¿Te Deum, aut potius Kyrie Eleison?

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     Hay que decir que el Te Deum, en plenitud, es un himno propiamente católico; este excelso himno data del siglo IV en la liturgia de la Iglesia, vinculado a San Ambrosio, a San Agustín y a Nicetas de Remesiana, mártir. En su quinta estrofa proclama “Te per orbem terrarum Sancta confitetur Ecclesia..” Es decir es la Ecclesia Una, Sancta, Catholica, Apostolica et Romana la que proclama a Dios por todo el orbe de la tierra, y no otra “iglesia” o denominación cualquiera.

     Son pocas las naciones que, como Chile, celebran un Te Deum con motivo de sus fiestas nacionales. En el caso de nuestra Patria, esta tradición se remonta hasta los mismos albores de nuestra vida independiente, celebrándose, también, con motivo de la asunción del mando por un nuevo presidente.

     Dejando los aspectos históricos ¿qué más podemos agregar? Pues, que en el estado actual de las cosas, mucho. De partida, es un abuso adjudicar, asimilar, homologar o analogar, en forma impropia y genérica, cualquier “acción de gracias” de cualquier “iglesia” al único y verdadero Te Deum católico. Hay que decir, por lo demás, que este himno no es, en estricto rigor, un himno de acción de gracias, sino de alabanza.

     Ahora bien ¿tenemos en Chile un Te Deum? La respuesta es NO, y ¿desde cuándo no lo tenemos? Pues a partir del primer Te Deum celebrado con la “misa una cum famulo tuo Papa Nostro Paulo VI” celebrado en Chile según el Novus Ordo Missae promulgado por Montini. Ya nos hemos referido, en este mismo Blog (cfr., el post ¿Por qué la Sede está vacante? 5-3-2014) a las razones que invalidan la “nueva misa” tanto en sí misma considerada como en su específico aspecto de ser celebrada en unión con (“una cum”) los pontífices de la iglesia ecuménica-conciliar; tan sólo recordemos que esta “misa” está hipotecada por los delitos de “sacrilegio” y “cisma”, ya que estos pontífices han impedido la recepción de la Autoridad de Cristo y no son los legítimos Papas de la Iglesia.

     Pero hay más. San Pablo dice “Sine fide autem inpossibile placere credere enim oportet accedentem ad Deum” (Hb 11,6) es decir, sin la fe es imposible agradar a Dios, de modo que aquel que se acerca a Dios debe creer. Luego, todo acto privado o público dirigido a Dios (excepto el infiel que es movido a la Fe por la gracia excitante del mismo Dios) exige la Fe. Y aquí ya estamos en serios problemas. Vemos, así, que un verdadero Te Deum, capaz de llegar hasta el cielo y ser agradable a Dios, necesita “sine qua non” ser celebrado en La Fe y por la sola Iglesia por Él fundada.

     En nuestro Chile, hoy por hoy, se celebran, con motivo de las Fiestas Patrias, dos “Te Deum”: Desde 1975 el llamado Te Deum “Evangélico”, por disposición de Augusto Pinochet, denominado propiamente “Servicio de Acción de Gracias” y, desde 1971, el Te Deum “Ecuménico”, a solicitud de Salvador Allende con el beneplácito del “cardenal” “Novus Ordo” Raúl Silva Henríquez, cuya denominación oficial actualmente es “Oración ecuménica por Chile y su nuevo gobierno”. Así están las cosas. Observamos que NO se habla ya, oficialmente de Te Deum. Esto acontece porque los adherentes a la iglesia evangélica están conscientes de no ser católicos y, por su parte, tanto la jerarquía como los fieles de la iglesia conciliar, también están conscientes de no pertenecer ya a la Iglesia Católica; así que ambos celebran otro rito, al que abusivamente y mediáticamente se le da impropiamente el nombre  de “Te Deum”.

     Ninguna de estas dos “iglesias” ya nombradas tienen la capacidad de elevar a Dios cualquiera de sus ritos, ya que ninguna de ellas es el Cuerpo Místico de Cristo, ninguna de ellas es la sola Iglesia fundada por el mismo Cristo. Ambas son delirantes inventos humanos, creadas por la sola sugestión humana: una, inicialmente, por Lutero y los “reformadores”, la otra por la “jerarquía” modernista. Una, data del siglo XVI, la otra desde 1965, a partir de la promulgación del último documento del concilio Vaticano II. Ambas, condenadas por la Iglesia (Lutero condenado por León X, y la iglesia conciliar fue condenada “en advance” por Pío XI con su Encíclica “Mortalium Animos”). Carecen de la Fe; en efecto, éstas sostienen que no es necesario creer en todo lo que Dios ha revelado, y sostienen, además, que la fe es tan sólo una confianza o un sentimiento personal del corazón: por ej., para la iglesia inaugurada por Lutero y sus denominaciones, la Misa no es un verdadero sacrificio y, entre otras herejías, niegan la transubstanciación de la hostia consagrada en el Cuerpo y Sangre de Cristo, niegan, así, la Presencia Real; a su vez, para la iglesia conciliar-ecuménica, entre otras herejías, niegan que la Iglesia Católica, fundada por Cristo sobre Pedro, sea la Iglesia de Cristo con sus notas visibles (Una, Santa, Católica, Apostólica) sino que ella está compuesta por múltiples iglesias, las cuales, algún día, formarán la “iglesia de Cristo”. Sabemos que quien dice “yo decido creer en esto, pero no en aquello”, ipso facto pierde TODA la Fe sobrenatural, reemplazando la autoridad de Dios que revela por una mera opinión humana; es como decir a Dios “mira, voy a creer sólo en esto y en esto, pero dejaré lo otro (p.ej., el Primado de Pedro) pues creo que te equivocas y me engañas”.

     Luego, ya podemos advertir que nuestra hermosa Patria Chilena no puede, en el estado actual de las cosas, elevar públicamente a Dios  el incienso puro y aromático de la Liturgia agradable al cielo, porque las “liturgias” Evangélicas y Ecuménico-conciliares son simples celebraciones naturalísticas, que en el ámbito naturalista y humanista se quedan; no sólo no glorifican a Dios, sino, además, son aborrecidas por Dios. Sus iglesias son meras organizaciones sociales.

     Por lo demás, me pregunto, ¿qué debiera Chile agradecer a la Santísima Trinidad? ¿Acaso una presencia cada vez más arraigada de Cristo Rey en sus instituciones, leyes, escuelas y hogares? Absolutamente NO; por el contrario, escuchamos sin cesar el eco de aquella grotesca imprecación del  pueblo judío, azuzado por los jefes del Sanedrín y los Ancianos “¡No queremos que éste reine sobre nosotros!”. ¿Qué acto de acción de gracias puede Chile elevar a Dios hoy en poder del más desordenado y galopante liberalismo que postula la absoluta soberanía del individuo y de la sociedad, con entera independencia de Dios y de su autoridad – por lo demás, también condenado por la Iglesia (Pío IX, en numerosos Breves, Alocuciones y, finalmente, en el Syllabus) ¿Qué podemos, digo, agradecer a Dios públicamente cuando profesamos una total apostasía y, como nación, apostatamos abiertamente la Fe?

     Atrás quedaron las recientes Fiestas Patrias, con sus solemnes e impotentes “te hominem”. En verdad más que acciones de gracias deberíamos elevar un profundo Kyrie Eleison, e implorar por misericordia y perdón: “QUÆSUMUS DOMINE DEUS, PROPTER NOSTRAS OFFENSAS NOLI NOS RELINQUERE!”


“Christus Vincit, Christus Regnat, Christus Imperat!”

“…Son parte de la Iglesia”

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Leemos en “Latest News from NEWS.VA” que Francisco, en su Catequesis de la Audiencia General del reciente Miércoles 05 de Agosto en el Aula Pablo VI, ha enseñado que “los bautizados que han establecido una nueva convivencia después del fracaso matrimonial…no están en absoluto excomulgados…ellos son siempre parte de la Iglesia”.

Esta declaración de Francisco puede abrir un amplio análisis, aun más si consideramos el estado actual de la Iglesia. Sin embargo el tema inmediato es el de la pertenencia a la Iglesia Católica, Cuerpo Místico de Cristo, es decir quiénes son miembros de la Iglesia.

Recurramos al Magisterio infalible, en particular a Pío XII y su Encíclica “Mystici Corporis” del 29-Julio-1943.

“Entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas” (n.10)

“Ni puede pensarse que el Cuerpo de la Iglesia, por el hecho de honrarse con el nombre de Cristo, aun en el tiempo de esta peregrinación terrenal, conste únicamente de miembros eminentes en santidad, o se forme solamente por la agrupación de los que han sido predestinados a la felicidad eterna…no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía. Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de mérito sobrenatural, retienen, sin embargo, la fe y esperanza cristianas…” (n.10)

Ahora, el magisterio de Pío XII es claro y se explica por sí mismo sin necesidad de mayores comentarios. Es decir, el bautizado y casado por la gracia sacramental de un matrimonio válido, y que se encuentra separado y vuelto a casar/convivir, se encuentra en pecado grave, en realidad mortal, y ha perdido la caridad y la gracia santificante (cfr. Mt 19,9; Lc 16,18) pero, en tanto profese la recta fe, esté unido a los legítimos pastores, en especial al Romano Pontífice, y no esté excluido del Cuerpo Místico  legalmente por la Autoridad (excomulgados), es aún miembro de la Iglesia; aunque, según las mismas palabras de Papa Pacelli citando a San Agustín, debe ser considerado como “un miembro enfermo de Jesucristo…Porque no es desesperada la curación de lo que aun está unido al cuerpo, mientras que lo que hubiere sido amputado no puede ser ni curado ni sanado” (n.10)

Esta es la doctrina católica. En realidad la materialidad de la declaración de Francisco es correcta si aplicada a la Iglesia Católica, sin embargo, procediendo de él, no su formalidad – aparte su insuficiencia, puesto que no explica la condición en que se encuentran estos miembros enfermos, ni los efectos, como tampoco las exigencias que deben satisfacer para recuperar la salud como miembros saludables en posesión de la gracia santificante.

