado en Lumen Gentium, Unitatis Redintegratio), el diálogo interreligioso (con relación a las religiones no cristianas, consagrado en Nostra Aetate), la libertad religiosa (consagrada en Dignitatis Humanae Personae].

La “Leyenda de los tres anillos” tiene su origen en el Medioevo, época del máximo esplendor de la Cristiandad y del Reino Social de Cristo, pero en el cual la Iglesia igualmente debió enfrentar serios enemigos; prueba de esto da cuenta esta Leyenda, la cual conoció tres sucesivas reproducciones literarias, a saber, en la LXXIII novela del Novellino (anónimo), luego en el Decamerón (de Boccaccio) y, finalmente en Nathan el Sabio (de G. E. Lessing). En realidad el Novellino, de acuerdo con Monseñor Benigni (Historia Social de la Iglesia) fue compilado y divulgado en el ambiente gibelino de la corte del “stupor mundi”, Federico II, emperador que terminó excomulgado y depuesto, “un pagano con nostalgia musulmana” (cfr. Mons. Umberto Benigni, Storia Sociale Della Chiesa, vol. IV, tomo I, pp. 74-75). Frente a este comportamiento del Emperador del Sacro Imperio, entra en acción el grande Papa Gregorio IX, quien acusó al filoarábico-hebreo Federico de impulsar la blasfemia según la cual Moisés, Mahoma y Cristo fueron tres impostores. Esto refleja, según lo demuestra Mons. Benigni, el peligro no sólo potencial, sino en acto, de la influencia árabo-hebraica en la filosofía católica del Medioevo. Por otra parte “De Tribus Impostoribus”, en sí mismo no era un libro, sino la transmisión oral de una doctrina atribuida a varios, entre ellos, a Federico II, de carácter esotérico (iniciático-secreta), cuya expresión exotérica, con el fin de penetrar en ámbito cristiano bajo el manto de un cuento judaico-islámico (Mons. Benigni) tomó la fórmula de Los tres anillos, también de origen judaico. Creo oportuno ofrecer aquí la versión de Lessing, inspirada, al igual que la versión de Boccaccio, como hemos dicho, en el Cuento LXXIII del Novellino medieval; los tres conservan lo esencial de su contenido. En la obra de Lessing, el cuento de los tres anillos se encuentra envuelto en un texto más largo, Nathan el Sabio; Nathan relata la antigua leyenda a Saladino del siguiente modo:

Saladino: La razón por la que solicito tu enseñanza es bien distinta, bien distinta – Tú que eres tan sabio dime, de una vez por todas. – ¿Cuál es la fe, cuál es para ti la ley más convincente de todas?

Nathan: Sultán, yo soy hebreo.

Saladino: Y yo soy musulmán. Y entre nosotros está el cristiano. – Pero de estas tres religiones sólo una puede ser verdadera.

Nathan: ¿Me permite, Sultán, narrarle una pequeña historia?…Muchos años hace ya que en Oriente un hombre poseía un anillo inestimable, un valioso regalo. La piedra, un ópalo de cien reflejos bellos y coloridos, tiene un poder secreto: hace grato a Dios y a los hombres a quien lo lleve con confianza. ¿Puede extrañar si jamás se lo sacaba del dedo y que dispusiese de tal modo que siempre permaneciera en su casa? Él dejó el anillo a su hijo bien amado; y dejó escrito que, a su vez, aquel hijo lo dejase a su hijo más amado; y que en cada ocasión el más amado de los hijos se convierta, sin tener en cuenta el nacimiento sino tan sólo por el poder del anillo, en el jefe y el señor de la casa. – ¿Tú me sigues, Sultán?

Saladino: Te sigo. Continúa.

Nathan: Y así, el anillo, de hijo en hijo, llega finalmente a un padre de tres hijos. Todos ellos le obedecían igualmente y él, sin poder hacer menos, los amaba a todos del mismo modo. Sólo de tanto en tanto uno u otro le parecía el más digno del anillo – cuando se encontraba a solas y nadie dividía el afecto de su corazón. Así, con afectuosa debilidad, él promete el anillo a los tres. Vivió cuanto pudo. Pero, próximo a la muerte, aquel buen padre se encuentra en dificultades. Lo entristece si ofendiese, de este modo, a dos de sus hijos, confiados en su palabra. Entonces él llama en secreto a un joyero, y le ordena dos anillos en todo igual al suyo; y le exige que no escatime ni dinero ni trabajo para que sean perfectamente iguales. El artista lo logra. Cuando se los lleva, ni siquiera el padre se encuentra en condiciones de distinguir el anillo verdadero. Feliz, llama a los hijo uno por uno, a todos imparte su bendición, a los tres les da el anillo, y muere. ¿Tú me escuchas, Sultán?

Saladino: Escucho, escucho. Pero termina luego tu fábula. ¿La tienes?

Nathan: Ya terminé. Lo que sigue se entiende por sí mismo. Muerto el padre, cada hijo sigue adelante con su anillo. Cada hijo quiere ser el señor de la casa. Se litiga, se indaga, se acusa. En vano. Imposible probar cuál sea el anillo verdadero. – Así como lo es para nosotros (después de una pausa, durante la cual él espera la respuesta del Sultán) probar cuál sea la verdadera fe.-

Saladino: ¿Cómo? ¿Esta es tu respuesta a la pregunta?

Nathan: Tan sólo valga para excusarme, si no oso buscar de distinguir los anillos que el padre hizo, precisamente, con el fin de que fuese imposible distinguirlos.

Saladino: ¡Los anillos! ¡No te burles de mí! Las religiones que te he nombrado se pueden distinguir hasta en las vestimentas, en las comidas, en las bebidas!

