Resistite Fortes In Fide

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis [Aunque engañaréis a los hombres, no podréis engañar a Dios] (Paráfrasis de San Agustín)

     A diario escuchamos por los medios acerca de la tragedia que viven miles de “desplazados” en tantas partes y a causa de tantas guerras regionales: en Palestina, en Siria, en Irak, en Ucrania, en África, etc. Sin duda es una dolorosa realidad que afecta a tantas personas en el mundo, forzadas a dejar sus hogares ante el avance de los ocupantes e invasores. Con todo, pocos, muy pocos, han reparado en una categoría de desplazados que no hace noticia, porque ellos no aparecen en los medios; aunque es, ciertamente, una dolorosísima realidad.

     En efecto, se trata del conjunto de los católicos que, manteniéndose firmes en la Fe y fieles a la Tradición Apostólica, resisten día a día a los ilegítimos ocupantes de los “loci catholici” que, a partir de la muerte de Pío XII, han expropiado nuestros lugares santos, haciéndose llamar, abusivamente, “católicos” [«Yo seré el último Papa que mantendrá todo como es ahora», fue la predicción de Pío XII, confirmada por Yves Congar].

    Se trata del Novus Ordo, la nueva religión (secta), cuyos promotores, por décadas, vinieron fraguando la demolición de la santa religión católica, así como de la Santa  Iglesia [«La Muralla China (entre la Iglesia y el mundo, n.d.r.) está siendo demolida hoy» H.U. von Balthasar, “Abatid los bastiones”] para implantar en ella, vejándola con odioso oprobio, su nuevo culto, su nueva doctrina, nueva moral y nueva disciplina [«Debemos sacudir el polvo imperial que se ha acumulado en el trono de Pedro desde el tiempo de Constantino», sentencia pronunciada por el ¿santo? Juan XXIII poco después de haber convocado su Concili-ábulo»; «Al concluir el concilio ¿Volverá todo a ser como antes? Las apariencias y los hábitos dirían “sí”. El espíritu del concilio responderá “no”», programa revolucionario de Pablo VI en su Discurso del 6 de Diciembre, 1965].

     Los legítimos hijos de la Esposa sin mancha y sin arruga, sufren ya por algo más de cinco décadas de desgarrador dolor, incomparable, con relación a las graves afrentas sufridas a lo largo de la historia de la salvación a manos de tantos enemigos declarados o encubiertos. No, nuestro dolor actual no tiene parangón. Hemos sido desplazados de nuestras capillas, de nuestras parroquias, de nuestras catedrales, de nuestras basílicas, de las Sede Episcopales, de la Santa Sede del bienaventurado Pedro, por el enemigo, por los precursores del Anticristo, del hijo de perdición, que ríe su asalto triunfal, aunque no final [«El concilio es el 1789 en la Iglesia», “cardenal” Leo J. Suenens. Con el concilio la Iglesia «haría su Revolución de Octubre pacíficamente», “cardenal” Yves Congar. La Iglesia, por medio de «una revolución dentro del orden cambió su curso de manera extraordinaria», Hans Küng (perito del Concili-ábulo)]. En el intertanto los católicos nos encontramos privados del sacerdocio, del culto, del Santo Sacrificio, de los sacramentos, de los canales habituales de la Gracia; aunque no de la Fe ni de la sana doctrina, y miramos con aflicción de desplazados hacia nuestros edificios, actualmente ocupados por la secta del Novus Ordo. «El concilio Vaticano II marcó el fin de una época o, más aún, de muchas épocas… produjo el término de la era Constantiniana, de la era de la Cristiandad…de la era de la Contra-Reforma y de la era del Concilio Vaticano I…marca un punto de inflexión en la Historia de la Iglesia», “cardenal” Suenens, moderador del concili-ábulo; «El Vaticano II representa, en sus características fundamentales…un giro en 180 grados…Es una nueva Iglesia la que ha surgido del Concilio Vaticano II (el subrayado es mío)», Hans Küng, perito del concili-ábulo. Con estas acotadas citas, entre tantísimas y tantísimas, vomitadas por el odio de los agentes directos e indirectos de todo rango (desde “papas” post-conciliares hasta clérigos ordinarios), es claro que la intención era, y es todavía (puesto que este proceso es continuo y lo peor, quizá, esté por venir) la destrucción de la Iglesia Católica, la aniquilación de su carácter militante y sagrado, de su divina constitución monárquica, así como la ocupación de sus instalaciones y edificios por el Novus Ordo, para dar lugar a una nueva “iglesia”, la  iglesia de la religión de cuño humanístico-naturalística-evolutiva-gnóstica-subjetivista-protestantizada-librepensadora-ecuménica, en síntesis, la “iglesia conciliar”, tal como la designó, oficialmente, “monseñor” Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, el  25 de junio de 1976, en la carta que le dirigió, en nombre del mismísimo Pablo VI [por lo que, oficialmente, podemos utilizar esta denominación para referirnos a la “iglesia” del Vaticano II] a Mons. Lefebvre.