No su formalidad porque Francisco:

  • No habla explícitamente de la Iglesia Católica; él habla en todo momento de “la Iglesia”, expresión genérica y no específica.
  • La “iglesia” inaugurada y promulgada oficialmente por el concilio Vaticano II, de la cual Francisco es actualmente la cabeza, NO es la Iglesia Católica puesto que Lumen Gentium n. 8, con fines ecuménicos declara “Esta es la única Iglesia de Cristo…Esta Iglesia…subsiste en la Iglesia Católica. Explícitamente se niega que la Iglesia de Cristo ES exclusivamente la Iglesia Católica y dice que la Iglesia de Cristo es más amplia que la Iglesia Católica, siendo ésta sólo una parte de aquélla.
  • Siendo, para Bergoglio, el Cuerpo Místico de Cristo más amplio que la Iglesia Católica, y siendo, según Gaudium et Spes n. 22 que “Con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido a todo hombre”, entonces no sólo los católicos son miembros del Cuerpo Místico de Cristo sino, en definitiva, toda la humanidad, pues todo hombre está, quiéralo o no, lo sepa o no lo sepa, unido a Cristo en virtud de su Encarnación. Juan Pablo II, “el santo”, en 1986 en Asís, con ocasión de la jornada ecuménica, declaró ante todo el mundo que “El Concilio [Vaticano II] puso en relación la identidad de la Iglesia con la unidad del género humano“, no se puede hablar más claro.
  • Tal como dice Don Curzio Nitoglia en Sodalitium N. 20 ¡”La Iglesia Conciliar [a la cual se refiere Francisco en esta “catequesis” n.d.r] NO es la Iglesia fundada por el Verbo Encarnado; ésta es – por explícita confesión – el templo universal DE TODO EL GÉNERO HUMANO unido misteriosamente al Cristo Cósmico…!

Conclusión

A la luz de lo anteriormente dicho podemos concluir que todo creyente válidamente bautizado y válidamente unido en matrimonio, que profesa la recta fe y está unido al legítimo Romano Pontífice, aunque se encuentre en grave pecado sigue siendo miembro de la Iglesia Católica, aunque con fe informe por la pérdida de la gracia santificante y necesitado de la salud. Al contrario, todo casado, separado y vuelto a casar/convivir, que profese la “fe” conciliar del Vaticano II y se declare en obediencia y reconocimiento de los “papas” conciliares (actualmente Francisco) no es miembro de la Iglesia Católica pero, según Bergoglio, sigue siendo miembro de aquella iglesia que ya no coincide con la Iglesia Católica, y a la cual pertenece toda la humanidad.


Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!

Si en algo falto a la Fe católica ruego de corazón corregirme

Novus Ordo, nova “fides”: Artículo II del Credo. Et in Iesum Christum…

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El 2º Artículo de nuestro Credo es “Y creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre; por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo

San Pío X, en la Introducción de la Encíclica “Pascendi Domini Gregis” (E-PDG) sobre las Doctrinas de los Modernistas dice “…en apretada falange [gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes] asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre” (n.1) (El énfasis es mío).

Este es uno de los artículos de nuestra Fe católica más violentamente atacado por los exponentes de la “fe” del Novus Ordo. El estilo, como siempre, abigarrado, nebuloso, pseudo-poético, dificultoso, camuflado, contradictorio, dialéctico-hegeliano, subjetivista, pseudo-doctoral; se citan mutuamente, como si fueran doctores de la ortodoxia. Todo para celar, confundir, propagar y sembrar la cizaña; todo, menos hablar claro; es que hablar claro es hablar la verdad, la sana filosofía, el sentido común, de los principios por sí evidentes (p. ej., la no contradicción, el principio de identidad, etc), de la sana teología, de la sana doctrina; todo lo cual es odiado por los “nuevos teólogos”, y objeto de demolición; como dice San Pío X. ni siquiera respetan la persona de nuestro divino Redentor.


Exempla quaedam: (Los énfasis son míos)

1. Comenzando por el Concilio Vaticano II, patrón y medida del modernismo.

  • Cristo, el Hombre nuevo.” (Título de Gaudium et Spes, n. 22)
  • “Cristo…revela plenamente el hombre al propio hombre…” (Gaudium et Spes, n. 22

2. Joseph Ratzinger.-

  • “No queremos condescendencia: queremos igualdad…Si Dios ha descendido…entonces lo inferior se ha convertido en superior“.– J. Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Ed. Pedal, pp. 56, 57
  • “Jesús es el hombre que viene de arriba“.—Ibid., p. 61
  • “…busca a los que están con él [Jesús]…a los que confían en el poder del hombre de arriba y se prestan así a la redención”.– Ibid., p. 61
  • “El artículo de la humanización de Dios es el artículo central del credo cristiano”.– Ibid., p. 65
  • Por él [por Jesús] entró la humanidad en el propio ser de Dios: ese es el fruto de su muerte. Estamos en Dios” y “Dios nos ama de tal modo que su amor se hizo carne y carne permanece”.– Ibid., p. 79
  • “¿Es que no debemos preguntar ya quién era propiamente este Jesús?…Pero ¿qué pasó, qué pasa, si realmente sólo fue hombre como cada uno de nosotros?”– Ibid., p. 81

3. Karol Wojtyla.-

  • “…en el mismo Cristo la humanidad entera y toda la creación hablan de sí a Dios – más aún, se dan a Dios. Todo vuelve así a su principio. Jesucristo es la recapitulación de todo y conjuntamente el cumplimiento de cada cosa en Dios…”.– Juan Pablo II, Tertio Milenio Adveniente., n. 6
  • Para que el hombre llegase a ser Dios, el Verbo asumió la humanidad“.– Ibid., n. 15

 4. Nouvelle Théologie.-

  • “Nunca se impedirá el esfuerzo de la humanidad por integrar a Cristo en una Cosmología: de otro modo Jesús no sería el Verbo”.–Blondel e Teilhard de Chardin – Correspondência comentada por Henri de Lubac, Moraes Editores, Lisboa – São Paulo, 1968, p.59.
  • Massimo Borghesi declaraba que Henri de Lubac, creado cardenal por Wojtyla, estaba totalmente de acuerdo con Teilhard de Chardin (Cfr. Borghesi, “El Itinerario de Henri de Lubac – La Historia como Mística“, 30 Días, Año 7. n. 1).
  • “En Cristo, la Humanidad se eleva hasta la Divinidad. Se podría decir…que la humanidad se adora a sí misma en Jesús…”– A. Loisy, L’ Évangile et L’Église, 263
  • “La teología cristiana ha permanecido decididamente firme en la idea de que el Dios que se revela en Jesucristo subsiste en sí mismo como eterno ser o esencia, cosa que es a la par un eterno devenir y en la idea de que no es posible prescindir ni por un instante de la consideración ontológica de este eterno devenir…debemos hacernos una imagen sobre el “ser” y la “esencia” de Dios por la relación trinitaria de Jesús con Dios. Tal relación se manifiesta en la historia en devenir de Jesús como un eterno devenir“.– Urs von Balthasar, TeoDrammatica, vol. V, L’Ultimo Atto, Jaca Book, Milano, 1995, p. 58. [nominado para cardenal por Wojtyla].
  • “El Cristo es, a un mismo tiempo, el misterio y la revelación del misterio, la totalidad de la revelación y la totalidad del dogma” (Henri de Lubac, Bulletin de Théologie Fondamentale e Problème du Dogme. Recherches de Sciences Religieuses, 1948, n. 35, pp. 156-157)

 5. Y, en fin, el “Príncipe” del Modernismo Conciliar y Post Conciliar.- Karl Rahner.

CURSO FUNDAMENTAL SOBRE LA FE. Versión castellana de R a ú l G a b á s P a l l a s » de la obra de K a r l R a h n e r , Grundkurs des Glaubens, Verlag Herder Kg, Friburgo de Brisgovia 1977. Grado Sexto. JESUCRISTO.-