Nathan: Y sin embargo no en los fundamentos. ¿No están fundadas todas en la historia escrita o transmitida? Y la historia sólo por fe o fidelidad debe ser aceptada ¿No es cierto? ¿Y de cuál fe o fidelidad dudaremos menos que de otra? ¿La de nuestros abuelos, sangre de nuestra sangre, la de aquellos que desde nuestra infancia nos dieron prueba de su amor, y que jamás nos engañaron, siendo que el engaño no era saludable para nosotros? ¿Puedo creer a mis padres menos que a los tuyos? ¿O viceversa? ¿Acaso puedo pretender que tú, por no contradecir a mis padres, acuses a los tuyos de mentirosos? ¿O viceversa? Y lo mismo vale para los cristianos ¿No es cierto?

Saladino: (¡Por el Dios vivo! Tiene razón. Debo enmudecer)

Nathan: pero regresemos a nuestros anillos. Como decía, los hijos se acusaron en juicio. Y cada uno juró al juez de haber recibido el anillo de las mano del padre (lo cual era cierto), y mucho tiempo antes de la promesa de los privilegios concedidos por el anillo (y esto también era cierto). El padre, ninguno lo ponía en duda, no podía haberlo engañado; antes que sospechar esto, se decía a sí mismo, de un padre tan bueno, no podía sino acusar del engaño a sus hermanos, de los cuales también había siempre estado dispuesto a pensar siempre bien; y se consideraba seguro de descubrir al traidor y dispuesto a vengarse.

Saladino: ¿Y el juez? Estoy curioso por escuchar lo que harás decir al juez. Habla.

Nathan: El juez dijo: Traed inmediatamente aquí a vuestro padre, o los arrojaré de mi presencia. ¿Creéis que yo esté aquí para resolver enigmas? ¿O acaso deseáis permanecer hasta que el anillo verdadero hable? Pero…¡Esperad! Decís que el anillo posee el mágico poder de haceros amados, gratos a Dios y a los hombres. Que sea esto lo que decida. Los anillos falsos no podrán. Así que, decidme, ¿Quién de vosotros es el más amado de los tres? ¡Adelante! ¿Calláis? ¿Acaso el efecto del anillo es sólo reflexivo y no transitivo? ¿Cada uno de vosotros sólo se ama a sí mismo? Entonces cada uno de vosotros sois embaucadores embaucados. Vuestros anillos son falsos los tres. Probablemente el verdadero anillo se perdió, y vuestro padre hizo tres como aquél para ocultar su pérdida y para sustituirlo.

Saladino: ¡Magnífico! ¡Magnífico!

Nathan: Si no queréis, prosiguió el juez, mi consejo y sí mi sentencia, ¡Idos! Pero mi consejo es este: Aceptad las cosas así como están. Que cada uno posea el anillo de su padre: que cada uno se sienta seguro de que éste es auténtico. ¿Acaso vuestro padre no estaba más dispuesto a tolerar aún en su casa la tiranía de un solo anillo? Y, por cierto, os amó a los tres. De hecho, no quiso humillar a dos de vosotros para favorecer a uno. ¡Vamos! ¡Esforzaos en imitar su amor incorruptible y sin prejuicios! Que cada uno se esfuerce por demostrar a la luz del día la virtud de la piedra de su anillo. Y ayude a su virtud con la dulzura, con indómita paciencia y caridad, y con una profunda devoción a Dios. Cuando las virtudes de los anillos aparezcan en los nietos, yo los invito a regresar al tribunal, al cabo de miles y miles de años. En mi estrado se sentará un hombre más sabio que yo; y hablará. ¡Idos! Así habló aquel modesto juez.

Saladino: ¡Dios! ¡Dios!

Nathan: Saladino, si tu crees ser aquel sabio que prometió el juez…

Saladino: (precipitándose hacia él y aferrándole la mano, que no dejará ya más hasta el fin) ¿Yo, polvo? ¿Yo, la nada? ¡Oh, Dios!

Nathan: ¿Qué hacéis, Sultán?

Saladino: ¡Nathan, querido Nathan! Los miles de miles de años de tu juez aún no han pasado. Su estrado no es el mío. ¡Vaya! Pero sed mi amigo.

Según el estudioso Mario Penna (en su Parábola de los tres anillos y la tolerancia en el Medioevo, 1952) la versión original de esta parábola es, por el contrario, cristiana, atribuyéndose a los hebreos españoles la deformación de ésta, a favor de la tolerancia. La versión original cristiana data del Siglo XIII: Es el relato de un padre que tiene una hija legítima, mientras la esposa – que se hace infiel – tiene otras hijas que hace pasar como hijas legítimas. El padre dona a la única hija legítima una anillo milagroso: sólo quien tiene el anillo milagroso es su hija. Entonces, las otras fabricaron anillos semejantes, pero falsos. El sabio juez, comprobada la virtud de los anillos, declaró que una sola era la hija legítima, y todas las otras eran ilegítimas. Es entonces que, en ambiente hebraico, la parábola viene deformada en dos sentidos: 1) el anillo pierde toda virtud milagrosa, por lo cual ya no se podía distinguir el verdadero de los falsos; 2) por otra parte, y muy importante, el autor de los anillos falsos ya no son los hijos ilegítimos (siendo ahora, por lo demás, todos hijos legítimos y muy amados del padre) sino que el autor es el mismo padre. De este modo, el autor de todas las religiones, verdadera y falsas, es Dios mismo; mientras que en la versión cristiana original Dios es el autor de la verdadera religión, mientras que los hombres son los autores de las falsas.