     ¡Y, sí; ni más ni menos! Hemos sido desalojados desde nuestra Casa por esta gente. 1) Ni más, porque por mucho que pretendan lo contrario, por divina institución, la Iglesia Católica es indefectible: «enseñándoles que guarden todas las cosas (la Fe y el Depósito) que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los siglos (subrayados y paréntesis míos)» (Mt 28,20); por lo tanto la Iglesia es indestructible y se mantendrá inmutable hasta el fin de la historia. 2) Ni menos, porque no es menos la espantosa medida del odio y de los embates conciliaristas en connivencia con los consabidos enemigos externos. Muchos luctuosos acontecimientos históricos han causado, ciertamente, la pérdida de miles y millones de seres humanos a lo largo de la historia; sin embargo la magnitud de la pérdida de millones y millones de almas humanas por la propaganda de la total apostasía, por causa del fraude del Novus Ordo, no tiene parangón en la historia de la humanidad; es, definitivamente, un crimen que clama al cielo: sin la Fe es imposible la consecución de nuestro último fin – la Visio Beatífica de Dios en el Paraíso por medio del Lumen Gloriae – pues «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6). La Iglesia Católica, por las promesas divinas, no ha desaparecido, está y seguirá estando; reducida y arrinconada, sí; pero está inmutable e indefectible; relegada a la precariedad física en estos momentos sí, pero siempre gloriosa en su majestad y pureza y divinamente asistida; quien quiera encontrarla, por causa de la necesidad de los auxilios de la Gracia y de los sacramentos en esta vida militante, ha de buscarla, porque no está fácilmente visible, pero con seguridad la encontrará, aunque reducida a un “pusillus grex”, apacentada por verdaderos pastores, ofreciendo a Dios sin cesar desde donde sale el sol hasta el ocaso la Oblatio Munda que es la Misa del Sacrificio Eterno; no la repugnante y sacrílega “misa ecuménica”, pantomima protestantizada que el Novus Ordo hace llamar “la Cena del Señor“, definida así oficialmente en el N. 7 de la Instrucción General del Misal Romano promulgado por Pablo VI, de modo que, en la “iglesia conciliar oficialmente NO se celebra la Misa, sino la “Cena del Señor“.