  • La encarnación se presenta como el principio necesario y permanente de la divinización del mundo en conjunto.—218
  • Jesús es verdaderamente hombre, tiene absolutamente todo lo que pertenece a un hombre, también una subjetividad finita, en la que de manera propia, singular, históricamente condicionada y finita, el mundo llega a sí mismo.—233
  • su Logos hecho mundo y materia.—235
  • Dios es verdaderamente hombre, con todas sus implicaciones, con su finitud, mundanidad y materialidad.—235
  • …la historia en devenir de esta realidad humana ha pasado a ser su propia historia, que nuestro tiempo se ha convertido en el tiempo del eterno y nuestra muerte en la muerte del Dios inmortal.—265-266
  • …lo acaecido aquí, en nuestro espacio, en nuestro tiempo y mundo, en nuestro devenir, en nuestra evolución, en nuestra historia, es exactamente la historia de la palabra de Dios mismo [es decir, el Logos, Jesucristo. N.d.r], su propio devenir.—256
  • …hemos de decir también que el Dios inmutable en sí mismo pudo cambiar en otro, pudo hacerse hombre.—263
  • Lo absoluto, más exactamente, el absoluto… tiene la libertad de devenir lo otro, lo finito mismo; alienándose, entregándose, tiene la posibilidad de poner lo otro como su propia realidad.—264
  • El fenómeno originario dado en la fe es precisamente la propia alienación de Dios, el devenir, la kenosis y génesis de Dios mismo, que puede devenir en cuanto él, al poner lo otro originado, se hace él mismo lo originado.—264
  • el Logos, que se hace criatura.—265
  • Este hombre [el Logos. N.d.r] precisamente como hombre es la propia manifestación de Dios en su propia alienación, pues Dios se manifiesta precisamente cuando se aliena.—266
  • Porque en la encarnación el Logos crea la realidad humana, en cuanto la asume, y la asume en cuanto él mismo se aliena.—268

6. Y la Pontificia Academia Theologica (PATH) 2003/2

  • …una nueva propuesta del cristocentrismo trinitario que es un verdadero teo-antropocentrismo.—280
  • …la reflexión cristiana sobre Dios puede ser definida así: acoger su realidad como se ha revelado en la historia, en la “plenitud de los tiempos”, en Jesucristo.—281
  • …Jesucristo, verdad de Dios y del hombre.—275
  • …el Dios Viviente y Santo…que se dona escatológicamente al mundo en Jesucristo.—276
  • La fórmula del Concilio de Calcedonia ya no es el único eje en torno al cual se organiza la doctrina cristológica.—328
  • Por otra parte esta unicidad de la realidad de Cristo es el fin misterioso de la acción divina en la creación, que Dios ha previsto desde siempre.—332
  • …el Vaticano II [Gaudium et Spes 22, 38, 45] ha indicado que Jesús no es tan sólo un hombre perfecto y completo, sino que es “el hombre perfecto”.—332
  • Porque en él la naturaleza humana ha sido asumida, sin ser por esto anulada, por eso mismo ésta ha sido también en nosotros elevada a una dignidad sublime.—332
  • La encarnación eleva la humanidad, en primer lugar la de Cristo pero inseparablemente también la nuestra, a la más alta dignidad.—333
  • La verdad de Dios y la verdad del hombre no son en Jesús dos verdades separadas, sino una sola verdad filial, que asume la diferencia entre el hombre y Dios.—333
  • El Concilio de Calcedonia afirma la plenitud y la perfección de la humanidad de Cristo justamente porque es la humanidad de Dios. Es la humanidad del Hijo, la expresión en el tiempo de su filiación eterna.—334
  • …un desarrollo hecho posible por las afirmaciones de Calcedonia; de hecho éstas han subrayado la plena consustancialidad de Jesús con nosotros y la plenitud de su ser humano…—336

 Habla Papa Pío XII.

“Va directamente contra la profesión de fe del Concilio de Calcedonia, una conocida doctrina largamente difundida fuera del ámbito de la Iglesia Católica y a la cual dio ocasión aparente un pasaje de San Pablo a los Filipenses (Fil II, 7) arbitraria y erróneamente interpretada. Nos referimos a la llamada doctrina “kenótica”, según la cual, se llega a despojar a Cristo de la Divinidad del Verbo; invención execrable que…reduce a vano nombre e inconsistente todo el misterio de la “Encarnación y de la Redención (Pío XII, Sempiternis Rex, Sobre el Concílio de Calcedonia, n 31).


 Comentario.

Como dice Don Ennio Innocenti (en su libro “Influssi Gnostici Nella Chiesa D’Oggi” Ed., Sacra Fraternitas Aurigarum in Urbe. 2000, p. 63) citando a Cornelio Fabro: “Los nuevos teólogos…vacilan sobre la naturaleza y sobre la misión de Jesucristo, o bien retocan con terminología inmanentista moderna el viejo arrianismo”. Esto expresa bien el trasfondo que está a la base de la “cristología” modernista.

El “credo” del Novus Ordo profesa un Cristo ambiguo, ideado tanto como un mero hombre, aunque excepcional – especie de neo-arrianismo – como un Cristo de matriz gnóstica “vaciado” – kenotizado – ontológica y sustancialmente en la historia y en el cosmos.

He querido tomar una amplia serie de referencias tratando de representar la línea prevalente en ámbito católico a partir, naturalmente, de la Carta Magna del modernismo, a saber los documentos del Vaticano II aunque, como sabemos, esta asamblea sólo plasmó en documentos oficiales la revolución en acto.

La “cristología” fundamental de la nueva religión conciliar, con relación al 2º Artículo del Credo, es insistente en la reducción de la teología en antropología. Podemos advertir en ésta, sobre una base en que confluyen y conviven errores filosóficos y teológicos modernistas condenados por la Iglesia, brillantemente compendiados por San Pío X en la Encíclica “Pascendi” y por Pío XII en su Encíclica “Sempiternus Rex”, una pertinacia neo-gnóstica en la doctrina de la “kénosis” (auto-vaciamiento, auto-alienación), por la cual la divinidad, en un proceso secuencial, ha establecido las relaciones y “creado” las realidades divinas y cosmológicas por medio de un “vaciamiento” de su propia sustancia; lo cual no es sino retocar la doctrina gnóstico-cabalística del Emanacionismo. De modo que Jesucristo ya no sería el Hijo de Dios como el Logos por vía de generación, sino por vaciamiento de Sí mismo y, a su vez, no sería Nuestro Señor puesto que Él mismo, finalmente, se vaciaría en el cosmos y en el hombre “elevándolo y elevándonos” en dignidad consustancialmente: esta es la vía descendente, enriquecida por la inmanente, idealista y “apriorista” doctrina de la “antropología trascendental” de Karl Rahner, y por la doctrina de la “connaturalidad de la naturaleza humana con la Gracia de Henri de Lubac, que hacen de bisagra para la fase ascendente que corresponde a la tesis del movimiento escatológico de la “cristificación final” del cosmos y del hombre de Teilhard de Chardin. Todas estas doctrinas heréticas han sido condenadas infaliblemente por la Iglesia, de modo que no pertenecen al depósito de la Sana Doctrina, pertenecen a una extraña religión, la de la iglesia conciliar, magna secta; los católicos no pueden adherirse a ellas ni observarlas.


 Termino con la traducción de dos pasajes tomados de la obra, en italiano “Jean Guitton ed el Modernismo nel Concilio Vaticano II: Risposta al parere di Brescia” por Orlando Fedeli. 2003:

“Urs von Balthasar habla del abandono de Dios padecido por Jesucristo en la cruz como acto kenótico necesario para divinizar al hombre. En la muerte de Cristo se daría la kénosis crística divinizadota del hombre. Esta kénosis se completaría por la resurrección que cerraría el circuito kenótico retornando la Divinidad a Cristo y a la Trinidad. Esto sería el misterioso “misterio pascual”, el tránsito del hombre del estado actual al estado divino”. Pág. 63

“En otras palabras, Dios sería tan inmanente al hombre, que Dios sería la Historia, y la Historia en vía de kenotización para retornar al Padre. Siendo esto así, la revelación es el conocimiento de Dios como historia. De aquí la importancia que se da a las “señales de los tiempos”, es decir, a la manifestación de Dios en los eventos históricos, eventos por los cuales se realiza la experiencia divina del hombre, en la cual Dios se revela a Sí mismo como realidad al hombre, haciendo que éste conozca a Dios, y conociéndolo, conocer que el hombre es Dios en éxodo, caminando hacia el Padre. Al conocer a Dios en la historia, Dios inmanente al mundo e inmanente al hombre, se conoce también el misterio del hombre. Cristo revela al hombre el misterio del hombre: es decir, que el hombre es Dios en tránsito. Por esto, se podría decir que la revelación es “histórico-salvífica”. Pág. 65

 Y esto es lo que escuchamos día a día en los artículos, libros, prédicas y “homilías” de los portavoces, “catequistas” y “predicadores” de la religión de la iglesia conciliar.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  Una vez más: Ite ad Sanam Doctrinam et Thomam!. Nosotros profesamos claramente: “Credo in unum Dominum Iesum Christum, Filium Dei unigenitum. Et ex Patre natum ante omnia saecula. Deum de Deo, lumen de lumine, Deum vero de Deo vero. Genitum, non factum, consubstantialem Patri: per quem Omnia facta sunt. Qui propter nos homines, et Propter nostram salutem descendit de caelis…”


Virgo Maria, ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!

“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”

Novus Ordo, nova “fides”: Artículo I del Credo. Creatio ex nihilo?

Kenosis

“Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible…”

En la entrada anterior manifesté que los católicos nada tenemos en común con la “magna-secta-ecuménica”, encabezada desde 1958 por los ocupantes de la Sede petrina. Podemos continuar ahora confrontando nuestra Profesión de Fe Apostólica y católica con los nuevos contenidos de la “nueva fe”, de la segura mano de nuestro “Doctor Communis”.