 Se comprende ahora, a la luz de este “magnífico abrazo” en Jerusalén, el valor y el significado del grito de triunfo bergogliano “¡Lo logramos!”. Es el regocijo y la euforia de haber alcanzado la meta, ya “imaginada” en el lejano árabo-hebreo Medioevo español, de consumar en la historia la reunión y la amalgama de los “Tres impostores”, para inaugurar por fin, ahora sí, la economía y el tiempo del Templo Ecuménico Universal de las Religiones, en el cual todo cabe, tanto lo falso como lo verdadero envenenado de lo falso, puesto que todos ellos se consideran embaucadores embaucados: ninguno es cabeza de ninguna verdadera religión; así que no hay razón para litigar, lo que corresponde es seguir el consejo del juez de Lessing: “Que cada uno se esfuerce por demostrar a la luz del día la virtud [vana] de la piedra de su anillo [falso]”. En la obra de los tres anillos los tres protagonistas, que representan las tres religiones monoteísticas, en realidad están representando a todas las religiones. Como siempre, para cada enseñanza de doctrina modernista existe una condena previa del Magisterio Católico, lo cual determina el carácter herético y anti-Cristo de la nueva religión que se dice católica. En este caso, el Papa Pío XI, en la Encíclica Mortalium Animos, es quien, precisamente, condena este falso ecumenismo que conduce al indiferentismo religioso y al ateísmo y defiende la verdadera unidad cristiana. Esta obra anti-católica, esta lejana visión medieval del enemigo de Dios y de los hombres, patéticamente representada – conspectu Dei – por este reciente triple y “fortísimo” abrazo en Jerusalén, una vez más, nos quiere enseñar que no vale la pena esforzarse en defender y promover la verdad revelada y operada por Dios para su propia gloria extrínseca y para la felicidad y regeneración del hombre, porque los tres (en realidad todos) son bienamados del Padre, aún poseyendo la mentira (los falsos anillos). Además, ¿Qué sentido tiene tratar de buscar la verdad y reconocerla? Total, la capacidad de la razón humana, de cuerdo a Lessing y Bergoglio, es impotente para alcanzarla, a lo cual llamamos naturalismo y agnosticismo, aún cuando alguien pueda preguntarse ¿Entonces qué sentido tiene estar dotado de una facultad, la razón, si esta carece de la capacidad para alcanzar su objeto propio, la verdad? ¿No es absurdo? ¿No sería una facultad inútil? Pero esto constituye la mutilación del intelecto, hacernos irracionales y exclusivamente sensitivos, como quieren el sensismo y el empirismo. Todo lo cual intenta bloquear el reconocimiento, por parte de la razón, de la verdad natural y revelada.

Así pues, Bergoglio nos quiere inducir a dejar la objetividad de la Fe (la cual no es un mero y simple ambiguo sentimiento) y nos quiere dar del propio veneno de la “doctrina” del Vaticano II, esto es que, junto a sus tres amigos, él mismo se considera un embaucador, afirmando no saber si posee el verdadero anillo, tan embaucado por el Padre como los otros dos; él sostiene que, dado que el Padre es un estafador, entonces puede deducir, juntos a sus dos amigos, que las tres religiones son falsas, habiéndose perdido la verdadera (¿en poder de Lucifer…quizá? ¿O del G.A.D.U…?). En fin, vemos como de la parábola de la tolerancia y de la fraternidad entre las religiones, salidas de un Dios engañador, se llega a la blasfemia de los Tres impostores; luego Dios es un Padre que, o bien no existe o bien no es Padre. Lástima que quien, ya sea voluntariamente o inconscientemente o defraudadamente, beba del veneno…se expone a la muerte…


Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!
 

El “Sensus fidei” ecuménico

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     Si revisamos las publicaciones y documentos emanados de los ocupantes actuales de la Santa Sede, así como aquellos publicados por lo órganos oficiales de la Curia Vaticana, constatamos el mismo estilo redaccional que caracterizó a los documentos promulgados por el “concilio” Vaticano II; es decir, intencionadamente ambiguos y del todo contrastantes con la claridad y precisión del Magisterio pre-conciliar. Los innovadores, por medio de un lenguaje enrevesado y lleno de términos y giros lingüísticos extraños a las sólidas y nítidas formas magisteriales de la tradición católica, buscó primero escapar a las reprobaciones de San Pío X, eminentísimo defensor de la ortodoxia católica contra los desvaríos modernistas, y luego, al amparo y fomento de Roncalli, desplegaron libremente aquellas formas expresivas ambivalentes, difíciles de interpretar por su equivocidad, con el fin de servir a los errores desatados bajo la égida del conciliábulo vaticano. Por otro lado, no hay discurso, entrevista, artículo, predicación, encíclica, exhortación, audiencia, carta, alocución, etc., que, sin cejar en ofensas a Dios Trino, a Jesucristo, a la Bienaventurada Virgen María, a la Iglesia, a los legítimos sucesores de Pedro, a la Fe Católica, no conduzcan hacia aberraciones doctrinales al servicio del “dogma ecuménico” y de los públicos escándalos litúrgicos y religiosos inter-confesionales. San Pío X, Papa nuestro de feliz memoria, con su corazón deshecho por profundísimo y amargo dolor al prever que la Barca de Pedro sería asaltada, violentada y apropiada por servidores del Anticristo, anticipó en su Magisterio el pútrido zaguán en el que, hoy por hoy, navegan los invasores mancillando nuestra santa religión; anticipó Papa Sarto: “ninguno se maravillará si lo definimos [al Modernismo] afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca podría obtenerlo más perfectamente de lo que han hecho los modernistas. Pero han ido tan lejos que no sólo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión.” (S. S. San Pío X, Encíclica “Pascendi”, N° 38). Y autores fieles a la pureza de la Fe, como el R. P. Leonardo Castellani, han advertido para enseñanza e instrucción de los católicos: “Los modernistas no niegan la letra de ninguno de los dogmas…,pero lo vacían todo dándoles un significado humano; son como signos de la grandeza del hombre, de la divinidad del hombre, es decir, una tentación de humanizarlo todo, que fue la tentación más grande en toda la vida de la Iglesia y que será también la gran herejía del Anticristo, que va a implantar la adoración del hombre, de las obras del hombre y se va a hacer adorar él mismo como Dios, según está revelado por San Pablo.” (“Catecismo para adultos”, casi contemporáneo contra-discurso de Montini quien, oficialmente el Martes 7 de diciembre de 1965, inauguró la “religión del hombre” al clausurar el conciliábulo Vaticano II) ).

