Exaltación de la Santa Cruz

 Crux mihi salus: Crux est quam semper adoro: Crux mihi refugium: Crux domini mecum.

Crux mihi salus:
Crux est quam semper adoro:
Crux mihi refugium:
Crux domini mecum.

 

Hoy, 14 de Septiembre, la Iglesia celebra la “Exaltación de la Santa Cruz”. Con motivo de esta solemnidad quisiera poner a disposición una instructiva homilía, como todas lo son, predicada por S. E. Mons. Donald Sanborn, Director del Most Holy Trinity Seminary. Es una traducción mía del inglés, los subrayados son igualmente míos.

La Iglesia siempre ha considerado un particular mensaje espiritual en esta Fiesta; esto es, que la Iglesia eleva la Santa Cruz de Cristo como salvación de la humanidad, situándola como algo que es central en nuestra Fe. Es prácticamente increíble, pero es cierto, que mientras más Dios nos ama, más cruces nos manda. Como recordaréis, uno de nuestros santos dijo: “vosotros sabéis que el dogma de la Presencia Real proviene de Dios, ha sido revelada por Dios, la Presencia Real de Dios en la Santa Eucaristía – si alguien, por mera industria humana, pretendiese de haberlo realizado, nadie lo hubiese creído. Lo mismo sucede con la doctrina de la Santa Cruz. Si algún ser humano os hubiera dicho que, cuánto más Dios os ama tanto más recibiréis cruces de Él, nadie lo creería; esto tiene que venir de Dios, y por eso, es cierto. La razón por la cual es cierto es que la Cruz es la manera por la que la salvación es aplicada al género humano. Dios nos ama, sin duda, pero vivimos en una era en que pensamos que el sentimiento es algo muy importante; de tal modo que, cuando decimos que alguien nos ama pensamos en abrazarnos, en ser muy amables, simpáticos y dulces; es decir, pensamos en al sentimiento del amor. Es cierto que Dios ha pensado todo aquello sobre nosotros. Pero el verdadero significado del amor, el significado profundo del amor es desear el bien para otro y de realizarlo cuando tenemos la oportunidad de hacerlo. Y el bien que Dios nos provee, llegando a Belén, es ser el Salvador, y el modo en que Él es el Salvador es salvándonos del pecado, lo cual es el precio a pagar por el pecado. De modo que Él no ha venido entre nosotros para abrazarnos o para besarnos, o para hacer llover regalos mundanos sobre nosotros; él vino para salvarnos del problema que el pecado gravó sobre nosotros; razón por la cual es el Salvador. Y todo esto como castigo que el pecado ha impuesto en nosotros – no nos damos cuenta, pero al momento de la misma salida del útero nosotros lloramos, estamos cargando la cruz, emergiendo a este mundo, cuyo carácter es el efecto del pecado original, estamos apareciendo ante todas la miserias y problemas de este mundo. Siendo niños y, desde el instante en que nacemos, tenemos un reloj sobre nosotros, el cual marcará el tiempo en que regresaremos a Dios; es la sentencia de muerte, resultado del pecado original, que pende sobre nosotros ya siendo niños. Así, el fin será una enfermedad, o el fin será todas aquellas consecuencias tanto como efectos de nuestros propios pecados como de los pecados de otros. La desdicha está en todas partes, en miembros de nuestras propias familias, desconsolados y choqueados porque perdieron a quienes que, sin razón alguna, han muerto por el pecado de algunos otros. Es nuestra condición, a causa de los efectos del pecado original y de los pecados actuales. Tenemos las desgracias causadas por los tornados que llegan desde las costas de Estados Unidos, que matarán a algunos, que a otros reducirán a la pobreza y que, en ciertos casos, se llevarán todo lo que tienen; todo lo cual es resultado del desorden del pecado original, aún en la naturaleza.