El punto-bisagra puede ser la insólita enseñanza de Bergoglio “Dios no existe”, puesto que él sólo cree en cada una de las tres Personas. Si esto es así ¿Qué exégesis nos ofrecerá este “creyente” sobre Juan 1, 1-3 en que Dios revela que “En el principio ya era la Palabra, y aquel que es la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho“; además, hay que insistir en que, por la Revelación divina (Locutio-Dei), la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, sabemos que Dios es uno solo en substancia, en tres Personas divinas. Bueno, todo indica que, en la enseñanza de la magna-secta, las cosas no son tan así.

“…en segundo lugar [debemos creer], que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles” (Santo Tomás, Credo Comentado, n. 22), cf. Jn 1,3. Además, “Dios, en cambio, es la causa universal de todas las cosas, y no crea sólo la forma sino también la materia; así es que de la nada lo hizo todo” (Santo Tomás, Credo Comentado, n. 25), cf. Gn 1,1.

Aunque el “magisterio” del “Novus Ordo” no se ha referido a esta verdad de Fe católica explícitamente, sin embargo, ya sea por el abandono de la misma Fe (apostasía), o por abandono de la teología católica sobre la base de la sana metafísica aristotélico-tomista, tanto por su permisividad del error, como por el elogio de ciertos autores modernistas de relieve (algunos de ellos elevados al purpurado, como Jean Daniélou, Henri de Lubac, Hans Urs von Balthasar, Yves Congar; además de Karl Rahner y Teilhard de Chardin entre otros), así como por no pocas alocuciones públicas, se  puede decir que la doctrina de la “nouvelle theologie”, aceptada, querida y promovida por los “papas” modernistas, con relación a la Creación (así como, por lo demás, respecto a la Trinidad y a la Redención),  corresponde a la ya “sacrosanta” doctrina evolucionista teilhardiana y a la de una concepción anti-metafísica (en cuanto negación del ser) de corte neo-gnóstico, por momentos manifiesta y por momentos velada.

 Como ya se sabe, ha sido la voluntaria e intencionada ambigüedad del Concilio Vaticano II el hecho que ha consolidado y consagrado los errores de la nueva teología ya condenados en el anterior Magisterio auténtico (p.ej., Pío XII con la Encíclica “Humani Generis“) y dado origen, en este caso con relación al nuevo concepto de la revelación (p. ej., “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo” [DV I, 2]; “Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo…” [DV 1, 6] a la nueva concepción de la Creación. Contra esto hay que decir que la Revelación no consiste en la revelación de Dios en sí mismo, es decir Dios no se ha revelado en su divina esencia, no ha derramado su divina esencia en la creación ni en la historia; absolutamente ¡NO! La divina Revelación consiste en verdades” (Dios no se ha revelado “a Sí mismo”) que el hombre necesita conocer (con su entendimiento) para participar de la vida divina de la Gracia, a la cual estamos todos llamados; de otro modo, si Dios, con la revelación, hubiera vaciado su “res divina” en el mundo, seríamos todos “dioses” desde el nacimiento ¡Absit! sin necesidad de la Redención, como quiere el Concilio Vaticano II (p. ej., Gaudium et Spes n. 22)

– Ecce tenebrae quaedam:

E. Bettiza, refiriéndose al carácter de la teología/filosofía de Juan Pablo II, ha escrito que “su percepción de Dios…es la de un teólogo que ha leído a fondo a Hegel…son los caminos inescrutables del Dios hegeliano que Juan Pablo II conoce bien como filósofo, como teólogo…” (cit., en Sodalitium n. 39, p. 39). Ahora bien, Hegel tenía un verdadero problema con la relación infinito/finito, y decía que ambos se funden en una misma realidad, en un panenteísmo, en una sola identidad, “el infinito es pues la totalidad, el todo único e infinito” (cfr.  La science de la logique., n. 95) y “La superación de la dualidad Infinito/finito se produce al concebir la realidad entera, el Absoluto, como síntesis de lo Infinito en lo finito. La verdadera infinidad consiste en la integración de lo finito en el despliegue del Absoluto como momento interno y necesario” (cfr. La science de la Logique, p. 359). Para Hegel no sólo el infinito y lo finito se resuelven en una misma identidad contradictoria, sino también la Creación y la Divinidad, que son y no son lo mismo a la vez. A la base de esta concepción encontramos la doctrina de la kénosis hegeliana, asumida también, antes de Wojtyla, por algunos de los “padres” del Vaticano II como Rahner y von Balthasar.

Según la “nueva teologia” la Creación es el resultado del total “vaciamiento” (kenosis) de la Trinidad en el mundo. La “kénosis”, por influjo gnóstico-cabalista, ha dado origen, en ambiente “católico”, a la doctrina modernista que toma a San Pablo a la letra en Filipenses 2,7: “αλλ εαυτον εκενωσεν μορφην δουλου λαβων εν ομοιωματι ανθρωπων γενομενος“, que es “sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” y que la Vulgata traduce como “sed semet ipsum exinanivit formam servi accipiens in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo”. Bueno, he querido incluir el texto original en “koiné” (griego común en el N.T.) para destacar la forma verbal εκενωσεν que, gramaticalmente, es en griego una forma verbal en 3ª sing., aoristo indicativo activo que, para nosotros, es un pretérito indefinido en 3ª persona singular del verbo “κενόω” que significa “vaciar, evacuar, desnudar” (lo curioso es que los modernistas aceptan este término a la letra de buena gana, mientras rechazan otros términos considerándolos meramente simbólicos, como por ej., el fuego del infierno). 

El punto es si acaso, para la “Magna Secta” existe o no distinción entre los conceptos de “creación” y de “revelación”; en otras palabras, si acaso Dios, ontológicamente completo y perfecto en Sí mismo, reveló verdades acerca de Sí mismo (verdades de Fe), o se trata de un “dios” en potencia, incompleto, en búsqueda de su perfección como reflujo “kenótico” de la emanación/creación del mundo, de la historia y del hombre, como quiere el “concilio” con su doctrina de la “semilla del Verbo”. No es tan inmediata una respuesta, toda vez que los “teólogos” inspiradores de la nueva doctrina se expresan en un modo retorcido, confuso, abstruso, esotérico, cabalístico, con un discurso pleno de neologismos, misterioso, en fin, estrategia propia de los herejes, que intentan parecer ortodoxos para esconder sus doctrinas; táctica ya desenmascarada por San Pío X en la Pascendi.

A los modernistas les resulta difícil aceptar que todas las cosas fuera de Dios han sido creadas (no emanadas) por Dios de la nada (no de Sí mismo) y que el acto divino , por el poder infinito de Dios, no requiere materia alguna preexistente (Santo Tomás dice que en las cosas que son creadas primero es el no ser que el ser). También les resulta difícil de aceptar que Dios es acto puro, absolutamente perfecto en Sí mismo, con exclusión de toda imperfección; de modo que no está indigente o necesitado de nada para su perfección, tanto menos de una creación o de una hipotética “hominización” para cerrar un supuesto circuito “kenótico” de la divinidad.

La consecuencia lógica de la doctrina de la kénosis es la negación del ser; Dios no sería Ser, sino “devenir”; devenir que habría comenzado en la misma vida intra-trinitaria: El Padre no es tal sino “vaciándose”  (haciéndose nada) en el Hijo, y éste, a su vez, por amor, se vaciaría en el Padre, y esta relación de mutuo vaciamiento y aniquilación originaría el Espíritu, como amor kenótico; y luego, la Trinidad sólo es tal si se vacía en la Creación, puesto que, como enseña Hegel a Wojtyla “La verdadera infinidad consiste en la integración de lo finito en el despliegue del Absoluto como momento interno y necesario. Este proceso, en fin, prosigue en un “hacerse nada” vaciándose en la Redención. En lo que concierne específicamente a la Creación, para crear el mundo, Dios necesitó anularse, realizar una especie de auto-éxodo (según S. N. Bulgakov, acogido y admirado por el Vaticano modernista). Ya podemos advertir el carácter críptico de la “nouvelle theologie”, en comparación con la diafanidad y solidez tomista. Así pues, “la Creación habría sido un éxodo de la ‘ousia’ – de la substancia divina – una emanación” (Cfr. Fedeli, Orlando – “Jean Guitton ed il Modernismo nel Concilio Vaticano II: Risposta al parere di Brescia”).

Orlando Fedeli, en su ensayo, dice que H. U. von Balthasar, creado cardenal por Wojtyla, hace suya la influencia de Hegel y de Bulgakov acerca la doctrina de la kénosis de Dios al crear el mundo. La Creación, pues, para la magna secta, se explica por la kénosis de Dios, que ya no habría traído a la existencia a los seres finitos desde el no ser, sino como producto de su propia emanación/vaciamiento. La teología natural pierde su sentido en cuanto conocimiento de la existencia de Dios y de algunos de sus atributos a partir de los vestigios de la Creación (como sucede al conocer la causa a partir de sus efectos); para la doctrina modernista se trata del mismo Dios, vaciado en las creaturas divinizadas (sin necesidad de la gracia), tal como nos lo quiere enseñar el concilio de Juan XIII y Pablo VI en la Gaudium et Spes (n. 22).