     En la Edición del 20 de Junio de 2014 de L’Osservatore Romano se lee una columna titulada “El sentido de la Fe. En un documento de la Comisión Teológica Internacional” (BAC, Madrid, 2014), firmado por Serge-Thomas Bonino, Dominicano, secretario general de la CTI. En realidad, este breve inserto tiene la finalidad de presentar un reciente documento publicado por la misma Comisión bajo el título “Le sensus fidei dans la vie de l’Église” (El sentido de la fe en la vida de la Iglesia), de ahora en adelante SF, texto sólo en francés y en inglés. Hay que recordar que, de cara a la pureza de la fe católica, toda obra u opúsculo emanado de fuentes post-conciliares debe ser recibido con gran precaución, toda vez que «jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, “hombres de lenguaje pervertido (Hch 20, 30) de vanos discursos y seductores que yerran y que inducen al error”(Tit 1, 10)». En su presentación del documento de la CTI, en L’Osservatore Romano, Bonino comienza (no podía ser de otro modo) citando al Sr. Bergoglio cuando, el 4 de Octubre de 2013 en Asís (cuyo excelsa tradición católica franciscana jamás será siquiera mínimamente empañada por las abominables y escandalosas reuniones “interreligiosas” ecuménicas iniciadas por Wojtyla) éste dijo que «[El pueblo] tiene “olfato” para encontrar nuevas vías para el camino, tiene el sensus fidei, que dicen los teólogos (innovadores, n.d.a]». Y Bonino continúa destacando que «el Pontífice (sic) ama referirse a este instinto sobrenatural [innovador él mismo, n.d.a.] que posee el pueblo de Dios [muy querida expresión vaticano-segundista].

     En el n.2 de la Introducción de SF, la CTI define el sentido de la fe como «Este instinto sobrenatural, intrínsecamente unido con el don de la fe recibido en la comunión de la Iglesia, se llama sensus fidei, y le permite a los cristianos cumplir a cabalidad su vocación profética».

     De modo que, según la doctrina de la religión neomodernista, el “sentido de la fe” sería un “olfato”, un “instinto sobrenatural”. En el n. 49, SF dice que «El sentido de la fe del creyente es una especie de instinto espiritual…se deriva de la fe constituyendo una propiedad de ésta. Se compara a un instinto, porque en primer lugar no es el resultado de una deliberación racional, sino que toma más bien la forma de un conocimiento espontáneo y natural, una especie de percepción». El n. 53 continúa: «el sentido de la fe es la forma que reviste este instinto». En el n. 54 leemos: «Como lo indica su nombre “sentido”, [el sensus fidei] se asemeja más bien a una reacción natural, inmediata y espontánea, comparable a “un instinto vital” o a una especie de “olfato” por la cual el creyente adhiere espontáneamente lo que es conforme a la verdad de la fe y evita lo que se le opone».

    Cada vez que tomamos conocimiento de algún documento innovador-postmodernista-ecuménico-naturalista de la nueva religión, debemos tener presente, en medio de la anfractuosidad y esoterismo de sus formas que, indefectiblemente, estará involucrada la nueva eclesiología, la nueva liturgia, la nueva disciplina y la nueva doctrina; pues el arte de la destrucción está en la celada. Bueno, así ocurre también con este “just born” de la CTI.

    Dice SF que el “sentido de la fe” se deriva de la fe y constituye de ésta una propiedad, siendo la fe una disposición interior suscitada por el amor (n. 56). Pero, para la religión ecuménica anticatólica ¿Qué es la fe? Pues, al igual que el carácter subjetivo-psicológico del “sensus fidei”, dicen de la fe que “…siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino” (Pascendi n.5), además “En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional” (Pascendi n. 13), y más aún “…en ese sentimiento los modernistas, no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación” (Pascendi n. 6).

     Para la nueva anti-iglesia, que se dice católica, en el plano de la fe, algunos términos son muy queridos, tales como “vital”, “experiencia”, “sentido”, “sentimiento”, “amor”, “corazón”, “misterio”. Son todos términos que caen muy bien al perfil del hombre moderno, cincelado por la Escuela de Franckfurt y por el nihilismo estructuralista francés (no en vano Wojtyla fue proclamado “por el pueblo de Dios” “santo súbito”). Es en esta concepción naturalista de la fe – naturalista porque oblitera la realidad sobrenatural de la fe , toda vez que repudia la teología natural y cierra, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad y, más aún, suprime por completo toda revelación externa (cfr. Pascendi n.5) – que la CTI intenta insertar el neotérico “sensus fidei”, este “instinto sobrenatural de la fe…suscitado por el amor…esta especie de olfato…de percepción…este instinto vital…este conocimiento del corazón. Uno de los argumentos de apoyo que esgrimen es “la connaturalidad que la virtud de la fe establece entre el creyente y el auténtico objeto de la fe” objeto que, como habíamos visto, no consiste en las verdades reveladas, sino en la misma naturaleza de Dios, en la misma “res divina” (de otro modo éste no podría ser “connatural”, a saber y sin más, la deificación del hombre). Es el mismo SF que se encarga de declarar que gracias a este divagado “sentido de la fe”, que tiene la forma de una segunda naturaleza (divinizada), el creyente (no sólo católico), reacciona espontáneamente (cfr. SF n.53) de manera infalible en lo que concierne a su objeto, es decir en lo que concierne a Dios mismo, percibido inmediatamente en su naturaleza divina misma en virtud del sentimiento vital de la fe.