     Ya transcurridos casi 50 dolorosos años desde la clausura del concili-ábulo, aparte de todo tipo de chocantes abusos y excesos ¿Qué otros frutos podemos observar? Basta con escuchar las mismísimas palabras del ¿beato? Paulo VI que, junto al ¿santo? Juan XXIII fueron prominentes gestores de esta asamblea revolucionaria, palabras que reflejan el resultado inmediato de esta defección, de crudo realismo, aplicables a nuestros días: «A través de algunas grietas el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay la duda, incertidumbre, un conjunto de problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. La Iglesia ya no es confiable…La duda ha entrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de las ventanas que debieran estar abiertas a la luz. En vez de la ciencia, cuyo propósito es ofrecernos verdades que no nos distancien de Dios, sino que nos lleven a buscarlo más diligentemente y a glorificarlo más intensamente, ha llegado en su lugar el criticismo, la duda…Se creyó que, después del Concilio, llegaría un soleado día en la Historia de la Iglesia. Pero, por el contrario, llegó un día lleno de nubes, tempestad, oscuridad, cuestionamientos, incertidumbre. Hemos predicado el ecumenismo y nos hemos distanciado cada vez más entre nosotros mismos. Hemos logrado cavar abismos en vez de allanarlos», Paulo VI, Alocución Resistite fortes in fide,   29 de Junio, 1972. Don Jean-Luc Lafitte dice que la historia de la Revolución no es sino la historia de la de-catolicización del mundo, a lo cual ha cooperado con gran virulencia el espíritu revolucionario del Novus Ordo del Vaticano II, promoviendo la libertad religiosa (libertad revolucionaria), la colegialidad (igualdad revolucionaria) y el indiferentismo religioso mediante el ecumenismo (la fraternidad revolucionaria de 1879; cfr. supra, Cardenal Leo Suenens).

     Sí, los católicos hemos sido desplazados de nuestros santos lugares; y nos encontramos sobreviviendo casi a la intemperie, mientras los usurpadores tratan de profanar, denigrar, mancillar y deformar el esplendor del rostro de la Esposa fiel bajada del cielo después de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; pero es en vano, pues «…la Gloria de Dios la ilumina y su antorcha es el Cordero» (Ap 21, 23b).

     En fin, para cerrar esta entrada usaré, finalmente, la proclamación de Pablo VI, paradojalmente, pero ahora con pleno sentido católico: «RESISTITE FORTES IN FIDE» pues, por misterioso pero conveniente designio divino, este es el tiempo de la tribulación y de la virtud.


Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!

La religión del Vaticano II = Homo denique…postremo colitur

Pablo VI-ONU

Mons. Jean-Joseph Gaume (1802-1879), teólogo católico francés, escribió sobre la revolución: “La Revolución es el odio formal hacia todo orden en que el hombre no sea reconocido como rey y como dios”. Por lo tanto la Revolución, antes que un determinado episodio histórico-político, es un espíritu y, como tal, permanente a lo largo de la historia.

Desde el Siglo V, a partir de la Revolución humanística comienza a desarrollarse un progresivo antropocentrismo y el hombre, bajo los principios naturalistas y humanistas comienza a convertirse en el centro de la sociedad y a dejar en el abandono la vida sobrenatural. Hasta el advenimiento, hacia el final del Siglo XIX, de la Revolución modernista la cual, en ámbito católico, alcanza su explosión siguiendo a la muerte de Papa Pío XII; Modernismo que, ya condenado en 1907 por Papa Pío X, es oficialmente admitido, adoptado y reactivado con verdadera virulencia por la doctrina y espíritu del concilio Vaticano II.

Es, propiamente, Pablo VI quien, en su “revolucionario” discurso de cierre del concilio en 1965, da la partida e inaugura oficialmente la nueva religión antropocéntrica – caracterizada por el culto del hombre – que reemplaza, también oficialmente, a la religión católica, teocéntrica:

La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión (porque lo es) del hombre que se hace Dios” (Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Vaticano II). El origen gnóstico y cabalístico de este hombre que se hace Dios será analizado en una próxima entrada)

Luego, Pablo VI admite y confirma que, la nueva fe humanitaria-humanística, es la fe que profesa la doctrina del concilio Vaticano II, esto es, la divinización del Hombre, el éxito final y devastador del espíritu revolucionario, por largos siglos trabajado y, por fin, alcanzado… El hombre se reconoce como Dios y reproduce el contenido de la caída del hombre en el origen, asintiendo a la insinuación de la serpiente: “Eritis sicut dii” (Gn 3, 5)(“Seréis como dioses”) en el orgullo y la desobediencia.