A partir de estas premisas, a saber, que la Creación es manifestación de Dios en Sí mismo, y que la Divinidad no es un Ser sino un devenir kenótico, sólo podemos esperar el proceso evolucionista de este panenteísmo. Porque todo este movimiento perfectible tiene una dirección y un fin. Bueno, citando a O. Fedeli, Teilhard será quien nos lo explique diciendo que la creación no es sino la manifestación de Dios a través de la cosmogénesis (evolución cosmológica y geológica), la biogénesis (evolución biológica), la noosgénesis (evolución de la conciencia universal) y, finalmente la cristogénesis (pancristismo) cuando, al fin de la historia, en el punto más alto de este movimiento y progreso de la conciencia universal (de acuerdo a una ley que él habría descubierto y a la cual llamó “Ley de la complejidad y de la conciencia), todo y todos se reúnan en el Cristo Omega en un pancristismo final: todo y todos seremos plenamente cristificados. T. de Chardin hace suyo totalmente el evolucionismo, todo lo que existe (en sentido individual) salió de un origen común, en tres etapas de progresiva complejidad y conciencia: 1. desde lo no viviente a lo viviente; 2. desde lo viviente a la vida sensitiva; y 3. desde la vida sensitiva a la vida reflexiva y espiritual. Sin embargo este no es el último estado; le sucede la convergencia universal de la Humanidad en el Punto Omega, es decir Dios.

Como todo buen modernista, T. de Chardin, en cuanto a la Creación, habla de modo enrevesado y oscuro. Él intenta decirnos que la Creación no es el efecto del poder (y suma bondad) de Dios en tanto Causa incausada, sino que sería más bien un acto por el cual Dios “unificó” lo que era múlttiple, un acto de reunificación de la multiplicidad preexistente, convirtiéndose en un “permanente creador” quien, sin cesar en su actividad, continúa como agente de esta progresiva complejidad por medio del proceso evolutivo. Es decir, para T. de Chardin no hay “creatio ex nihilo”, por que para él la nada no es sino una “multiplicidad” de elementos desordenados, aún no sujetos a la ley de la complejidad y de la conciencia. estamos ante un Dios elevado a Supremo Ordenador (¿no es esto acaso el G.A.D.U., o algo así?). Estamos ante la denominada “Evolución Creadora” bergsoniana, tía abuela de la teilhardiana “Unión Creadora”. Y consideremos que no sólo la actual tibia, rimbombante y gelatinosa Congregación Para La Doctrina De La Fe no ha dicho palabra alguna sobre esta fiebre intelectual, sino que, además, ésta ha sido fuertemente justificada por el “cardenal” Henry de Lubac; en realidad esto no ha de sorprendernos, sino más bien convencernos acerca de los postulados de la Neo-Contraiglesia (para perdición de las almas). En todo caso, al parecer nos encontramos en una creación en un incesante proceso de creación, puesto que, mientras no alcancemos el Punto Omega (nótese el total abandono de la diferencia entre lo sobrenatural vs. lo natural, problema crítico también para H. de Lubac, y entre la naturaleza vs. la gracia, propio entre los modernistas) el auto-vaciamento kenótico de Dios no ha finalizado: pero bueno, no nos preocupemos, la humanidad (y toda la creación), independientemente de nuestros méritos en el orden sobrenatural como libre respuesta a la Gracia será, apocatastásicamente, toda deificada, sobrenaturalizada y divinizada en un futuro “momentum” kenótico/evolucionista. Nada de salvación ni de visión beatífica, menos aún de condenación ni de infierno. En realidad, en este proceso no somos nosotros quienes somos elevados a la vida sobrenatural, no nos engañemos, se trata de la manera que, POR NECESIDAD, el mismo Dios utiliza para COMPLETARSE Y PERFECIONARSE A SÍ MISMO Y LLEGAR A SER DIOS, venciendo sobre la multiplicidad caótica (cf. T. de Chardin, Le Coeur de la Matière) y ¡Sí! ¡Tal cual! Gnosticismo puro, reinante en nuestros lugares sagrados.

– Et ecce luces catholicae

A tanto llega el desvarío al interior de la nueva “fe” por haber abandonado la sana doctrina de la Iglesia (depositum fidei), la sana teología y la sana filosofía y metafísica aristotélico-tomista acerca del ser, del ente, de la esencia, de la participación del ser en los entes finitos, de la existencia/esencia y del principio de causalidad. Es que el “credo” de la nueva religión, entronizada en los “loci catholici” a partir de 1958, ya no es el Credo Católico.

¡ITE AD THOMAM! En su Credo comentado, n. 22., Santo Tomás dice: “Como ya lo dijimos, lo que primeramente debemos creer es que hay un solo Dios; en segundo lugar, que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles“. Y en el n. 25 declara un error (que he querido citar en toda su extensión) atinente a nuestro problema diciendo: “El tercer error es de los que afirman que Dios hizo el mundo de una materia preexistente. Y a esto fueron llevados porque quisieron medir el poder de Dios conforme a nuestra capacidad, y como el hombre nada puede hacer sino de alguna materia preexistente, creyeron que también así es Dios, por lo cual dijeron que para la producción de los seres contó El con una materia preexistente. Pero esto no es la verdad. En efecto, nada puede hacer el hombre sin una materia preexistente, porque él es una causa parcial y no puede dar sino tal o cual forma a una materia determinada, por algún otro proporcionada. Y la razón es que su poder no abarca sino la forma, y en consecuencia no puede ser causa sino de ella sola. Dios, en cambio, es la causa universal de todas las cosas, y no crea sólo la forma sino también la materia; así es que de la nada lo hizo todo. Por lo cual para descartar este error se dice: “Creador del cielo y de la tierra”. Así es que crear y hacer difieren en que crear es hacer algo de la nada, y hacer es producir algo de cierta cosa. Por lo tanto, si de la nada creó Dios, debemos creer que podría crear todas las cosas de nuevo si fuesen destruidas: así es que puede darle la vista a un cie19 go, resucitar a un muerto, y hacer las demás obras milagrosas. Sabiduría 12, 18: “Con sólo quererlo lo puedes todo”.

Virgo Maria, ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus!


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”

Novus Ordo, nova “fides”: Del hombre-Dios montiniano al nominalismo bergogliano

Asís

¿Qué tenemos en común los católicos con la “religión” del Novus Ordo liderada, hasta el momento, por los grandes heresiarcas Giuseppe Roncallli, G. B. Montini, Albino Luciani, Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y J. M. Bergoglio? La respuesta es que NADA. Aparte de que nos han plagiado el nombre de “Católicos” y nos han usurpado abusivamente la Santa Sede, las Sedes Episcopales, las basílicas, catedrales, parroquias, capillas, ocupándolas al modo en que un virus de gran virulencia infecta el cuerpo y se reproduce en éste hasta ocuparlo por entero. Sin embargo, lo que nos diferencia del todo es aquello que creemos y profesamos, es decir la Fe; porque irreconciliable es la  Fe con la herejía, así como lo es la luz con las tinieblas y la lozanía con la carroña.

Los católicos profesamos el Credo, que es el Símbolo de los Apóstoles, tanto más canónico y venerable cuanto recibido desde los mismísimos pilares (las doce columnas) de la Santa Iglesia, y luego explicitado por los Santos Padres en los Concilios de Nicea-Constantinopla para, tal como hoy, combatir las extendidas y horribles herejías de aquellos tiempos. De modo que nuestra profesión de Fe es catolicísima y venerabilísima.

Contra nuestro Santo Símbolo de la Fe podemos contrastar la ponzoña y el veneno del “credo” del Novus Ordo ecuménico-naturalista, de la mano de nuestro Doctor Communis, Santo Tomás de Aquino (“Ite ad Thomam). Por ser ésta una materia extensa trataré esta materia – Deo volente – en sucesivas entradas.

“Credo in Deum (Creo en Dios) Lo primero que creemos los católicos es que existe un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra, de las cosas visibles e invisibles.

El caso es que Montini, en su tristemente célebre discurso de clausura del Vaticano II, inaugura la “religión del hombre que se hace Dios” proclamando: “La religión de Dios que ha hecho hombre se ha encontrado con la religión del hombre que se ha hecho DIos y, dirigiéndose a los humanistas modernos agrega “…también nosotros, Nos más que nadie, tenemos el culto del hombre” (7-12-1965). También es célebre su “¡Gloria in excelsis Homine!” (Angelus 7-2-1971): “¡Honor al hombre! ¡Honor al pensamiento! ¡Honor a la Ciencia! ¡Honor a la síntesis de la actividad científica y organizacional del hombre, del hombre que a diferencia de todos los otros animales, sabe dar instrumentos de conquista a su mente y a su mano! ¡Honor al hombre Rey de la Tierra y también, además, Príncipe del Cielo! ¡Honor al ser vivo que somos, el cual refleja ‘in se’ a Dios y, dominando las cosas, obedece al orden bíblico: creced y dominad!