     Es la misma CTI que, forzando a ciertos autores como Melchor Cano, J. H. Newman, y violentando las Escrituras, se apuran en declarar que la expresión “sensus fidei” no se encuentra ni en las Escrituras ni en la enseñanza formal de la Iglesia anterior al Vaticano II (cfr. SF n.7) ¡Lógico! No podía ser de otro modo, dado que la fe católica es objetiva y sobrenatural, en oposición al carácter subjetivo y naturalista de la nueva religión; a mayor abundamiento, la CTI intenta hacer pie en la historia diciendo que «El concepto de “sensus fidelium” comenzó a ser elaborado y utilizado de modo más sistemático al momento de la (pseudo) Reforma [protestante, ¡todo concurre! n.d.r.]». Sabemos la adoración ecuménica que la iglesia oficial profesa al protestantismo, del cual, entre otra cosas, ha adoptado novedades como “teología del laicado”, “pueblo de Dios”, “sacerdocio común”, “común oficio profético”, etc.; todo orientado hacia el concepto de “comunidad” y “fraternidad”, así como de debilitamiento del concepto de autoridad, primado y magisterio.

     Por mucho que se nos quiera retrotraer a las crisis arriana y nestoriana, la Iglesia nunca necesitó de un “instinto” u “olfato” sobrenaturales con relación a su indefectibilidad y ortodoxia. Por primera vez encontramos el “sensus fidei” en los documentos del vaticano II; especialmente en Lumen Gentium ns. 12 y 35, asociado al antedicho “común oficio profético” en el contexto de una iglesia “igualitaria y democrática” que tiende a eliminar los aspectos de “Ecclesia docens” (Iglesia que enseña) y “Ecclesia discens” (Iglesia que es enseñada); es decir, para el Vaticano II, fuente desde la cual se precipita toda la riada de extrañezas, nadie tiene nada que aprender, nadie debe enseñar, nadie debe corregir, nadie debe guiar; es suficiente con que cada uno, habiendo experimentado vitalmente el sentimiento religioso – que es a su vez la revelación y lo revelado, Dios mismo – se integre con su conciencia subjetiva individual a la conciencia colectiva comunitaria, que sería la Iglesia; si no estamos en la iglesia del libre examen de Lutero, ¿entonces qué?

     Llegados a este punto, bueno es recordar la doctrina católica para no extraviarse. 1) La fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos (D. 1789). Vemos que la fe no es un indefinido y vago “sentimiento” o “experiencia vital”; es definitivamente objetiva, ya que se trata de verdades (lo que Dios ha revelado), no de lo que el hombre siente en el corazón ni mucho menos. Es el llamado objeto material de la virtud teologal de la Fe, constituido por todo el conjunto de verdades divinamente reveladas. Además no es un fenómeno natural, que brota de una cierta indigencia psicológica; ¡absolutamente no! es una virtud sobrenatural, infusa por Dios en nuestra alma, por lo que es imposible adquirirla con las solas fuerzas naturales. No tiene como sujeto el sentimiento o el corazón, sino el entendimiento, ya que las verdades se aprehenden por el intelecto, por la razón. 2) El objeto material de la Fe definido infaliblemente por el Concilio Vaticano I (en realidad debiéramos decir sólo Concilio Vaticano, puesto que no hay otro con aquél nombre) dice: “Hay que creer con fe divina y católica todo lo que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición y que la Iglesia por definición solemne o por su Magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelado” (D. 1792). De modo que la divina revelación (verdades objetivas, no subjetivos sentimientos) posee dos fuentes, la Sagrada Escritura y la Tradición Católica.

     Y avanzando un poco más en este trabajo “pseudo-teológico” de la Comisión, llegamos a su punto más alto, a su broche de oro y a su verdadero puerto de llegada: Su valor ecuménico. El “santo ecuménico” Wojtyla dijo: “Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica” (Encíclica Ut unum sint n. 3, 1995). Y así, en el trabajo SF de la Comisión leemos en el n. 56 «una cierta forma de sensus fidei puede existir entre los bautizados que llevan el bello nombre de cristianos sin profesar, sin embargo, integralmente la fe” (Lumen Gentium 15) Ahora, quien no profese integralmente la fe, negando tan sólo una o algunas de las verdades reveladas, NO POSEE LA FE. La razón está en que, con su opinión personal, éste se pone por encima de Dios que revela y niega el motivo formal por el cual creemos, a saber, la autoridad de Dios que no puede engañarse ni engañarnos; y así, ya no cree por la autoridad de Dios sino por su propia disquisición y opinión humana, eligiendo qué creer y qué no creer, por lo tanto NO llevan el bello nombre de cristianos. Y continúa el n. 56 “La Iglesia católica debe pues estar atenta a lo que el Espíritu puede decirle por medio de creyentes de iglesias y comunidades eclesiales que no están plenamente en comunión con ella”. Lástima que, si no están en comunión con Pedro, cabeza y regla próxima suprema de la fe, potestad exclusiva conferida directamente por Cristo (cfr., Mt 16, 18s), el Espíritu, alma de la Iglesia, nada tiene que decirle por intermedio de ellas. Por ahora es suficiente con relación al “ecumenismo”; por sí sólo es un tema que reclama un espacio propio. En todo caso, y anticipándonos, podemos constatar que el ecumenismo surge como consecuencia del nuevo concepto de revelación adoptado por la nueva iglesia.