Y continúa Montini:

“En este concilio la Iglesia cuasi se ha hecho esclava de la humanidad”.

Nótese la oposición con el consentimiento solemne de María que, en la Anunciación, proclamó: “Ecce ancilla Domini!” (Lc 1, 38) es decir, “¡He aquí la esclava del Señor!” (no del hombre). El resultado de este sometimiento de la Iglesia a la humanidad es la subordinación de la Iglesia al hombre.

Y sigue:

Humanistas del Siglo XX, reconocéis que también Nos poseemos el culto del Hombre

 Se trata de un programa articulado en etapas, finalizado a la destrucción de la Iglesia Católica y a la instalación de la iglesia humanística-humanitaria a-dogmática. Desde la elección del modernista Juan XXIII, de corto reinado pero útil para establecer la “nueva constitución” sobre la cual llevar a cumplimiento, en una etapa sucesiva, los nuevos principios por medio de la nueva praxis. Esta fase “ejecutiva”, al momento actual, alcanzó su máxima y devastadora expresión en las declaraciones y obra del “santo” K. Wojtyla quien se encargó, con arrolladora eficiencia, de llevar a cabo todos y cada uno de los rasgos y contenidos liberales-modernistas condenados por los Papas desde el Siglo XIX, especialmente por Pío IX, en 1864, con la Encíclica Quanta Cura y Syllabus, así como porSan Pío X, en 1907, con el Decreto Lamentabili Sane Exitu y la Encíclica Pascendi .

La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal.” (Gaudium et Spes, n. 17)

En los documentos conciliares promulgados por Montini existen varios términos y conceptos muy queridos por los innovadores, que explican el desarrollo de la nueva doctrina. Con relación al carácter humano y al culto del hombre de la nueva religión se advierte la alta prevalencia, p. Ej., del término dignidad del hombre, que aparece 96 veces, la mayoría de ellas en la Constitución Gaudium et Spes que trata, justamente, de la Iglesia en el mundo actual. Aquí, dejando de lado una gran cantidad de errores que sobreabundan en estos documentos y que podemos abordar en otra sede, nos podemos detener un poco en este aspecto específico, tomando como referente a Karol Wojtyla, por ser el más representativo en las consecuencias.

Aunque el lenguaje de los documentos del concilio Vaticano II está difuminado en un estilo tendenciosamente ambiguo, estilo que la Iglesia nunca empleó, es posible descubrir que, en el espíritu de este concilio, se ha de entender por “excelsa” dignidad del hombre su facultad de regirse su propia determinación y gozar de libertad (DH 11) condición esta que ni siquiera Dios puede condicionar, toda vez que Él tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que Él mismo ha creado (DH 11), porque todos han sido creados a Su imagen y semejanza (GS 24). Por otro lado, en la “doctrina” del ese concilio se puede leer que la semejanza no sólo tiene una valencia individual, sino además colectiva, puesto que “…sugiere [Cristo] una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás(GS 24).

Esta base doctrinal da pie a K. Wojtyla para desarrollar “usque ad supernam exaltationem” su aberrante y monstruosa divinización de la persona humana, en la línea del concilio.

Veamos primero la enseñanza ortodoxa y auténtica de la Iglesia:

Es una verdad divinamente revelada que el primer hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26). La imagen: Los seres irracionales no son a imagen y semejanza de Dios, en ellos solo existe un vestigio del Creador (S. Th. I, 93, 2). Los Ángeles, sobretodo, y luego también el hombre, son a imagen de Dios (imago creationis) (S. Th. I, 93, 3); no en el cuerpo sino en el alma intelectual ((S. Th. I, 93, 6). La esencia del alma humana es imagen de la unidad de la naturaleza divina, y las potencias, son imagen de la Trinidad de las Personas. La semejanza: los Ángeles y los hombres pueden, luego, ser a semejanza de Dios en la Gracia, que es al modo de una segunda creación (imago recreationis), pero ahora sobrenatural, la cual será consumada en la Gloria (Imago similitudinis). Ahora, esta semejanza no es común a todos los hombres ((S. Th. I, 93, 4) sino sólo a quienes están en gracia de Dios: ésta semejanza puede ser adquirida (por el bautismo, la confesión sacramental), pero también se puede perder (por el pecado mortal). La dignidad: este concepto está unido a la Gloria extrínseca de Dios (no a la Gloria que le es propia por esencia), es decir a la Gloria que reflejan las criaturas; y así, San Pablo en 1 Cor XI, 7 dice que “vir…Imago et gloria Dei est” (“El hombre es la gloria de Dios”) en cuanto el esplendor (claritas) de Dios refulge en el hombre. Luego, el hombre es la gloria de Dios sólo en cuanto la gloria de Dios se refleja en él, que fue creado a Su imagen, y sólo en cuanto el hombre manifiesta Sus perfecciones, no sólo por el mero hecho de vivir (como los irracionales) sino reconociéndolo, alabándolo y amando la perfección divina, que es el fin para el que fue creado. Cuando el hombre no cumple este fin y, mediante esto salvar su alma, no procura la gloria externa de Dios y, por el pecado, decae en su dignidad, la cual recibió de Dios; y dice Santo Tomás: “Por el pecado el hombre abandona el orden de la razón; por eso decae en su dignidad humana…degenerando en la subordinación de las bestias…de hecho, un hombre malvado es peor y más dañino que una bestia” (Santo Tomás, S. Th, II – II, 64, 2, ad 3). La persona: La doctrina católica enseña (como lo señalamos en una entrada anterior) que la persona es naturae rationalis individua substantia(substancia individual de naturaleza racional) concepto que se remonta a Boecio y que ha hecho suya la filosofía católica con Santo Tomás a la cabeza, quien perfeccionándola y para incluir también la personalidad de los seres espirituales y la subsistencia – Dios y el ángel – define como subsistens in natura rationali vel intellectuali; de este modo, el Doctor común de la Iglesia señala los dos aspectos esenciales e indispensables para tener una persona: el aspecto ontológico con el subsistens (abandonado por los innovadores) y el aspecto psicológico con rationalis vel intelectualis (tan querido por los teólogos modernistas que siguen a los filósofos contemporáneos cuando hablan de la persona: la autoconsciencia, la libertad, la comunicación, la vocación, la participación, la solidaridad, etc.)

¿Qué es lo que “enseña” K. Wojtyla, acerca del hombre, fiel ejecutor del “vamos” de Pablo VI y de los “principios” del “concilio”? Bueno, antes que nada escuchemos las propias palabras del entonces “cardenal” Wojtyla, futuro “papa” y “santo”, acerca del Vaticano II: “El concilio Vaticano II fue un concilio personalista” (En Esprit et en Vérité, ed. Le Centurion, 1980, p. 234); juicio frecuentemente repetido por Wojtyla aplicado a otros documentos de su pontificado, p. Ej., en la Carta a las Familias de 1994 en donde leemos: “Nos encontramos también sobre las huellas de la antítesis entre individualismo y personalismo. El amor, la civilización del amor, se relaciona con el personalismo” (C.F., n. 14). Digamos en passant que Juan Pablo II, en sus documentos, tiene más la semejanza de un filósofo, que expone sus tesis personales, antes que la de Supremo Magisterio de la Iglesia. Al reflexionar sobre la persona humana él dice que “la clave interpretativa está en el principio de la ‘imagen’ y de la ‘semejanza’ de Dios” (C.F., n. 6) y agrega en el mismo número: “Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el «Nosotros» divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humano.” Para llegar a la corona de su desarrollo personalista, J. P. II aplica esta tesis (que pretende ser Magisterio) a la naturaleza de la familia humana; a tal punto de llegar a manipular las perícopas de Gn I, 27: “­­Creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27), con la finalidad de unir artificiosamente las perícopas resaltadas en negrita y hacer residir la imagen del hombre, en su dualidad varón-mujer, en el Nosotros divino; en otras palabras, el hombre sería semejante a Dios en ser varón y mujer; y concluye en el n. 6: “El «Nosotros» divino constituye el modelo eterno del «nosotros» humano; ante todo, de aquel «nosotros» que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios”; con lo cual establece la imagen y la semejanza en la relación de las Personas divinas y no en la esencia Trinitaria y, de paso, como fiel discípulo del misticismo gnóstico neoplatónico eslavo de Soloviev, intenta introducir el “femenino” en Dios, lo cual no es posible porque Dios es espiritual, en cambio lo masculino y lo femenino es biológico y finalizado a la generación corporal; intento que vemos confirmado en varios otros pasajes de la Carta a las Familias, sobre la base de manipular Ef III, 14s. Todo lo cual está forzado para, finalmente y una vez más, hacer residir la imagen y semejanza de la creatura con el Creador en las Personas antes que en la naturaleza divina; persona que, como dice G.S., n. 24, fue creada por Dios finalizada a sí misma.