Por su parte K. Wojtyla, hasta el momento el más demoledor de todos ellos, nos enseña el Dios andrógino (siendo que Dios es puro espíritu) y feminizado de la tradición esotérica , tal como se desprende de su “Carta a las familias” cuando, interpolando Gn 1, 27 y Ef 3, 15-16, interpreta que la imagen de Dios en el hombre  consiste en la dualidad masculina-femenina, no ya una Trinidad de Personas; por otro lado y tras los pasos de Montini, Wojtyla se deleita citando una de sus expresiones favoritas contenida en Gaudium et Spes: “…el hombre, que es en la tierra la única criatura que Dios ha querido por sí misma…” y explica que Dios quiso al hombre finalizado a sí mismo, es decir el hombre es último fin para sí mismo, un verdadero dios para sí mismo (Carta a las familias n. 9); absolutamente NO, el último fin del hombre, como lo ha enseñado siempre la Iglesia y la recta razón deduce, es Dios; no pueden haber dos fines últimos.

Ratzinger, a su vez, nos quiere hacer creer que la esencia de la identidad de Dios, su naturaleza no es sino total y enteramente relación (cfr. su libro “Muchas Religiones, Una Alianza, Israel, la Iglesia y el Mundo”) y, siendo pura relación, está obligado a unirse a su Creación y, por supuesto, al hombre que ya, con el “filósofo” Wojtyla, tenía una altísima dignidad por ser persona y finalizado a sí mismo como último fin. Ratzinger, con esta concepción de Dios, abre una brecha al panteísmo y al gnosticismo, toda vez que niega que todos los actos de Dios hacia el hombre es pura gratuidad y misericordia, y sostiene que la naturaleza relacional de Dios le exige (como necesidad relacional) unirse a su Creación (panteísmo) divinizando al hombre fuera de la Gracia (gnosticismo); desafortunadamente para nuestro “teólogo” ya Santo Tomás había refutado esta tesis, diciendo “Como la criatura procede de Dios con diversa naturaleza, Dios está fuera del orden de todo lo creado; tampoco por su naturaleza tiene relación con las criaturas. Pues no produce las criaturas por necesidad natural, sino por entendimiento y voluntad” (el énfasis es mío). El “magisterio” ratzingeriano está a la base del gnosticismo que ha intentado siempre divinizar al hombre eliminando la distinción infinita entre la naturaleza divina y la naturaleza humana.

Y, en fin, Bergoglio; Franco Battiato, cantautor, músico y director de cine italiano, dijo una vez: “Lo siento por Bergoglio, que es muy simpático, pero él ni siquiera tiene idea de lo que es Dios”; no vamos a tomar a Battiato como una voz seria en cuanto a la teología, pero, a juzgar por algunas expresiones del “papa”, algo hay de preocupante. Por ej., en una reciente homilía en Santa Marta (9/10/14) Bergoglio ha proclamado: “¡Pero Dios no existe! ¡No os escandalicéis! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; son personas“. ¡Y sí! ni más ni menos, simplemente sorprendente. Al respecto el Salmo 13 dice: Dice el necio en su corazón: Dios no existe. Y nuevamente Santo Tomás en su Credo Comentado: “Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debemos considerar qué significa esta palabra: “Dios”, que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios existe aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien” (n. 13); y más aún: “Pues bien, debemos creer que este Dios que todo lo dispone y gobierna es un Dios único…es evidente que el mundo no está regido por muchos dioses sino por uno solo” (n. 16); y todavía más: “En consecuencia, lo primero que se debe creer es que Dios es tan sólo uno” (n. 21). Y más: “Como ya lo dijimos, lo que primeramente debemos creer es que hay un solo Dios; en segundo lugar, que este Dios es el creador que ha hecho el cielo y la tierra, las cosas visibles y las invisibles” (n. 22); y Santo Tomás, entre otros pasajes, cita la autoridad de la Revelación: Génesis 1,1 y Juan 1,3).

Aunque el vapor gnóstico y personalista se filtra por las rendijas de las tesis montiniana, wojtyliana y ratzingeriana y, con ello, nos remontamos a los primeros siglos del tiempo heroico de la lucha de la Iglesia contra el paganismo y el neopaganismo, con todo, con J.M. Bergoglio  volvemos al periodo de las controversias trinitarias de los siglos IV y V. En el párrafo anterior he querido destacar en negrita las partes de las citas de la doctrina católica perenne en que se explicita la Unidad de Dios: “…Existe un solo Dios, es un Dios único, regido (el mundo) por Uno solo, Dios es tan sólo Uno, hay un solo DIos…” La razón es que la “enseñanza” Bergogliana nos retrotrae al año 325, en que el Concilio de Nicea definió el problema Trinitario, es decir la relación de la substancia y de las Personas en el único Dios.

Sostener, con Bergoglio, que Dios no existe y sólo existen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es proclamar el “Triteísmo”; es decir la herejía que afirma la existencia de tres dioses, aunque el “papa” no se refiere ni a la substancia ni a la naturaleza ni a la esencia de estas tres Personas-Dioses, ni a la relación entre éstas. Sea como sea, es una proposición que, ya sea por omisión o intención, atenta contra la Unidad en Dios, es decir el dogma de Fe que declara que estas tres Personas son un sólo Dios. Nunca, en la historia de la Iglesia, un Papa o el Magisterio hablo en estos términos. En tiempos de la herejía Arriana y posterior a la definición de Nicea, los mismos arrianos tomaron esta definición sobre unicidad de la substancia trinitaria para divulgar otro error, el “modalismo” o “monarquianismo modalista”, es decir que las Personas se distinguen sólo aparentemente o modalmente (según el modo) para, así, seguir sosteniendo rigurosamente la estricta unidad en Dios y negando la distinción real de las Personas. Los intentos para superar esta dificultad llevaron a algunos a errar en sentido contrario: sostener que en Dios hay realmente tres personas distintas pero, sacrificando la consubstancialidad concebían, igualmente, tres esencias o substancias y, por lo tanto, tres dioses. Posteriormente, el Triteísmo entra de nuevo en escena en el ámbito del neoplatonismo cristiano: Orígenes, para evitar el panteísmo como consecuencia de la teoría emanatista (siendo él mismo sostenedor de esta posición), derivó en el “subordinacionismo”, es decir, el Hijo es inferior al Padre y el Espíritu Santo inferior a ambos. De este modo el Triteísmo viene a ser un intento por superar el panteísmo emanacionista y el subordinacionismo, diciendo que la tres Personas podían considerarse tres Dioses, idénticos en sus atributos y, por cuya identidad podían ser denominados como un único Dios, pero por semejanza, no por ser de la misma substancia (o esencia); sin embargo, con este error y por consecuencia lógica, desembocamos en el Politeísmo. El Triteísmo es, en fin, un Politeísmo: posición y error  y herejía que hoy sostiene y enseña J.M. Bergoglio quien, personalmente NO se considera Papa sino sólo “el Obispo de Roma” (cfr. sus primeras palabras después de su elección).

La bisagra que articula y une a Bergoglio con el Triteísmo de los primeros siglos de la Iglesia la encontramos entre los Siglos XI y XIII d.C. Y no podía ser de otra manera; hablamos del Nominalismo: error filosófico defendido inicialmente por Roscellino de Compiègne (1050-1121/25?) y cuyo máximo exponente fue Guillermo de Ockam (1280/1288 – 1349), fraile franciscano. Aunque este último no se refirió al Triteísmo, sí lo hicieron Roscellino, Gilberto de Porreta y Joaquín da Fiore, con ciertos matices que van desde una distinción real de la Personas con negación de la esencia común a todas ellas (Roscellino), hasta la misma distinción con aceptación de la unidad divina pero sólo en sentido alegórico y moral, no metafísicamente real (J. da Fiore). Se dice que J.M. Bergoglio padece de una objetiva debilidad teológica, en favor de una hipertrofia de la “pastoralidad”; sin embargo, a la luz de lo expuesto, ya sea volente vel nolente, nuestro “obispo de Roma” resulta máximo exponente actual del dogma nominalista: “nihil est praeter individuum” (nada existe, sino el individuo); lo cual lo lleva de la mano a su consecuencia lógica: el Triteísmo, negando la existencia de Dios en cuanto esencia y unidad divinas, y afirmando tan sólo la existencia de los individuos, es decir, sólo existen cada una de las tres Personas: es el nominalismo trasladado al seno de la Trinidad, la cual ya no es misterio revelado, sino artificio del entendimiento humano. El nominalismo ockamista vuelve la espalda a la sana filosofía clásica completada y llevada a su perfección por la escolástica tomista, y abre la puerta al subjetivismo, al sensismo, al empirismo, al escepticismo; en suma, al modernismo filosófico con su marcado individualismo liberal. Bergoglio, como buen nominalista, quiere decir que, como los conceptos universales, las naturalezas, las esencias reales no tienen realidad objetiva trascendente al pensamiento humano, existiendo tan sólo el individuo (p. ej., no existe la naturaleza humana, en cuanto racional y libre) y el hecho singular sensible, entonces ¡Dios no existe! como esencia divina, no existe como divinidad substancial, sólo los tres  individuos divinos; con esto sostiene que el conocimiento humano no es racional, sino sensible, como los animales (puesto que es incapaz de ascender desde lo sensible para abstraer las realidades ontológicas y metafísicas de los seres: sus últimas causas, sus naturalezas). Reduce la capacidad de la razón para conocer la realidad por vía de la abstracción hasta llegar a la última Causa incausada e increada de los seres; niega la capacidad de la razón humana para ascender desde los seres que tenemos la existencia por participación hasta el Ser cuya esencia es su propia existencia, acto puro, el ser en sí existente. Si Dios, acto puro, el Ser que es puro ser, no existe, entonces ¿A quién hemos de atribuir la Creación de la nada, la conservación de todo en su propio ser, el gobierno de las cosas? ¿Qué queda de la mística cristiana cuyo grado más perfecto consiste en la íntima unión del alma con la divinidad ya en esta tierra y en la contemplación racional y amorosa de la suprema Verdad? ¿Y, en fin, la esencia divina de quién contemplaremos  gracias al lumen gloriae en el paraíso cara a cara por la visión beatífica, siendo ésta una operación y visión NO SENSIBLE como quiere el nominalismo bergogliano, sino intelectual?

Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá…” (San Pío X, Pascendi, n. 3) A lo cual se puede agregar que también forma parte de su estrategia el recurso al lenguaje ambiguo e intrincado (propio de quien se propone confundir y pasar por ortodoxo); todo con la firme intención planificada de destruir la sana doctrina, Fe católica y la Santa Iglesia si fieri potest. Pero “…las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18).


Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix, dum verum Papam speramus

Si en algo falto a la Fe católica, agradeceré de corazón corregirme

Quis nos manet exitus…?

Sagrada Familia

El día 6 de Octubre ha iniciado el Sínodo de los “obispos” sobre el tema “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización“. Se supone, oficialmente, que se trata de un evento del auténtico magisterio católico que comunique al mundo, y a los mismos católicos, enseñanza segura para quienes, llamados al estado de vida matrimonial alcancen, con el auxilio de la gracia sacramental y de las gracias actuales, la bienaventuranza por el mérito en la vida militante y, llegados al final de la vida, la visión beatífica de Dios en el cielo.

Digo “se supone”; y, lamentablemente, no puedo decir que “será sin duda”. En el estado actual de la Iglesia observaciones, sobran. Desde luego ¿Es este un Sínodo de la Iglesia Católica? La respuesta es, no. ¿Por qué? Ya hemos explicado, en entradas anteriores, que el problema actual en la Iglesia es la defección de la autoridad o, mejor, la privación de la autoridad en la Iglesia, puesto que los ocupantes de la Sede de Pedro y los ocupantes de las sedes apostólicas en unión con el primero, al menos a partir de la clausura del Concilio Vaticano II (CVII), carecen de la autoridad de Cristo y de la asistencia infalible del Espíritu Santo, debido a que enseñan falsa doctrina, falso culto, falsos sacramentos y falsa disciplina, en contradicción con la infalible e irreformable enseñanza católica anterior al CVII (Cfr. D. Sanborn, “De Papatu Materiale”, 1994; Sodalitium N. 13 – Mayo 1987, “Entrevista a Mons. Guérard Des Lauriers”). Por lo tanto, cualquier acto oficiado por la jerarquía actual, careciendo de la autoridad de Cristo, es nulo y no vinculante en orden a la santificación y salvación; naturalmente que, hasta en medio de la contaminación, algo puro puede difundirse, coherente con la enseñanza católica – la devastación no ha llegado aún a la destrucción total.

Se dice que el Sínodo tratará de “Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la nueva evangelización“, y en su relación introductoria de los trabajos, el cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo ha dicho: “Es la Iglesia…misionera en las calles del mundo…que anuncia y profesa la fe en Jesucristo…” Bueno, el caso es que, a partir del CVII, la iglesia del Novus Ordo renunció a todo tipo de evangelización, ya sea tradicional o nueva, y a toda actividad misionera, propia de la Iglesia militante. La iglesia del N.O. ya no evangeliza, al menos en sentido católico, que es el sentido paulino: “…si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro Evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Porque, ¿persuado yo ahora a hombres o a Dios? ¿O busco agradar a los hombres? Cierto, que si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Mas os hago saber, hermanos, que el Evangelio que ha sido anunciado por mí, no es según hombre; ni yo lo recibí, ni aprendí de hombre, sino por revelación de Jesús, el Cristo” (Ga 1, 8-12). ni tampoco realiza misión. La razón está, por supuesto, en la falsa doctrina del CVII, principalmente contenida en el Decreto sobre el Ecumenismo “Unitatis Redintegratio”, en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas “Nostrae Aetate”, y en la Declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis Humanae”: todos, estos, documentos que niegan la necesidad del hombre de aceptar, creer y profesar las verdades reveladas por “Dios, [que] habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó por heredero de todo, por el cual asimismo hizo los siglos; el cual siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia, habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Hb 1, 1-3), perteneciendo, con necesidad de medio para su santificación y salvación, a la única Iglesia fundada por Jesucristo (no por simples hombres) sobre Pedro a quien, y sólo a quien, dijo “mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del Reino de los cielos; que todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19); la Iglesia Ecuménica del CVII, en posición de contradicción con la doctrina católica enseña que el hombre puede santificarse y salvarse en cualquier religión inventada por el hombre; luego no es necesario evangelizar ni misionar, nadie necesita ser convertido ni atraído a la Fe; basta que cada cual siga su libertad y su libre humana conciencia, aunque permanezca y viva en el error.

Tampoco es un Sínodo católico desde el punto de vista institucional de la Iglesia. La Constitución dogmática Lumen Gentium del CVII (especialmente LG 3,22), en contradicción con las promesas concedidas a Pedro,y sólo a Pedro, por el divino fundador de la Iglesia, y en contradicción con la unánime enseñanza de los Santos Padres y con múltiples declaraciones de Papas pre-concilio vaticano II, ha proclamado el error de la “colegialidad” en el gobierno de la Iglesia. Como testimonio de esta falsa doctrina emanada del CVII, Bergoglio, al tomar posesión pública de la Santa Sede, se ha presentado como “el obispo de Roma“, no como el Papa, Vicario de Cristo, Pastor Supremo de la Iglesia; lo cual ha confirmado con sus actos sucesivos en un blando estilo de “acompañamiento inter pares”, pero renunciando al ejercicio de la autoridad. En la apertura del sínodo, el cardenal Baldisseri, consciente del actual democratismo popular en el gobierno de la Iglesia, ha confirmado en varias partes este error afirmando por ej., [Pablo VI] marca un momento relevante de la colegialidad y sinodalidad [de la Iglesia]“Francisco, Cabeza del Colegio Episcopal”“El Santo Padre…manifestaba su voluntad de promover la colegialidad…en la Iglesia”“Qué es la colegialidad sino una comunión…una fraternidad [de librepensadores iluministas, al parecer]“, “…aquí reunidos con el Obispo de Roma [es decir, un presidente entre iguales. n.d.a]…”  Como podemos apreciar, todo lo anterior, que declara el error del democratismo popular al modo de cualquier gobierno de cualquier sociedad civil, contradice la divina institución de la Iglesia por Cristo, Cuerpo Místico del mismo Cristo (no sociedad civil) cuya constitución es Jerárquica y Monárquica (el gobierno de uno solo); claro, total la Iglesia ahora es definida con el término rahneriano “el pueblo de Dios”: de nuevo escuchamos a nuestro “cardenal” diciendo “…se escuchó al pueblo de Dios [sin especificar el pueblo de  qué indefinido Dios; ¿del Dios Uno y Trino, quizá? ¿o del dios de la concepción gnóstico-panteística-hegeliana? ¿o de algún dios esotérico-emanacionista? No lo sabemos. n.d.a] en su variedad de Obispos, presbíteros, diáconos y fieles laicos [es decir, el consabido igualitarismo populista, somos todos iguales. n.d.a]“.

Por otro lado, fiel a esta nueva iglesia ecuménica, no podían no ser invitados, a los trabajos, algunos “socios” que, en lenguaje del CVII “subsisten”, junto a la Iglesia católica y a manera de miembros, en la nueva e imaginada “Iglesia de Cristo” [la cual, desde 1965, ya no es sólo la Iglesia Católica]. Dice el cardenal Baldisseri: “Dirijo un saludo especial a los 8 Delegados fraternos [al modo de 1789. n.d.a], representantes de iglesias y comunidades eclesiales [fundadas por simples hombres. n.d.a], que comparten con los católicos el compromiso de trabajar…”

Bueno, a juzgar por otras expresiones introductorias y de rico “humanismo” como “Esta amplia libertad de expresión”, “en la libertad crece la comunión fraterna” [aquí sólo faltó la igualdad para completar la trinidad humanístico-iluminista anti católica de 1789], “Unidos en las diferencias…unirse en las diferencias…” [nótese que no se refiere a las diferentes expresiones de la una y misma Fe católica, como siempre ha sido; no, se refiere a la unidad en las diferencias doctrinales, morales, litúrgicas y teológicas, incluso en oposición de contradicción entres sí; tal vez de allí brotará la síntesis dialéctica hegeliana. n.d.a.]. Siendo así las cosas, tendremos que esperar el documento final oficial  al término de esta democrática asamblea ecuménico-naturalista para ponderar su resultado; en todo caso esperaremos el “fatum quod nobis manet”.


"Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix
ut digni efficiamur promissionibus Christi"

Exaltación de la Santa Cruz

 Crux mihi salus: Crux est quam semper adoro: Crux mihi refugium: Crux domini mecum.