     En otro aspecto de este reciente trabajo de la CTI, se establece que «El sensus fidei está estrechamente unido a la “infallibilitas in credendo” que posee la Iglesia en su conjunto…permite a sus miembros ejercer el discernimiento que deben realizar sin cesar… a fin de saber cuál sea la mejor manera de vivir, actuar y hablar en fidelidad al Señor” (n.128) Y también «El sensus fidei permite a cada creyente percibir una desarmonía, una incoherencia o una contradicción entre una enseñanza o una práctica y la fe cristiana auténtica” (n.62) Aún más «El sensus fidei del creyente es infalible en sí mismo en lo que concierne a su objeto, la verdadera fe». Para sostener estas proposiciones la CTI trae en su ayuda un argumento por analogía diciendo que «A causa de su relación inmediata a su objeto, un instinto no puede equivocarse. Éste es infalible de suyo». Ya habíamos visto que, según la nueva “teología”, el sensus fidei se compara a un instinto, es una suerte de “instinto espiritual” (sic), una reacción natural, inmediata y espontánea, análoga a un instinto vital o a una especie de olfato (cfr., n. 54). Ahora, en la teología de la perfección cristiana, lo más cercano a esta tesis modernista son las mociones del alma en gracia a impulso del Espíritu Santo por medio de las virtudes y dones sobrenaturales. El creyente, instruido en las verdades de la fe, reacciona sí ante el error doctrinal (por Ej., resistieron a Nestorio cuando éste, siendo obispo, cayó en la herejía y predicaba que María sólo era la madre de Cristo, pero no de Dios), reacciona sí, pero no por una especie de “instinto”, sino por encontrar contradicción entre la fe apostólica y el error; para lo cual se necesita, no una especie de “olfato” o “instinto vital”, sino una virtud específica, la virtud sobrenatural de la Fe, que es un juicio del entendimiento movido por Dios, facultad del alma cuyo objeto propio es la verdad. Por otro lado los “teólogos” de la CTI argumentan, en favor de la infalibilidad del sensus fidei, que éste no puede fallar porque «todos los miembros [de la Iglesia] han recibido la unción del Espíritu de verdad» (n. 76) y «todo bautizado, en virtud de la unción divina, tiene la capacidad de discernir la verdad en materia de fe», citando 1Jn 2, 20.27 (cfr., n. 85). Aquí asistimos a una grande ambigüedad, sería necesario especificar que, siendo el bautismo el sacramento de la verdad que da la vida eterna, que es la verdadera Fe, sólo reciben, por medio del bautismo válido, el Espíritu de verdad quienes profesan la única y verdadera Fe, no cualquier bautizado perteneciente a cualquier “iglesia”; pero este es el modo de hablar modernista. Por lo demás, sabemos que en la doctrina modernista la validez del Bautismo, por el que el creyente se hace miembro de la Iglesia, es extensible a todas las “comunidades eclesiales” e “iglesias” no católicas pues, para los modernistas, la “Iglesia de Cristo” no es la iglesia católica, sino una cierta  iglesia futura, más amplia que la Santa Iglesia católica, Cuerpo Místico de Cristo, la cual tan sólo “subsistit in”, estaría tan sólo contenida en aquella imaginaria “iglesia” de carácter ecuménico (cfr. Lumen Pentium n. 8).

     Si el “sensus fidei ecuménico” es infalible in credendo, en virtud de una no bien explicitada “unción del Espíritu de verdad”, ¿Cómo se explica que actualmente un indefinido “pueblo de Dios” (millones de millones) siga masivamente  una fe que no es nuestra Fe católica? ¿Cómo explicar que tan grandísimo número de creyentes no sean capaces de utilizar el infalible “olfato bergogliano”, aquel infalible “instinto espiritual” para discernir entre la Fe católica y la “fe” de Juan XXIII, de Pablo VI, de Juan Pablo I, de Juan Pablo II (hasta ahora entre ellos el más destructor de la Iglesia), de Benedicto XVI y de Francisco? ¿Cómo explicar que la mayoría se deja mistificar por el fenómeno religioso más mortífero de la historia de la Iglesia, considerado por San Pío X la suma total de todas las herejías, siendo la devastación y perdición casi total del pueblo fiel, sumido en la total apostasía de la mano de los actuales meros ocupantes materiales de las sedes en la Iglesia? Es un misterio, permitido por Dios, una prueba en medio de la actual miseria y perfidia del mundo, para que brille el testimonio de los que resisten firmes en la Fe, como fiel soldado de Cristo, sostenidos por María, vencedora de todas las herejías, para gloria de Dios.


 Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!

 

Cito vita hominis transit!

Actualmente el Novus Ordo post conciliar, casi siempre, como es la tónica y la naturaleza de la religión ecuménica-humanitaria-progresista, en sus “homilías” sólo se refieren a eclécticos e insulsos tópicos sociales o anecdótico-domésticos, que en nada demuestran los contenidos de la Fe católica, necesarias, con necesidad de medio, para el fin de la vida cristiana, que es la bienaventuranza en esta tierra y la visión de Dios en la futura.

En esta entrada publico esta homilía católica, pronunciada por Don Francesco Ricossa, Director del Instituto Mater Boni Consilii en el 4º Domingo después de la Pascua (2014). Es una mía libre traducción del italiano.

Acabamos de escuchar las lecturas de la Misa de hoy. Esta vez la Epístola no ha sido tomada de las Epístolas de San Pablo, sino de las Epístolas de San Pedro. El pasaje del Evangelio es una parte del discurso después de la Cena de Jesús, en el Evangelio de San Juan, quien es el único que nos relata el largo discurso después de la última Cena. El punto común entre estas dos lecturas es la comparación que, ya sea Jesucristo como su apóstol Pedro, hacen entre esta vida y la vida eterna, la verdadera vida.