El Vaticano II, en el cual tomó parte el “teólogo” Wojtyla, exaltando la divinizada dignidad de esta concepción de la persona humana, dice que: “Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (Gaudium et Spes, n. 22). Con lo cual se nos quiere decir que la Revelación no consiste en que Cristo nos haya revelado a Dios y sus misterios (como respondería un católico), sino que, Cristo revela plenamente el hombre al hombre con el fin de hacerle explícita su altísima vocación (que en otra sede podemos extendernos en su carácter neo-gnóstica) porque, como quiere Pablo VI, Cristo “es un experto en humanidad”, luego, la Revelación no es teológica sino antropológica. Ahora, a partir de este principio, Wojtyla lleva su anonadamiento sobrenatural a su clímax, y va más lejos diciendo: “El «amor hermoso» comienza siempre con la auto-revelación de la persona. En la creación Eva se revela a Adán” (C. F., n 20).

En el número 8 de la Carta a las Familias (C. F.) el teólogo K. Wojtyla nos ofrece información adicional acerca de lo que Cristo revela sobre el hombre: “El Concilio Vaticano II…se refiere a la imagen y semejanza divina que todo ser humano ya posee de por sí…” Habíamos señalado más arriba que la Iglesia enseña sin error que la semejanza con Dios sólo es conferida por la Gracia santificante, la cual no es poseída por todo hombre, mucho menos “de por sí”. También, J. P. II, en el número 2 de la C. F., nos recuerda lo que el Concilio Vaticano II afirma de Cristo diciendo que: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”. (Gaudium et Spes, n. 22). Queriendo decir que, prescindiendo de la Gracia, y por el sólo efecto de la Encarnación, Cristo ya está incorporado en la genealogía de todo hombre, incluso sin que éste lo sepa, e incluso si éste lo rechaza, y así: “Se trata de ‘cada’ hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre…”(Juan Pablo II, Redemptor Hominis, n. 13)

 En este ascenso en la promoción “divinizante” del hombre, muchas veces y en distintos documentos e intervenciones, Wojtyla aumenta la dosis repitiendo una de sus frases conciliares más queridas:

Esta semejanza demuestra que el hombre, [es la] única criatura sobre la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et Spes, n. 24)