Nuestro Señor Jesucristo ha venido para salvarnos de todo aquello, siendo la salvación victoria sobre el pecado. El problema es el pecado, la salvación victoria sobre el pecado. Así, el primer aspecto de la Cruz es la victoria sobre el pecado. Los protestantes dicen: Bien, Él murió en la cruz, Él fue quien venció el pecado, nosotros no tenemos que preocuparnos ya de nada; y así. Los pecadores mundanos continúan viviendo en sus pecados, pagando las consecuencias de sus pecados, como quien vive en un hotel: el hotel es el pecado, y ellos pagan la cuenta. Esta no es la verdadera noción de la Redención. Nuestro Señor Jesucristo pagó el precio del pecado y, con ello, hizo nuestros sufrimientos meritorios de algo ya que, uniéndonos diariamente con el peso de nuestra cruz al peso de Su Cruz nuestros sufrimientos se hacen meritorios de algo; ahora podemos, cada uno de nosotros, tener nuestra propia victoria sobre el pecado por medio de nuestra cruz diaria. El segundo aspecto de la Cruz es el de ser un acto de perfecto amor a Dios. No hemos sido creados sino para amar a Dios, nuestro propósito es el amor de Dios, la razón por la cual existimos es para amar a Dios; y nuestro modo de amar a Dios después del pecado original es entregándonos a nosotros mismos, del mismo modo en que Nuestro Señor Jesucristo se entregó a si mismo en obediencia, en sufrimiento y en humildad en la Cruz. Es la razón por la cual los Santos llegaron a amar la Cruz; no sólo la llevaron como victoria sobre el pecado, sino que llegaron hasta amarla: San Francisco de Asís amó la Cruz, en eso podemos ver la mentalidad de los Santos acerca de la Cruz. Quien quiera ser como Nuestro Señor Jesucristo, quiere sufrir con Él, quiere ser rechazado como Él, porque entiende el misterio de la Cruz, como el único modo de amar a Dios. Es también la razón por la cual los sacerdotes llegan a ser sacerdotes, por la que los jóvenes seminaristas son impulsados a amar a Dios y a entregar sus propias vidas por amar a Dios, por la cual las jóvenes quieren ser religiosas; es porque entienden que la vía de la Cruz es la manera de amar a Dios, abrazando una vida de privación, una vida de sacrificio para cumplir con la misión de la Iglesia de amar a Dios. En muchos casos, por amor a Dios, sacerdotes y religiosas aceptan la muerte, como muchos misioneros en el Siglo XIX, en China, en África, en Japón y otros lugares; así como en tiempos del Siglo XVI y XVII, cumpliendo con la misión de la Iglesia. Así, en cierto sentido, la Santa Cruz es el alma de la Iglesia, lo que anima la Iglesia. Esta imitación de la Cruz de Cristo en el perfecto amor a Dios.

Hemos tratado de estos dos aspectos de la Cruz: La victoria sobre el pecado y el perfecto amor a Dios. De este modo, cada uno debe cargar su cruz de todos los días, para cumplir con su victoria sobre el pecado y su perfecto amor a Dios. El enfermo debe sufrir su dolor, el anciano su debilidad, el pobre su pobreza, el soldado la dureza de la guerra, los ciudadanos acaso un gobierno tiránico, un esposo debe sufrir un esposa difícil y una esposa un esposo difícil, los padres deben sufrir a sus hijos, los hijos deben soportar la disciplina, el diligente debe sufrir al indolente y el indolente al diligente, quienes son inteligentes deben sufrir al débil mental, los que viven deben sufrir la pérdida de sus seres queridos, el moribundo debe sufrir el dejar a los que viven, la viuda debe sufrir su soledad, el orgulloso debe sufrir su humillación, el flojo debe sufrir trabajar, los casados deben sufrir el matrimonio, el libidinoso debe sufrir la castidad, el casto debe sufrir la tentación; cada uno, en este estado de vida, debe cargar la Cruz de su propio estado de vida; esta es nuestra victoria sobre el pecado, y este es nuestro perfecto amor de Dios. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

 A esta homilía de S.E., quisiera yo agregar estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo hablando a Ananías de su “vaso escogido”, el fariseo Saulo, convertido camino a Damasco, mientras creía servir a Dios persiguiendo a Jesucristo en las personas de los cristianos: “ Yo le mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre” (Hch 9, 16). Ya sabemos que, habiendo sido enemigo y al final de su extraordinaria actividad apostólica, murió martirizado y decapitado en Roma bajo el gobierno de Nerón; él mismo evangelizaba predicando que “por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Los santos han dado en llamar al camino de la Cruz como “El camino real de la Santa Cruz”; Tomás de Kempis dice: «…¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos pasó por el mundo sin cruz? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, mientras vivió, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía que Cristo “padeciese y resucitase de los muertos, y así entrar en su gloria” (Lc 24, 26). Pues ¿Cómo buscas tú otro camino sino este camino real de la santa cruz? Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, y tú, para ti ¿buscas holganza y gozo?» (Imitación de Cristo, Libro II, cap. XII). El mismo San Pablo declara: “…nosotros predicamos a Cristo crucificado, en verdad escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1 Co 1, 23); el camino real de la Santa Cruz, por cierto, es del todo contradictorio con el carácter que ofrece el mundo, diríamos que ambos caminos llevan en direcciones opuestas, pues el modelo de vida que el mundo ofrece es, justamente, la exención de todo sufrimiento, de todo dolor, de toda aflicción, de toda adversidad y sacrificio; más bien nos dicen que se trata de huir de todo aquello y de gozar lo más que se pueda, lo cual no es, ni victoria sobre el pecado ni perfecto amor de Dios, sino amor de sí mismo.


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”