Comencemos por las comparaciones tomadas por San Pedro, después por Jesucristo Nuestro Señor y, finalmente, por una Santa, Santa Teresa de Ávila.

En una frase, notablemente famosa, Santa Teresa de Ávila dice que “Nuestra vida en esta tierra se compara a una fea noche en un mal albergue”. Esta frase ilustra bien lo que dice el Apóstol Pedro en la lectura de hoy, y que inicia con estas palabras, recordándoles a los primeros cristianos que leían sus escritos que somos “advenas et peregrinos en la tierra”(I Pe 2, 11) es decir, “aquí somos extranjeros y peregrinos”; no porque no tengamos una casa, no porque no tengamos una Patria, sino porque nuestra casa, nuestra Patria no está en esta tierra. Un extranjero, cuando se encuentra en un país que no es el suyo, no tiene una casa suya, no tiene un alojamiento suyo. Si quiere acostarse y dormir teniendo bajo techo, debe contentarse con un cuarto de hospedaje; el cual puede ser más o menos pobre, o bien lujoso pero, aún el más bello, siempre será un cuarto de albergue, en el cual él siempre resentirá extraño porque no es su casa, no es su Patria. Y a este cuarto de albergue el peregrino, el viajero, más bien, el extranjero, el que no se encuentra en su casa, no le concederá algún interés particular; ¿Con qué finalidad de amoblarlo, decorarlo y mejorarlo? ¡Es la propiedad de otra persona! ¡El propietario no soy yo, sino el hospedero! ¿Para qué preparar este cuarto en vista a una permanencia duradera cuando después de unos días, pocas horas, una semana, un mes, deberé dejarlo, deberé partir? Sabiendo que este alojamiento será ocupado por otra persona, como sé muy bien que, antes de mí, lo han ocupado tantísimas otras personas. Bien, nuestra vida en esta tierra es la misma cosa, somos extranjeros aquí; esto no nos convence mucho, porque hemos nacido aquí y sólo hemos conocido esta vida y esta tierra. Y sin embargo, es cierto; somos extranjeros porque no hemos sido hechos para este lugar, no hemos sido hecho para estar aquí; tanto así que han sido tantos los que han estado antes que nosotros y tantos otros vendrán después de nosotros a nuestro puesto; como aquel penoso cuarto de un mal albergue del cual habla Santa Teresa de Ávila. Luego, nos encontramos en esta tierra de manera provisoria, en camino, en marcha hacia otra vida, otra Patria, otra casa; de lo cual nos habla Jesús en el discurso después de la Cena, en otro pasaje, no en aquel que habíamos leído, dice Jesús que “hay muchas moradas en la casa de mi Padre, y yo voy a prepararos un puesto, para que allí donde yo estoy también estéis vosotros”. Justamente en el discurso después de la Cena, Cristo, para explicar la misma verdad utiliza otra analogía, muy humana, muy conmovedora, muy fácil de captar, que es el caso de la madre, de la joven mujer que está por ser madre encontrándose en los dolores del parto: con cuánta humanidad el Señor dice: “La mujer, cuando está a punto de dar a luz un hijo, se encuentra en el dolor, pero, inmediatamente después, su alegría es muy grande, porque un hombre ha venido al mundo, y olvida todo dolor.” Incluso podemos decir que la madre, que se encuentra en el dolor, en el mismo momento en el que sufre, ya nace una alegría en su corazón, la cual crece aún más; porque, si bien es cierto que está sufriendo, sin embargo desde ya le llena el corazón de alegría de pensar que, en breve, podrá estrechar en su seno a su bebé; a su bebé que ella ama, justamente, con la fuerza de la naturaleza, de una manera tan natural, tan viva, tan espontánea. Este es el episodio extraído de nuestra humanidad, al menos de aquella femenina, evidentemente; pero este pasaje ilustra una realidad más profunda, la cual es explicada por Jesús, que dice: “Así sed también vosotros, el mundo se encuentra ahora en la alegría, en cambio vosotros en la tristeza; pero en breve será lo contrario: vosotros estaréis en la gloria, y esta gloria no podrá ser arrebatada a vosotros por nadie”. He aquí la gran diferencia entre la verdadera alegría, la verdadera felicidad que sólo Dios podrá dar al hombre y todas las otras alegrías y felicidades de los hombres y del mundo. La primera, la que da Dios, nadie os la puede arrebatar; mientras que, por el contrario, las que vienen del mundo, primero son engañosas y, segundo, son efímeras, es decir, terminan súbitamente, en un instante, como nuestra estadía en el albergue, por pocos días, o por pocas horas; y así, del mismo modo, las cosas de este tiempo, de esta vida, pasan rápidamente: desilusionan ya aquí, mas, si aunque no desilusionasen, debemos abandonarlas todas, con certeza absoluta, sin lugar a dudas.