Es decir, estábamos equivocados siguiendo la enseñanza de la Iglesia, creíamos que el hombre en la tierra está ordenado a Dios, querido por [razón de] Dios. Wojtyla y el Vaticano II nos quieren sacar de esta inocencia ya que, por el contrario, el hombre ha sido querido por sí mismo. La preposición por indica finalidad: el hombre estaría finalizado a sí mismo; J. P. II, el santo, nos lo aclara en el n. 9 de la Carta a las Familias: “En la personal constitución de cada uno está inscrita la voluntad de Dios que quiere al hombre, en un cierto sentido, finalizado a sí mismo. Dios entrega al hombre a sí mismo”. El fin de la vida humana sería ella misma (no Dios). Ahora, si vamos a filosofar, sabemos que la sana filosofía enseña que el fin, o es intermedio, o es el último fin; según el Vaticano II y Wojtyla ¿El hombre sería entonces un fin intermedio o el último fin (es decir, Dios)? Veamos lo que responde nuestro “santo”, y cómo vincula este fin a la tan sorprendente dignidad de la persona: “La persona jamás puede ser considerada como un medio para alcanzar un fin…Ésta es y debe ser sólo el fin de todo acto. Tan sólo entonces la acción corresponde a la dignidad de la persona” (C. F., n. 20); pecado que precisamente ésta sea la definición del último fin, es decir, Dios. ¡Quedamos atónitos, desconcertados, estupefactos! sobretodo al seguir escuchando a nuestro “papa”: “Nadie tiene derecho de servirse de la persona, de usarla como un medio, NI SIQUIERA DIOS, SU CREADOR.” (Cf. Amor y Responsabilidad, Ed. Marietti, 1980, p. 19); este es, precisamente, el principio o la norma personalística establecida por Kant en su formulación del imperativo categórico; luego es la norma personalística Kantiana-Wojtyliana, que es la inversión del principio católico enseñado por Santo Tomás, quien dice “Dios es la causa final de todas las cosas” (I, 44, 4). Además Wojtyla se opone a la Escritura, que testifica “El Señor ha obrado todas las cosas POR SÍ MISMO (Propter semetipsum)” (Prov XVI, 4). Y también niega la declaración infalible del Magisterio, que dice “No para aumentar su beatitud ni para adquirir perfección, sino para manifestarla por medio de los bienes que da a las criaturas” (Concilio Vaticano I, 3ª Sesión, cap. I) por lo cual “quien negare que el mundo haya sido creado para gloria de Dios, sea anatema” (Concilio Vaticano I, can. 5). Luego, sea lo que sea que quiera Wojtyla, Dios es el fin del mundo y de todas las cosas creadas, espirituales (ángeles, alma humana) y materiales, que éste contiene.; por lo tanto también de la persona humana. Y entonces, si el hombre no es el último fin, ¿es un medio? En efecto, el hombre es un medio por el que Dios manifiesta la propia gloria y bondad, de nuevo contra lo que quiera pensar Kant-Wojtyla. El fin de las creaturas es la glorificación de Dios (no del hombre) según su propia naturaleza: conscientemente los seres racionales (los ángeles y el hombre), inconscientemente los demás. Cabe recordar que se trata de la gloria externa de Dios, no de su propia Gloria esencial, a la cual nada puede manifestar la creatura y es propia de Dios. En cuanto al hombre, sólo cuando la gloria de Dios se refleja sobre él éste es la gloria de Dios, creado a Su imagen y semejanza; la gloria externa de Dios, entonces, consiste en la manifestación de las perfecciones de Dios por parte del hombre y el resto de las criaturas; y el hombre, en cuanto racional, glorifica a Dios “reconociendo, alabando y amando la perfección divina” (Cf. Merkelbach, I, n. 10, 3), lo cual, a su vez es el fin por el que el hombre fue creado. Tal como vimos más arriba, cuando el hombre no realiza este fin, no procura la gloria de Dios y, con el pecado, decae de su dignidad, justamente, derivada de Dios. Así, es imposible que existan dos fines últimos; o es Dios o es otra cosa diferente de Dios, p. Ej., el hombre, como lo quiere Kant-Mounier-Wojtyla.