Crux mihi salus:
Crux est quam semper adoro:
Crux mihi refugium:
Crux domini mecum.

 

Hoy, 14 de Septiembre, la Iglesia celebra la “Exaltación de la Santa Cruz”. Con motivo de esta solemnidad quisiera poner a disposición una instructiva homilía, como todas lo son, predicada por S. E. Mons. Donald Sanborn, Director del Most Holy Trinity Seminary. Es una traducción mía del inglés, los subrayados son igualmente míos.

La Iglesia siempre ha considerado un particular mensaje espiritual en esta Fiesta; esto es, que la Iglesia eleva la Santa Cruz de Cristo como salvación de la humanidad, situándola como algo que es central en nuestra Fe. Es prácticamente increíble, pero es cierto, que mientras más Dios nos ama, más cruces nos manda. Como recordaréis, uno de nuestros santos dijo: “vosotros sabéis que el dogma de la Presencia Real proviene de Dios, ha sido revelada por Dios, la Presencia Real de Dios en la Santa Eucaristía – si alguien, por mera industria humana, pretendiese de haberlo realizado, nadie lo hubiese creído. Lo mismo sucede con la doctrina de la Santa Cruz. Si algún ser humano os hubiera dicho que, cuánto más Dios os ama tanto más recibiréis cruces de Él, nadie lo creería; esto tiene que venir de Dios, y por eso, es cierto. La razón por la cual es cierto es que la Cruz es la manera por la que la salvación es aplicada al género humano. Dios nos ama, sin duda, pero vivimos en una era en que pensamos que el sentimiento es algo muy importante; de tal modo que, cuando decimos que alguien nos ama pensamos en abrazarnos, en ser muy amables, simpáticos y dulces; es decir, pensamos en al sentimiento del amor. Es cierto que Dios ha pensado todo aquello sobre nosotros. Pero el verdadero significado del amor, el significado profundo del amor es desear el bien para otro y de realizarlo cuando tenemos la oportunidad de hacerlo. Y el bien que Dios nos provee, llegando a Belén, es ser el Salvador, y el modo en que Él es el Salvador es salvándonos del pecado, lo cual es el precio a pagar por el pecado. De modo que Él no ha venido entre nosotros para abrazarnos o para besarnos, o para hacer llover regalos mundanos sobre nosotros; él vino para salvarnos del problema que el pecado gravó sobre nosotros; razón por la cual es el Salvador. Y todo esto como castigo que el pecado ha impuesto en nosotros – no nos damos cuenta, pero al momento de la misma salida del útero nosotros lloramos, estamos cargando la cruz, emergiendo a este mundo, cuyo carácter es el efecto del pecado original, estamos apareciendo ante todas la miserias y problemas de este mundo. Siendo niños y, desde el instante en que nacemos, tenemos un reloj sobre nosotros, el cual marcará el tiempo en que regresaremos a Dios; es la sentencia de muerte, resultado del pecado original, que pende sobre nosotros ya siendo niños. Así, el fin será una enfermedad, o el fin será todas aquellas consecuencias tanto como efectos de nuestros propios pecados como de los pecados de otros. La desdicha está en todas partes, en miembros de nuestras propias familias, desconsolados y choqueados porque perdieron a quienes que, sin razón alguna, han muerto por el pecado de algunos otros. Es nuestra condición, a causa de los efectos del pecado original y de los pecados actuales. Tenemos las desgracias causadas por los tornados que llegan desde las costas de Estados Unidos, que matarán a algunos, que a otros reducirán a la pobreza y que, en ciertos casos, se llevarán todo lo que tienen; todo lo cual es resultado del desorden del pecado original, aún en la naturaleza.

Nuestro Señor Jesucristo ha venido para salvarnos de todo aquello, siendo la salvación victoria sobre el pecado. El problema es el pecado, la salvación victoria sobre el pecado. Así, el primer aspecto de la Cruz es la victoria sobre el pecado. Los protestantes dicen: Bien, Él murió en la cruz, Él fue quien venció el pecado, nosotros no tenemos que preocuparnos ya de nada; y así. Los pecadores mundanos continúan viviendo en sus pecados, pagando las consecuencias de sus pecados, como quien vive en un hotel: el hotel es el pecado, y ellos pagan la cuenta. Esta no es la verdadera noción de la Redención. Nuestro Señor Jesucristo pagó el precio del pecado y, con ello, hizo nuestros sufrimientos meritorios de algo ya que, uniéndonos diariamente con el peso de nuestra cruz al peso de Su Cruz nuestros sufrimientos se hacen meritorios de algo; ahora podemos, cada uno de nosotros, tener nuestra propia victoria sobre el pecado por medio de nuestra cruz diaria. El segundo aspecto de la Cruz es el de ser un acto de perfecto amor a Dios. No hemos sido creados sino para amar a Dios, nuestro propósito es el amor de Dios, la razón por la cual existimos es para amar a Dios; y nuestro modo de amar a Dios después del pecado original es entregándonos a nosotros mismos, del mismo modo en que Nuestro Señor Jesucristo se entregó a si mismo en obediencia, en sufrimiento y en humildad en la Cruz. Es la razón por la cual los Santos llegaron a amar la Cruz; no sólo la llevaron como victoria sobre el pecado, sino que llegaron hasta amarla: San Francisco de Asís amó la Cruz, en eso podemos ver la mentalidad de los Santos acerca de la Cruz. Quien quiera ser como Nuestro Señor Jesucristo, quiere sufrir con Él, quiere ser rechazado como Él, porque entiende el misterio de la Cruz, como el único modo de amar a Dios. Es también la razón por la cual los sacerdotes llegan a ser sacerdotes, por la que los jóvenes seminaristas son impulsados a amar a Dios y a entregar sus propias vidas por amar a Dios, por la cual las jóvenes quieren ser religiosas; es porque entienden que la vía de la Cruz es la manera de amar a Dios, abrazando una vida de privación, una vida de sacrificio para cumplir con la misión de la Iglesia de amar a Dios. En muchos casos, por amor a Dios, sacerdotes y religiosas aceptan la muerte, como muchos misioneros en el Siglo XIX, en China, en África, en Japón y otros lugares; así como en tiempos del Siglo XVI y XVII, cumpliendo con la misión de la Iglesia. Así, en cierto sentido, la Santa Cruz es el alma de la Iglesia, lo que anima la Iglesia. Esta imitación de la Cruz de Cristo en el perfecto amor a Dios.

Hemos tratado de estos dos aspectos de la Cruz: La victoria sobre el pecado y el perfecto amor a Dios. De este modo, cada uno debe cargar su cruz de todos los días, para cumplir con su victoria sobre el pecado y su perfecto amor a Dios. El enfermo debe sufrir su dolor, el anciano su debilidad, el pobre su pobreza, el soldado la dureza de la guerra, los ciudadanos acaso un gobierno tiránico, un esposo debe sufrir un esposa difícil y una esposa un esposo difícil, los padres deben sufrir a sus hijos, los hijos deben soportar la disciplina, el diligente debe sufrir al indolente y el indolente al diligente, quienes son inteligentes deben sufrir al débil mental, los que viven deben sufrir la pérdida de sus seres queridos, el moribundo debe sufrir el dejar a los que viven, la viuda debe sufrir su soledad, el orgulloso debe sufrir su humillación, el flojo debe sufrir trabajar, los casados deben sufrir el matrimonio, el libidinoso debe sufrir la castidad, el casto debe sufrir la tentación; cada uno, en este estado de vida, debe cargar la Cruz de su propio estado de vida; esta es nuestra victoria sobre el pecado, y este es nuestro perfecto amor de Dios. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

 A esta homilía de S.E., quisiera yo agregar estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo hablando a Ananías de su “vaso escogido”, el fariseo Saulo, convertido camino a Damasco, mientras creía servir a Dios persiguiendo a Jesucristo en las personas de los cristianos: “ Yo le mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre” (Hch 9, 16). Ya sabemos que, habiendo sido enemigo y al final de su extraordinaria actividad apostólica, murió martirizado y decapitado en Roma bajo el gobierno de Nerón; él mismo evangelizaba predicando que “por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Los santos han dado en llamar al camino de la Cruz como “El camino real de la Santa Cruz”; Tomás de Kempis dice: «…¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos pasó por el mundo sin cruz? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, mientras vivió, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía que Cristo “padeciese y resucitase de los muertos, y así entrar en su gloria” (Lc 24, 26). Pues ¿Cómo buscas tú otro camino sino este camino real de la santa cruz? Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, y tú, para ti ¿buscas holganza y gozo?» (Imitación de Cristo, Libro II, cap. XII). El mismo San Pablo declara: “…nosotros predicamos a Cristo crucificado, en verdad escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1 Co 1, 23); el camino real de la Santa Cruz, por cierto, es del todo contradictorio con el carácter que ofrece el mundo, diríamos que ambos caminos llevan en direcciones opuestas, pues el modelo de vida que el mundo ofrece es, justamente, la exención de todo sufrimiento, de todo dolor, de toda aflicción, de toda adversidad y sacrificio; más bien nos dicen que se trata de huir de todo aquello y de gozar lo más que se pueda, lo cual no es, ni victoria sobre el pecado ni perfecto amor de Dios, sino amor de sí mismo.


“Si en algo falto a la doctrina y fe católicas agradeceré de corazón corregirme”