Estas palabras de Jesús son también un eco de aquellas que había pronunciado antes, en las conocidas bienaventuranzas, como sabéis, las del discurso de la montaña, una suerte de programa del Señor, que impacta justamente porque Jesús propiamente invierte nuestro modo de concebir las cosas. Cristo llama beatos, es decir felices, a los pobres, a los sedientos, a los que tienen hambre, a los perseguidos, a los puros y a aquellos que lloran; mientras que, por el contrario, de todos los demás, los que están ahora colmados de tantos bienes, abundancias, y que ríen, dice Jesús “¡Ay de vosotros!” – notemos que frente a las bienaventuranzas están los ayes – “¡Vae, vobis! (¡Ay de vosotros!) ¿Por qué? Pues porque todo será mudado, todo cambiará: vosotros que lloráis sed beatos – dice Jesús – porque seréis consolados; por el contrario, ¡Ay de vosotros que ahora reís, porque lloraréis! De hecho, como ya lo decía el Libro de la Sabiduría, los hombres apegados a este mundo y a las realidades mundanas, llegando al momento del juicio dirán: “Ergo errabimus viam veritatis”, esto es, “habíamos errado completamente, pensábamos que sus vidas, las de los justos, de los santos, de los hombres de Dios, era un desvarío, una locura, un delirio, y que la fe de ellos era carente de honor, y he aquí que, por el contrario, son contados entre los hijos de Dios, en cambio nosotros hemos perdido todo; esta es la realidad. Sin embargo muchas personas dicen ¿Será tan así? Pero, por mientras, vivamos en esta tierra; este cambio será en el futuro, en un tiempo lejano; por el contrario, mientras tanto estoy aquí y, mientras dure, quiero gozar de los bienes y placeres de este mundo. Por esto Jesús precisa: “Aún un poquito, y no me veréis; y otra vez un poquito, y me veréis. Porque voy al Padre.” San Agustín, comentando esta palabra “modicum” (un poco), dice ¿Cómo puede (Jesús) decir “un poco” a un tiempo que a nosotros nos parece tan largo antes que Él retorne, antes que Él se muestre a nosotros? El Santo responde diciendo: “A nosotros, este tiempo nos parece largo porque aún lo estamos viviendo, pero cuando éste termine nos parecerá brevísimo”. Esta es la experiencia de todos los hombres. Preguntad a un muchacho, a un joven de 15 años, a un adolescente; normalmente, éste no piensa en el fin de esta vida, sólo piensa en la vida de acá, le parece tenerlo todo a disposición, y que su vida no terminará jamás (y, sin embargo, ¿Quién sabe si acaso no habrá llegado al último día de su existencia?). Preguntad, por el contrario a una persona de 80 años, quien ya ha llegado al final de esta vida, ¿Cuánto le parece? Un instante, la nada misma. ¿A cuántos de nosotros tantas vivencias nos parecen tan sólo de ayer, como si hubiesen sido recién ayer?

Así es nuestra existencia. Creemos que esta habitación de hospedaje es nuestra última morada, que estaremos aquí por siempre; y no es así. Nos afanamos en la tontera de fatigarnos por adornarla, cuando, por el contrario, mañana por la mañana deberemos abandonarla. Entonces, pensemos en la eternidad, y pensemos que las penas de esta vida, “Bienaventurados vosotros que lloráis, porque seréis consolados”, son un signo del amor de Dios por nosotros, son un signo que el Señor nos pone sobre la vía de la gloria infinita, de la salvación eterna. ¿Por qué? Porque es así como nos asemejamos a Él; como la mujer que debe sufrir los dolores del parto si quiere después estrechar a su bebé. Como el mismo Jesucristo, y así lo dice el ¡Aleluya! de la Misa de hoy “oportet Filium hominis multa pati” (Lc 9, 22), era necesario que Cristo sufriese para entrar, después, en su Gloria. Si nosotros no pasamos por esta vía del padecimiento, no podremos entrar en la gloria; porque sufrir quiere decir amar, manifestar nuestro amor, hacer algo por Jesucristo, laborar para merecer el Paraíso. Pero alguno dirá “¿Pero acaso es necesario que se sufra ahora por un premio futuro, mientras que los que se alegran ahora sufrirán después? ¿Es necesario que sea así?” En realidad, observad, queridos amigos, que todos tenemos que padecer algo en la vida, sí, todos; no tan sólo las personas buenas, sino también los malos. No se crea que quien sigue el mundo, que quien huye de la cruz, tenga ante sí una vida enteramente de alegría y plena de felicidad; no, no es, absolutamente, así; es más, es cierto lo contrario. Como os he dicho, si tomamos el ejemplo de la mujer que se hace madre, es cierto que sufre pero, en el fondo del corazón, ya tiene una gran alegría; esta es la condición del cristiano quien, en medio de las dificultades de la vida, en el fondo del corazón, ya tiene una gran paz, que es la paz del amor de Dios, la paz de saber que la propia conciencia es recta, que es la paz de saber que estamos andando hacia aquel momento en que Jesucristo dirá “Entra en la Gloria de Tu Señor”; mientras que, por el contrario, quienes viven en el mundo ¿Qué les espera? ¿Son realmente felices? ¡No! Todo es un engaño, porque el mundo no puede ser feliz; es una alegría que les será quitada, que apenas, apenas, les parece tocarla he aquí que se desvanece. Como los antiguos que, cuando les parecía de ir infierno, se imaginaban ver las sombras de sus seres queridos a quienes, tan pronto estrechaban luego ya no cogían nada, porque, precisamente, eran sombras. Así, del mismo modo, son sombras las cosas de este mundo, que sólo pueden ilusionar y engañar. Esta es la profunda verdad. Quien haya vivido algunos años lo sabe muy bien según la experiencia de la propia vida.

Así pues, si verdaderamente queremos ser felices en esta vida y, aún más, en la otra, debemos seguir con coraje la vía de Jesucristo que es, también, la vía de la cruz, por cierto; pero, antes que nada, es la vía del amor; por lo tanto, una vía que puede colmar nuestro corazón, siendo la única vía que verdaderamente puede hacerlo.

Que este domingo nos haga ya mirar a lo alto, hacia la eternidad; y no, por el contrario, nos haga distraernos en las cosas de aquí abajo, las cuales, tan pronto las tocamos y las miramos ya se han desvanecido, como un sueño que se olvida al momento de nuestro despertar y del cual no queda sino una vaga memoria.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¡Amén!


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”

Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!