 Bien, creo que ya es hora de finalizar esta entrada dedicada a la inauguración e implementación de la religión y del culto del hombre sobre la base de las “novedades” fijadas por el Concili-ábulo Vaticano II. No lo podría hacer sino citando, por último, la siguiente “joyita” wojtyliana: “…en el momento mismo de su concepción el hombre ya está ordenado a la eternidad en Dios” (C. F., n. 9), ¡A tanto llega la dignidad de la persona humana! probablemente porque, si hemos seguido su “enseñanza” de fuerte sabor gnóstico-esotérico-mistérico, “con la Encarnación Cristo se ha unido, de algún modo, a todo hombre” (G.S., n. 22). Veamos esto de más cerca. La sana doctrina puede conceder, por cierto, que el hombre esté en potencia ordenado a Dios como su último fin; en acto, ya estando unido a Dios, ¡No! Es más, al nacer no se encuentra en estado de orden [a Dios] sino de des-orden y de pecado: el pecado original. Por lo cual, no es cierto que la persona, apenas concebida se encuentre en acto ya consagrada y santificada, antes tendrá que recibir la Gracia Santificante por medio del Bautismo.

Me auxilio de las palabras de San Pablo: “No os engañe nadie en ninguna manera [con falsa doctrina, con falsas apariencias, con falso culto]; porque no vendrá [Cristo] sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o divinidad; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios [el Hombre deificado por la nueva iglesia Conciliar]”. (2 Tes I, 11).

A continuación incluyo algunas otras declaraciones “vaticano-segundistas” relacionadas con el mismo tema. Cada una de ellas puede, en sí misma, ser refutada adecuadamente desde la fe católica:

  • Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa…el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana.” [Dignitatis Humanae, n. 1)
  • La declaración de este Concilio Vaticano, en cuanto al derecho del hombre a la libertad religiosa, tiene su fundamento en la dignidad de la persona…” (DignitatisHumanae, n.9)
  • Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil” (DignitatisHumanae, n. 2)
  • Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.” (Gaudium et Spes, n. 12)
  • Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.” (Lumen Gentium, n. 13)
  • Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación” (Gaudium et Spes, n. 3)
  • El Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.” (Gaudium et Spes, n. 10)
  • La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la inteligencia hacia soluciones plenamente humanas” (Gaudium et Spes, n. 11)
  • La Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.” (Gaudium et Spes, n. 11)
  • “…todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo…” (Gaudium et Spes, n. 21)
  • Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente.” (Gaudium et Spes, n. 21)
  • Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas” (Gaudium et Spes, n. 26)
  • “…es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa.” (Gaudium et Spes, n. 28)
  • “…la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más justa.” (Gaudium et Spes, n. 29)
  • La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre.” (Gaudium et Spes, n. 35)
  • La Iglesia, “entidad social visible y comunidad espiritual”, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo.” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, cree poder contribuir mucho ala humanización dela familia humana y de toda su historia.” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • Tiene asimismo [la Iglesia] la firme persuasión de que el mundo, a través de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la preparación del Evangelio” (Gaudium et Spes, n. 40)
  • [La Iglesia] respeta santamente la dignidad de la conciencia [del hombre] y su libre decisión.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • “…en esta misma ordenación divina, la justa autonomía…sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos.” (Gaudium et Spes, n. 41)
  • De esta manera somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.” (Gaudium et Spes, n. 55)
  • “…la misión que les incumbe [a los cristianos] de trabajar con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano.” (Gaudium et Spes, n. 57)
  • “…para descubrir [el cristiano] el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del hombre.” (Gaudium et Spes, n. 57)
  • Todo esto pide también que el hombre…pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión.” (Gaudium et Spes, n. 59)
  • Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana…” (Gaudium et Spes, n. 74)
  • El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su manera de ver.” (Gaudium et Spes, n. 75)
  • “…el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra edad” (Gaudium et Spes, n. 91)
  • La Iglesia…se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero.” (Gaudium et Spes, n. 92)
  • En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos [los que creen en Dios] cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la edificación del mundo” (Gaudium et Spes, n. 92)
  • Los cristianos…no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy” (Gaudium et Spes, n. 93)
  • “…el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres.” [Nostra Aetate, n. 3]

 

¡Mater adspice, Virgo respice

Audi nos, O Maria,

Per Te speramus, ad Te clamamus,

Ora, ora pro nobis!

Si en algo falto a la Fe católica ruego de corazón corregirme